El dulce hedor de la muerte en Nochebuena

Cuento de Navidad

Un hombre reflexiona sobre lo bello que sería una Navidad sin muertos, pero luego de haber transitado en trabajos como reportero de nota roja y encargado de Semefo, sabe que aquello nunca va a ocurrir

"Sería bello poder pedirle al Niño Dios el milagro de una Navidad sin muertos, pero el cielo no está para imposibles " (Foto Shutterstock)

Daniel Salinas Basave

Años atrás —cuando en Tijuana los asesinatos todavía eran noticia e indignaban a los lectores del periódico El Bordo— tú te resignaste a la terquedad de los muertos navideños. Lo de las reyertas y balaceras era propio del fin de año, pero en la Nochebuena solían brotar las fatalidades más absurdas y los compulsivos suicidios. En tu guardia reporteril nunca faltó el gordinflón papá vestido de Santa que se rompía la nuca al caer del techo con todo y costal; la abuela electrocutada al intentar cambiar los fusibles fundidos del arbolito; el tío borrachón que tanguarniz en mano daba el cuartazo antes de abrir los regalos y claro, los despechados y deprimidos de toda especie que elegían la noche del 24 para rebanarse las venas. Lo de los colgados de los puentes con mensaje en el pecho y las cabezas envueltas para regalo llegaría mucho después.
Por mucho tiempo fuiste el único reportero de guardia trabajando en la víspera de Navidad. En la edición del 26 de diciembre (porque el 25 no había periódico) todas las notas traían tu firma: Por Edelmiro Mascorro, alias El Carnitas, el muertero estrella de Baja California y muchos kilómetros a la redonda. 

 
Alguien te hizo ver que con tus 133 kilos de peso, tus cachetotes rebosantes y tu barba siempre mal rasurada, era un desperdicio no disfrazarte de Santaclós en esa fecha y tú decidiste tomarle la palabra. Conseguiste un percudido traje de medio uso en un mercadito sobre ruedas y desde entonces te volviste el designado e irremplazable Santaclós en las tertulias de tu familia política. Eran los tiempos en que aún vivías con tu esposa, la Ramira, y tus dos hijas, inocentes pequeñitas, se iban a la cama con la ilusión de los regalos. Eran los tiempos en que conociste algo parecido a la felicidad, pero entonces no lo sabías.
Cumplías con cenar en casa, donde a veces el aguinaldo alcanzaba para pepenar un pavo medio escuálido y dos regalitos no tan pinchurrientos, pero te sentabas a la mesa con el escáner en la mano, monitoreando los quehaceres y angustias de la Policía Municipal, sabiendo que al escuchar 12–17 había que salir corriendo, sin tiempo de quitarte tu traje, así que no fueron pocas las veces en que llegaste a tomar las fotos a la escena criminal enfundado en tu ropaje de Santa, con tu riguroso cigarro sin filtro a punto de transformarse en ardiente bacha entre tus labios.
Los repetidores de la patraña “todo tiempo pasado fue mejor”, peroran que antes hasta la malandrada tenía valores y santificaba las fiestas, pero tú, muertero de cepa y estirpe notarrojera, sabes bien que la Parca nada ha entendido nunca de vacaciones. Claro, una cosa eran uno o dos muertitos por Nochebuena, pero una matazón cuyo saldo es un reguero de 17 cadáveres en la víspera navideña no es de Dios, mucho menos cuando tu nueva chamba es como encargado de la recepción en el Servicio Médico Forense.
Uno no es lo que quiere sino lo que puede ser, y a tus 59 años de edad te diste cuenta que como reportero de nota roja no te alcanzaría ni para pagarte el ataúd más chafito cuando tu teporocha salud de hierro acabara de desbarrancarse. Por eso aceptaste un empleo como encargado de Comunicación y Relaciones Públicas del Semefo. Tu nueva chamba no es un edén de abundancia, pero al menos tu salario dejó de ser un insulto al hambre.
Con lo que no contabas es con la bancarrota en que caería el gobierno estatal ni con la huelga de empleados sindicalizados que ha dejado al Semefo con apenas cinco trabajadores de confianza para recoger, recibir y acomodar un promedio diario de entre ocho y diez cadáveres en infestadas planchas donde no sobra un milímetro. Hasta el 24 de diciembre, Tijuana arroja un saldo de más de 2 mil 400 asesinatos en lo que va del año. Ello sin contar los muertos en choques, los migrantes atropellados en medio de persecuciones policiacas, los indigentes que se mueren de nada y todo en la noche invernal y los suicidas nuestros de cada diciembre.
Sería bello poder pedirle al Niño Dios el milagro de una Navidad sin muertos, pero el cielo no está para imposibles. Nunca creíste en la utopía de un saldo blanco, pero 17 muertos en 24 de diciembre resulta indigesto hasta para tu retorcido colmillo.
Nada hay sublime en tantísimas toneladas de carne amontonadas en un frigorífico que hace muchos meses rebasó su máxima capacidad: cadáveres burocráticos, cadáveres bulto, cadáveres monserga. Decapitados, desmembrados, pozoleados. Cadáveres que nunca nadie reclamará y cuyo destino será la fosa común luego de meses robando espacio e impregnando las paredes con su olor. Ellos serán tus acompañantes en la fiesta de Nochebuena.
Tus hijas hace tiempo crecieron, inmolaron su inocencia y con algo de suerte, alguna te llamará un par de minutos el 25 solo para verificar que no has muerto, pero aunque nadie espera tus regalos en la mañana navideña, llegas a despachar a la recepción de Semefo ataviado en tu viejo y percudido traje de Santa. Compras un par de pollos rostizados, diez caguamas, una botella de tequila Cabrito y dos pachas de aguardiente Viva Villa para el solitario festejo de tu guardia navideña entre los muertos. Nabor y Juliano, los cargadores de cuerpos y operadores de la desvencijada camioneta, llegarán con los últimos tres cadáveres de la noche y un par de bolsas de chicharrones. Acaso se unan también Evelio y Aureliano, los omnipresentes buitres de las funerarias y sin duda a la medianoche llegará Altagracia Retamar, la jefa de limpieza, para darte tu regalote, bailar de cachetito y con algo de suerte y cachondería echar un fajecito querendón. Los cumbiones pesados se impondrán a los villancicos y los muertos de la Nochebuena se amontonarán en la sala de espera.


Más de un fiambre llegará con los ojos abiertos y la sangre aún tibia, pero otros anunciarán ya la tonalidad verde negruzca y el primer indicio del hedor por venir. Antes de las tres de la mañana estarás bien borracho, bien cachondo y bien necio y tu traje de Santa estará embadurnado de tequila, baba, salsa y chicharrón; acaso le darás nalgaditas a Altagracia y le dirás a Nabor y a Juliano que los muertos de la madrugada pueden esperar al otro día o a lo mejor —ya punto pedo— derramarás aguardiente dentro de una boca petrificada en rigor mortis y le jurarás a todos que los muertos bailan y son agradecidos, pero nadie va a escucharte y tú buscarás tu reflejo en los ojos sin brillo de un ñorcito con el cráneo reventado a batazos o una adolescente con la yugular rajada por cuchillo cebollero y tratarás de calcular las semanas que faltan para que también tu piel se torne verdosa o negruzca y tus hijas le pregunten a los buitres de la funeraria por la caja más barata, pagada en cómodas mensualidades sin intereses, mientras reparas en que en tu vida, o en lo que de ella queda, muy pronto fue demasiado tarde, pues hace años que tu nariz encuentra familiar y hasta entrañable el dulce hedor de la muerte en Nochebuena.

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Daniel Salinas Basave (Monterrey, Nuevo León, 1974) es periodista y escritor radicado en Tijuana. Entre sus libros se encuentran Días de whisky malo, Viento de Santa Anna y Juglares del Bordo.


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