Natalia Santa: “En Colombia y México Gabo y ‘Cien años de soledad’ son un Dios”

Entrevista

En el que reconoce como el mayor reto de su carrera, la realizadora y guionista colombiana fue la encargada de coordinar al grupo de escritores que tradujo en imágenes y sonidos esa obra maestra del realismo mágico.

Imagen promocional de la serie ‘Cien años de soledad’. (Netflix)
Ciudad de México /
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Las bondades de la imaginación y el amparo de cierta devoción freudiana nos permiten conjeturar por qué la frase “infancia es destino” puede explicar el devenir de un libro.

Al rememorar la génesis de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez recordaba cómo, asolado por la estrechez financiera, tuvo que cercenar casi la mitad de su obra maestra —un legajo que rondaba las 700 páginas— para poder enviarla por correo a las oficinas de la editorial Sudamericana, en Argentina. A mediados de los 60, remitir una obra de tal peso bruto —augurio de la relevancia que la novela adquiriría en los años venideros— requería el pago de 83 pesos. En su condición de administradora financiera de la familia, Mercedes Barcha le informó a su marido: “No tengo sino 45”. A la manera del Rey Salomón, el escritor dispuso partir el libro por la mitad. El segundo envío sería posible sólo después de empeñar los últimos objetos de valor que la familia García Barcha tenía en casa.

Medio siglo antes de la invención del streaming, Gabriel García Márquez inauguró la posibilidad de leer su novela en dos temporadas.

Cincuenta años después, cuando las directrices de la producción audiovisual preconizan el consumo de historias bifurcadas, la infancia atribulada de Cien años de soledad se ha trocado en su destino.

En 2024, la casa productora Dynamo estrenó en Netflix la primera parte de una adaptación que recibió elogios de la crítica internacional por su lirismo y la fidelidad de sus símbolos. Desde el 5 de agosto, la plataforma emite la segunda y última temporada de esta historia: siete episodios más un final —de mayor duración— lanzado de forma independiente tres semanas después. Este último fue escrito por María Camila Arias y dirigido por Laura Mora, creadoras colombianas cuya sociedad creativa tiene probado reconocimiento: en 2023, su película Los reyes del mundo fue reconocida con la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián y, atinadamente, recibió el premio a Mejor largometraje de ficción en los Premios Macondo del mismo año.

“A nivel narrativo, ha sido uno de los proyectos más complejos y más ambiciosos que ha tenido mi carrera”, explica en entrevista la realizadora y guionista colombiana Natalia Santa, quien recibió la encomienda de coordinar al grupo de escritores que tradujo en imágenes y sonidos esa “obra intocable” de lenguaje torrencial.

La cineasta y guionista colombiana Natalia Santa. (Netflix)

“En Colombia, en México —que fue su segundo hogar— y en Latinoamérica en general, García Márquez y Cien años de soledad son un Dios”, explica Santa con la justificada desmesura de quien puede presumir que un compatriota cuenta sus ejemplares vendidos en decenas de millones. “Queríamos respetar y honrar a la novela, pero también asumimos el reto de crear algo distinto. No queríamos hacer una transcripción, sino una reinterpretación audiovisual”.

Las filtraciones de la realidad

Durante años, García Márquez se declaró reticente a permitir una adaptación audiovisual de Cien años de soledad, acaso porque dudaba de que los recursos del cine pudieran materializar con exactitud el universo fantástico que él había logrado moldear con la palabra escrita. Pero también porque parecía improbable que la duración habitual de un largometraje permitiera narrar con justicia una trama que, en el papel, abarca un siglo.

El tiempo en pantalla no es un obstáculo para la plataforma que consolidó las series televisivas como el gran producto audiovisual de nuestros tiempos.

Imagen promocional de la serie ‘Cien años de soledad’. (Netflix)

La primera parte de la serie nos introdujo a Macondo, desde su fundación hasta el origen de sus conflictos armados. Atormentados por el fantasma de Prudencio Aguilar, José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán abandonaron Riohacha. Con el afán de hallar el mar, atravesaron la sierra junto a un grupo de mujeres, hombres, niños y animales. Después de veintiséis meses, y ante la imposibilidad de continuar, desistieron de la empresa y erigieron su “aldea de veinte casas de barro y cañabrava”. Más tarde llegarían los gitanos y el inescrutable Melquíades, cuyos prodigios y catalejos embelesarían la “desaforada imaginación” del patriarca de la familia hasta encauzarlo a su muerte bajo una lluvia de flores amarillas. Atestiguamos también la peste del insomnio, la llegada de la vida política con la irrupción del corregidor Apolinar Moscote, y el fugaz matrimonio de su hija, Remedios, con el futuro coronel Aureliano Buendía.

En la segunda parte, aún entre guerras y conflictos sociopolíticos, y tras la firma de un armisticio inútil que no conjura la paz, Macondo comienza a transformarse gracias a los avances tecnológicos: la llegada del ferrocarril (y con él, la comunicación con el mundo exterior), la luz, la radio y el cine. La realidad, en la serie como en la novela, comienza a filtrarse en el relato mítico.

Imagen promocional de la serie ‘Cien años de soledad’. (Netflix)

“Cuando empezamos a trabajar, una de las peticiones de Netflix fue hacer una adaptación tan cercana al libro como fuera posible. Pero en el proceso también tuvimos que tomar decisiones creativas, y esas decisiones están tomadas desde nuestro presente, pues teníamos una responsabilidad muy grande con los hechos que marcaron la historia de Colombia”, explica Santa. Se refiere, por ejemplo, a la infausta masacre de las bananeras. El 6 de diciembre de 1928, el ejército asesinó a un grupo de huelguistas colombianos de la United Fruit Company. En una entrevista concedida a la televisión británica en 1990, Gabo explicó que esa historia había adquirido para él un halo legendario. En su memoria, aquello había sido una “masacre apocalíptica”. Le sorprendió, no obstante, descubrir que la historia oficial era imprecisa. Había disparidad en registros periodísticos y en los libros de historia. Ciertas versiones sugerían que el saldo de aquel crimen podía contarse con los dedos de una mano; otras calculaban centenas. Algún político de la época aventuró un número cercano al millar.

“Lo que pasa es que tres o cinco muertos en las circunstancias de ese país debió ser realmente una gran catástrofe”, dijo el Nobel colombiano en aquella charla. “Para mí fue un problema porque, cuando me encontré que no era realmente una matanza espectacular en un libro donde todo era tan descomunal como en Cien años de soledad, donde quería llenar un ferrocarril completo de muertos, no podía ajustarme a la realidad histórica”.

Así, desde la ficción, García Márquez instauró un recuerdo en la memoria colectiva de los colombianos: los muertos habían sido tres mil.

Santa, cuya ópera prima como realizadora gira en torno a tres viejos jugadores de ajedrez, se refiere al tema con la serenidad de quien hace un enroque: “Logramos representarlo con la poética descriptiva y narrativa de la novela, pero también con el peso de la realidad”.

Sergio Pitol señaló que “un libro leído en distintas épocas se transforma en varios libros”. Lo mismo puede afirmarse a propósito de una trama como la que ordena los destinos de Macondo y sus habitantes. Natalia Santa comprende que el presente y las subjetividades se cuelan de manera ineludible en toda reinterpretación. No obstante, defiende el compromiso con el que la producción asumió la tarea: “Cada creador toma una obra y la reinterpreta desde su mirada, desde su presente y su experiencia. Desde lo que ha leído, vivido y estudiado. No hay forma de que el presente no atraviese esta adaptación, pero siempre respetando el momento en que fue escrita. Por eso hay muchos eventos de la obra que hoy te confrontan o que resultan chocantes, como el matrimonio infantil, la pedofilia, la misoginia, el machismo, la violencia de lo cotidiano. Para nosotros ahora tiene una lectura muy distinta a la que tenía en su momento, pero para nada íbamos a hacer una censura de la obra. En cambio, tomamos lo que la obra nos entrega de esa visión de un mundo anterior. Respetar esa mirada era importante. Es una cosmogonía propia: la de esa historia, la de ese libro, la de esta serie… no podía renunciar a contar también esas cosas”.

Imagen promocional de la serie ‘Cien años de soledad’. (Netflix)

García Márquez encomiaba la correspondencia privada como una forma irremplazable de la amistad. No es extraño que haya confiado las primeras 70 cuartillas del manuscrito de Cien años de soledad a su amigo Carlos Fuentes. El mexicano nutrió esas páginas con elogios epistolares y siguió con fruición el desarrollo de la novela. A fin de cuentas, como dice un proverbio popular, la creatividad es contagiosa. Consciente de ello, Santa celebra las virtudes de quienes colaboraron en la realización de la serie. “Hicimos una representación visual del Caribe de esas épocas: ¿cómo se vestían en 1880 las mujeres?, ¿cómo atravesaban un pantano con esas faldas?, ¿cómo era ese Macondo? Es algo que se transmite muy fielmente gracias a una investigación enorme de todas las personas que tenían esa labor”.

El retrato de una estirpe condenada al desamparo solo fue posible gracias a las voluntades del colectivo. No es un hecho menor en un mundo que, con preocupante desinterés, se inclina a su propio siglo en soledad.

AQ / MCB

  • Ángel Soto
  • Periodista cultural y escritor. Sus textos, fotografías y poemas han aparecido en la Revista de la Universidad de México, Langosta Literaria, Punto de partida, Algarabía Niños, Picnic y Yaconic. Es creador del podcast y newsletter "Tinta y voz".

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