Tengo una condición (así le dicen) que me obliga a ir tres veces al año al dentista. Mi pobre dentista ya dejó hace mucho el eufemístico y tan mexicano “te va a molestar un poquito”, y lo tuvo que cambiar por algo más realista: “vas a sufrir durante media hora, pero ya sabes que es por tu bien”.
La de los dentistas siempre me ha parecido una vocación más bien arquitectónica: sus luchas por rescatar nuestra ciudad de dientes o poblarla de edificios nuevos se encuentran más cerca de la restauración que de la medicina. Basta verlos tan entretenidos preparando moldes y resinas, llenando el hueco de la caries, untando la pasta para pulir; ellos son escultores y nuestros dientes sus santuarios de menhires.
Muy lejos quedan ya las soluciones curiosas que uno imaginaba en la infancia para botar los dientes de leche y comerciarlos con un ratón avaro o generoso: amarrarlos con un hilo al pomo de la puerta y cerrar fuerte, morder algo muy duro o empujárselos con el lápiz mientras la maestra dictaba la tabla del cuatro. Con los años se pierde el valor y la codicia, pues a diente perdido no corresponde uno nuevo, sino hechizo y caro. Al paso de los años el ratón se transforma en fabricante de prótesis dentales que sólo deja deudas bajo la almohada.
En la sala de espera del dentista se respira un aire grave. Pocas sonrisas hay, pues los instrumentos para sonreír se han descompuesto. Los que esperan intercambian miradas compasivas: ¿otra carie, otra muela perdida para la causa, otro aparato corrector de dientes chuecos?, parecen preguntarse; algunos ni pueden contestar por la tortura del dolor molar, tan fuerte que se vuelve moral.
Pero en contraste con la gravedad de sus salas de espera, los dentistas suelen ser personas alegres y platicadoras: ¿el trabajo, los hijos, todo bien? Y uno boquiabierto responde como puede: aha, ehe. ¿Duele?, quieren saber los dentistas, y el paciente boquiabierto no halla el modo de expresar matices. Todavía lo puedo soportar, dice un dedo que se agita al aire. Cuando una pieza no tiene remedio, los dentistas menean la cabeza como el maestro de obras al ver que la casa se puede derrumbar. Con ellos, la boca está siempre poblada de instrumentos de sonido cascabelero o chillón, resinas, algodones, pinzas o inyecciones: ciudad sitiada, casa llena. Cuán necesaria es la boca, que tenerla así invadida nos obliga a quedar inmóviles. Si no fuéramos adultos, si no hubiéramos aprendido a permanecer quietos, haríamos como los niños que son saludables y sinceros: zafarnos de todo aquello, pegar un grito y echar a correr lo más lejos que se pueda. Pero yo regresaré cuando me toque, a esa media hora que es por mi bien.
AQ / MCB