El ensayo suele relegarse a los suburbios de la urbe literaria, catalogándolo como una modalidad de escritura menor que, si acaso, sirve para hacer la exégesis de los géneros de verdad importantes. Phillip Lopate, una de las máximas figuras del ensayo contemporáneo, ha dedicado muchas antologías (desde su célebre The Art of the Personal Essay hasta una breve pero cuidada selección sobre el “yo” publicada por Gris Tormenta en 2025) y páginas de reflexión a justipreciar este género desdeñado. Para Lopate el ensayo constituye una aleación de recursos literarios y una tradición casi familiar en las que sus integrantes más eminentes (desde Montaigne hasta Woolf pasando por Lamb o Emerson) mantienen una estrecha conexión y una cercana conversación. Mostrar y decir (Alba, 2017) es un libro basado en su experiencia como profesor y constituye, a la vez, un esfuerzo de introspección creativa, una pieza pedagógica muy útil y, sobre todo, un delicioso divertimento. Lopate señala que el escritor de ensayo y no ficción debe crear personajes, practicar la reflexividad y autoconciencia permanente, aprender a argumentar a contracorriente y nunca olvidar los sentidos del humor y de las proporciones.
Cómo escribir con distancia crítica y empatía al mismo tiempo; cómo saber cuándo terminar un ensayo; cómo aludir a parientes y amigos sin perder su estima o cómo cultivar la primera persona sin caer en el narcisismo son algunas de las preguntas que vertebran este libro. Los casos referidos son realistas, llenos de fresca ironía y, a menudo, ilustran las poses, estereotipos e inercias de la cultura contemporánea. Por ejemplo, si bien Lopate reivindica al ensayo como mixología de géneros, llama la atención sobre la propensión actual de hacerlo ficcional o poético, soslayando su vertiente analítica y su ambición intelectual. Esto, sugiere, responde al espíritu de los tiempos tan reacio a madurar pensamientos y comprometerse con ideas. Por lo demás, aunque el ensayo es un género centrado en el “yo” y suele establecer un lazo emotivo con el lector, esa intimidad no solo se crea con las confesiones, sino, sobre todo, con el pensamiento, de modo que, como señala Lopate, hay autores que patentan un modo tan personal y ejemplar de argumentar (Orwell, Sontag) que, sin incurrir en confidencias, resultan tan entrañables como aquellos que comparten sus cuitas más profundas. Sin prescribir recetas, la recomendación implícita de estos apuntes es buscar el equilibrio entre argumentación e imaginación, entre concreción temática y libre asociación, entre profundidad y estilo. Porque la libertad del ensayo no es arbitraria, responde a una cadencia del pensamiento, a una poesía de la asociación de ideas, a un cultivo simultáneo del rigor, la intuición y la improvisación. Esto implica, además de un acopio de conocimiento fáctico y un ejercicio literario, un apetito de aventura e incertidumbre, el cultivo de una forma exploratoria de mirar y transitar por la vida.
AQ / MCB