Apuntes sobre el bilet

Husos y costumbres

El bilet acompaña a las mujeres desde hace milenios como signo de belleza y sensualidad, pero también como una herramienta para hacerse visibles.

“… el bilet es un discreto medio de comunicación.” (Unsplash)
Ciudad de México /
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Las mujeres ricas del antiguo imperio egipcio se llevaban a la tumba un par de tarros de pintura para labios que fabricaban con carmín de cochinilla. Nosotras, más de dos mil años después, seguimos llevando el bilet en el bolso por si se ofrece y es muy probable que, si no estuviera tan en boga la costumbre de la incineración, haríamos lo mismo: también en el Más Allá hay que estar presentable. Una mujer que no usa lipstick se siente desnuda en público, decía Max Factor, a menos que trabaje en una granja.

Es muy expresivo de nuestra naturaleza, el bilet: estaba leyendo que Cleopatra se aplicaba en los labios una pasta que incluía en su factura escarabajos triturados; muchos cosméticos que se usaban antaño eran venenosos porque contenían plomo, entre otros elementos, y maquillarse tenía su riesgo; siempre lo ha tenido, tiene que ver con darse a notar, existir frente a los demás.

Prohibido en algunas épocas como reflejo del pecado y la brujería, pues los vendedores de cosméticos se consideraban magos y se llegó a decir que podía vencer a la muerte, en otras alentado por las figuras de poder como la reina Isabel I que inventó su forma de tubito y aparece en los cuadros con sus labios muy rojos, el bilet ha dado fuerza a la voz de las mujeres. Como si la boca sin pintar, aunque sea de un tono muy claro, perdiera su potencia. Maquillar la boca para ser queridas y besadas, devoradas como frutas tentadoras, pero también para exigir derechos, como hicieron las sufragistas a comienzos del siglo XX. Para no enmudecer. En el París del siglo XVIII, hasta las monjas lo usaban; quizá Dios escucharía sus plegarias con más gusto que si no se dieran una manita de gato.

Y es que aparte de señal de sensualidad o poder, el bilet es un discreto medio de comunicación. Ya es cliché la marca de lápiz labial en la camisa que revela una infidelidad —igual ha de seguir pasando—. O los mensajes escritos en el espejo del baño, incluso pidiendo auxilio como en El resplandor, la película de Kubrick. En un cuento de Carlos Fuentes que filmó Sergio Olhovich, “Muñeca reina”, un bilet rojo tirado en el piso le da al protagonista la señal de que la niña coqueta que lo alegraba en la juventud vive aún. Es un cuento de terror en el que el bilet seduce y grita al mismo tiempo.

Veo los aretes que llevan ahora los jóvenes (y no tanto) en cualquier parte del cuerpo, más sus tatuajes, y el bilet me parece humilde, discreto, pero aún necesario. Quizá cuando llegue el fin del mundo del que se habla tanto en estos días, buscaré en la bolsa la barrita de labios con mi color preferido para poder decir algo al respecto. Que el fin del mundo nos haga caso.

AQ / MCB

  • Ana García Bergua
  • Autora de novela, cuento y crónica. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013 por La bomba de San José y Premio Nacional de Narrativa Colima 2016 por La tormenta hindú. Recientemente publicó Leer en los aviones y Waikikí, junto con Alfredo Núñez Lanz.

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