Caminos del Nobel

La guarida del viento

Entre llamadas falsas, celebraciones frustradas y escritores que nunca recibieron el Nobel, la historia del premio está llena de sorpresas y decisiones que todavía provocan asombro y controversia.

A pesar de haber sido uno de los nombres favoritos durante décadas, Jorge Luis Borges nunca ganó el Premio Nobel de Literatura. (AP)
Alonso Cueto
Ciudad de México /
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Alfred Nobel, químico, escritor e ingeniero sueco. Solitario, solterón y religioso, mantuvo una relación de dieciocho años con una mujer llamada Sofija. También con la condesa Bertha Kinsky, que lo dejó por su anterior pareja, y luego lo convenció de incluir en su legado un Premio Nobel de la Paz. Inventó la dinamita. Un empresario exitoso con inclinaciones a la depresión. Un asteroide y un cráter lunar llevan su nombre.

El premio Nobel está asociado a varios rubros, pero el de Literatura siempre es el más resonante. Ha promovido el talento de escritoras jóvenes como Han Kang, consagró merecidamente a famosos como Octavio Paz o Vargas Llosa, estimuló en su lucha política a militantes como Solzhenitsyn. Gracias a no haberlo recibido, Proust, Kafka y Borges llevan consigo una especie de medalla de la injusticia. Pearl Buck lo recibió por sus novelas sobre la China que hoy nadie lee. Bob Dylan nunca entendió (ni nosotros tampoco) por qué se lo dieron. Lo recibieron también políticos como Churchill (autor de interesantes cuentos) y filósofos del bien social como Bertrand Russell.

El sistema siempre es el mismo. Durante cuatro jueves del otoño, los dieciocho miembros de la Academia Sueca, cuyo lema es “Talento y gusto”, se reúnen para evaluar a los cinco finalistas de una lista previa de doscientos escritores. La elección de este año ha creado un buen número de asombros, aprobaciones y desacuerdos.

En torno al Premio se han tejido diversas historias. Según una de ellas, un enemigo de Alberto Moravia lo llamó por teléfono fingiendo ser de la Academia Sueca. Moravia escuchó decir una voz muy seria en inglés: “Lo llamo de la Academia Sueca para informarle que ha sido galardonado con el Premio Nobel. La noticia se hará pública mañana. Le rogamos que no la comente con nadie hasta entonces”. Moravia colgó el teléfono, llamó a sus amigos e hizo una gran fiesta en su casa. Al día siguiente, llegó la noticia: el Premio había sido concedido a otro escritor. Años después, una mañana de octubre, según me contaron empleados suyos en la Biblioteca Nacional, Borges fue a trabajar seguro de que iba a anunciarse su designación. Alguien se lo había informado. Vestido para la supuesta ocasión, Borges llegó con un terno impecable. Al mediodía llegó la noticia. Le habían dado el premio a Neruda. Borges, que lo merecía con creces por encima del chileno, se retiró con discreción por una puerta lateral del edificio.

Por otro lado, uno de los premiados fue José Echegaray, un escritor español mediocre, menospreciado por el gran Ramón del Valle Inclán. Para espanto de Valle Inclán, le pusieron el nombre de Echegaray a una calle madrileña, donde vivía un amigo suyo. Cuando Valle Inclán le enviaba una carta a su amigo, no escribía en el sobre “calle José Echegaray”, sino “Calle del viejo imbécil”. Lo curioso es que los carteros entendían la broma y le llevaban la carta a su amigo, puntualmente. La inmortalidad del Nobel tiene muchas direcciones.

AQ / MCB

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