Contra el claxon

Ensayo

En un concierto cada nota está medida, calculada, responde a la voluntad creativa, a un orden armónico. Pero en medio del tráfico cada claxon parece arbitrario, sin sentido, ensordecedor.

El claxon, “berrinche sonoro que se le tolera a los adultos”. (Unsplash)
Julio González
Ciudad de México /

No son solo sus calles y su gente, una forma peculiar de hablar, la comida, sus parques y plazas, o su historia. Una ciudad se compone también de sonidos que le son absolutamente propios, y que para cualquier oído despierto llevan a una geografía particular. El paisaje acústico de la Ciudad de México es el de una fiesta donde hay que hablar a gritos, aunque a nadie se le entienda nada. Y por ello conviven sin recato los inoportunos músicos callejeros, el afilador, el camión que compra fierro viejo, la maquinaria de construcción, las inmensas bocinas tronadas afuera de una farmacia, los cada vez más escasos organilleros, las fugaces ambulancias… y el infernal ruido del claxon.

Sin negarle carta de naturalidad, el claxon es quizá el único sonido que escapa a la armonía natural de la convivencia humana. Rehuye a la apacible conversación de dos, al tono medio de una animada tertulia, tampoco es el llamado a comprar un producto o recibir un servicio, no es el acompasado ritmo de una melodía, las campanadas de la iglesia por la tarde, ni la —terrorífica pero necesaria— alerta sísmica. El claxon es el irritante estruendo de quien, furibundo y desesperado, hace de su frustración privada un escándalo público. El berrinche sonoro que se le tolera a los adultos.

En el amanecer de los tiempos los automóviles contaban con una pequeña corneta accionada de forma manual. Su sonido era directo y melodioso: una trompeta de bolsillo. Risa y trino artificial. Llegaba al mundo para morir de inmediato: escaso y efímero (tiempos en que los peatones domibaban el mundo). Época feliz en donde se era consciente de la importancia del sonido; en la que prosperaba bajo suelo fértil el recato y consideración por el tímpano ajeno.

Los nuestros son otros tiempos: los del estruendo, el egoísmo y la vulgaridad. Los autos contemporáneos vienen con bocinas eléctricas integradas, cada vez más ruidosas y cuyo sonido nos recuerda que lo único nuevo bajo el sol es el impulso humano —demasiado humano— de que la fealdad gobierne el mundo. Por eso el silencio es un lujo. Placer de eremitas y monjes. (Ya ni las bibliotecas, monasterios seculares, gozan del silencio.)

En un concierto cada nota está medida, calculada, responde a la voluntad creativa, a un orden armónico. Pero en medio del tráfico cada claxon parece arbitrario, sin sentido, ensordecedor. Pájaros metálicos al caer la tarde; recital de amateurs y músicos sin talento, canto de ballenas sordas. El tráfico: manicomio inmóvil cuyo incomprensible lenguaje es el claxonazo.

Con todo, hay que dar cierto y muy reducido mérito a los hablantes del idioma-claxon. Hay entre ellos ejemplos de creatividad: los microbuses que sustituyen el aburrido claxonazo por la cucaracha, las reconocidas mentadas de madre (¿será invento mexicano?, ¿quién será su autor?), los solidarios gestos de alerta de un conductor a otro. O una más: quienes dan un pequeñísimo claxonazo de cortesía para dejar pasar a un auto o transeúnte: claxonazo generoso, claxon-saludo. Se vislumbra ahí una nueva entrada para una próxima edición del Manual de Carreño: “De cómo y cuándo accionar el claxon”.

Se ha querido —con escaso éxito— legislar sobre los niveles de ruido en las ciudades. Es una empresa destinada al fracaso. No se puede cambiar la naturaleza humana por decreto. El abusivo uso del claxon, así como otros eventos estridentes (fiestas, vecinos moviendo muebles a deshoras, los ruidosos antros y restaurantes, los actos íntimos que llegan a mi oído porque las ligerísimas paredes me los traen para robarme el sueño —para causarme envidia quizá), parece ser un epifenómeno derivado del estrés. Ni ejercicio, meditación o terapia: la mano encuentra natural alivio a la ansiedad golpeando el claxon.

Nos pensamos civilizadísimos, adelantados a los tiempos en que explorábamos el mundo a cuatro patas. Pero en nosotros habita la fiera, la parte que nos incita a esa derivación del león que ruge, del lobo que aúlla, del chillido, el relincho del caballo, el ladrido o el graznido: el claxonazo. Claxon nuestro de cada día, máquina que nos devuelve al instinto. Gracias también por recordarme animal, salvaje entre los salvajes.

Durante un mes la fortuna puso en mis manos la posibilidad de vivir una práctica espiritual a bajo costo: dejó a mi auto sin claxon. Quiso un desprevenido e inusitado ladrón privarme de mi naturaleza de frenético y neurótico conductor adicto al claxon. Quiso mi desidia e irresponsabilidad que me diera igual conducir sin ese apéndice sonoro. Sin música ni prisas, escuché de nuevo a mi ciudad y sus sonidos; una vez más mi árbol de pájaros enclaxonados. Coro del que no participé.

Valdría la pena regalarle una experiencia similar a cada conductor citadino. Sin claxon uno aprende a lidiar con la incertidumbre y la frustración, se apresta a manejar con más cuidado, se relajan los instintos maniacos y un tanto fratricidas. Es lo más cercano al zen sin tener que convivir con los odiosos budistas.

Julio González

Ensayista y editor de ‘Nexos’

AQ / MCB

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