‘Testamentum’, de Efraín Bartolomé

Reseña

Con su nuevo libro, el autor mexicano nos envuelve en la espesura de un adiós donde las palabras recorren toda su existencia, escrita en un pasado cuyo presente es el mismo río que circunda varios de sus versos.

Bartolomé abre las puertas de un mundo en el que habrá de vivir cuando se convierta en la tierra de donde proviene. (Wikimedia Commons)
Alberto Hernández
Ciudad de México /

1

“Viví lo suficiente y tal vez más

Me retiro del mundo.

Voy a nacer y ésta es mi despedida (…)


He aquí que estoy solo y pienso en irme (…)

en dar mi polvo al polvo

al mundo mis cenizas

al aire el limpio aliento

que mis pulmones ya no habrán de gastar (…)

Allá voy”.

EB

Con estos versos el poeta Efraín Bartolomé suma y resume lo que será su partida a otros espacios. Con estos versos el autor mexicano nos envuelve en la espesura de un adiós donde las palabras recorren toda su existencia, escrita en un pasado cuyo presente es el mismo río que circunda varios de sus versos: con poemas extensos por donde discurren recuerdos, la infancia, lugares, el cielo, la tierra y sus espasmos.

Con estos versos Bartolomé abre las puertas de una nueva visión del mundo, el que habrá de vivir cuando se convierta en la tierra de donde proviene, de donde provenimos, porque toda despedida, todo testimonio es el plural de quienes se hacen testigos de una voz convencida de que no hay un final sino un recorrido, una vuelta al silencio, a la nada, al todo, a la circunstancia de haber sido.

Un testamento es un documento para quienes desean saber qué deja la persona que se marcha. El testamento de un poeta es toda su poesía, sus voces, las conocidas y las ocultas, las que han crecido entre tantos lectores y las que habrán de aparecer con la ausencia. Un testamento es también el sentido que los vivos le ofrecen a la memoria de quien ha escrito o dejado impreso su pensamiento. No se trata de bienes materiales que, de haberlos, son solo formas que se agitan en medio del polvo o del silencio. Se trata del testamento de un hombre que ha frecuentado la muerte en la poesía, porque ella, la muerte en el ojo impreso de un jaguar, es uno de los temas que han convertido a la poesía en un pozo de conocimiento.

Y tanta es la valiente fe y seguridad de nuestro autor que asienta que nacerá de nuevo, que será de nuevo carne, que será de nuevo pensamiento, luz y sombra de existencia. Nacerá para irse, lo cual lo ubica en la fuente inagotable de eternidad, en un espacio que será visible desde la memoria, desde quienes seguirán siendo sus lectores, encarnados en cada verso que haya escrito. He aquí mi testamentum. / Esta es por ahora mi artera voluntad.

2

En algún lugar de su constante río, Heráclito dijo:

“El alma del hombre es un país lejano al que no es posible acercarse ni explorarlo”.

No obstante, ese país lejano se advierte en la finitud de la vida y en la eternidad de la ausencia, que es una suerte de otra vida que recoge todos los recuerdos, que se hace memoria en la del otro, en la de quien sabe que le queda poco tiempo y que es necesario dejar escrito parte de su tránsito para que el otro (su otro en él) pueda saberse parte del viaje a ese lejano país “al que no es posible acercarse ni explorarlo” mientras se respira. Y, por otra parte, podría tratarse de la conciencia de ser, de haber estado, de haber sido.

En este poemario de Efraín Bartolomé se recogen esos recuerdos, esa memoria torrencial, la infancia hecha río que se repite como una corriente indetenible. El poeta, en tanto sujeto consciente de su ser, dice estar en una “áspera incertidumbre”. Hubiera preferido un testamento hológrafo / pero ya no está mi alma para esas florituras (…) / no existirá una copia manuscrita ni tendrá firma autógrafa / : sólo mi claro nombre siempre sonoro.

Dejará su tiempo: su pasado y el presente de su declaración, como confirmación de que ha vivido, de que pasó por la tierra y dejó una marca: la sonoridad de su nombre, el alfabeto de su incertidumbre.

3

El poema habla en el instante de la despedida. De lo que será su periplo en la despedida, y las palabras son la herramienta para verificarse como presencia en la ausencia. El texto no será ya más simulación: será la verdad más concluyente.

Es una escritura serena, apacible. El poeta narra y describe. Se retrata el cuerpo que habrá de viajar con sus bártulos en el alma, sin reclamos, abierto al universo. Por eso ciertos detalles temporales y corporales, que son más que extraordinarios, aparecen ante la mirada del lector: No me tiemblan las manos en el año final de mi séptima década.

El poeta mide su tiempo, ha señalado la fecha de su partida. Ya queda poco tiempo.

Por eso: Es hora de decir a quién dejo mis sombras / y a quién lego la urna que tendrá mis despojos.

Pero no es solo despedida, también hay un sentimiento apegado a la vida cuando expresa: Mientras tal hora llega voy a gozar de este ritual.

He aquí la celebración como ofrenda.

4

Mucho tiempo atrás, muchos años acumulados en la memoria: la niñez, y así la poesía, enriquece más el testamento, el testimonio de lo vivido, de lo que habrá de dejarse como ofrenda, como regalo. El recuerdo de ventanas y puertas, de la casa de los padres, del paraíso de la edad: Salgo de la casona de la infancia / en el pueblo natal…

O …la vieja casa donde ardía la infancia

O Miro mis años niños y veo claro

Insiste en ese tiempo, en esas horas añoradas, trascendidas: He aquí el sueño de los días niños.

Ahora, con la hora dispuesta: “un miedo vago”, ya no es el niño, es el hombre el que decide escribir el reporte de su existencia, aun cuando ya lo ha hecho con libros, con los poemas que andan por el mundo avisando de su nombre. Ahora, en esta animosidad última, será el libro de lo que habrá de decir a los más cercanos, a los que han estado próximos o apegados a la sangre y al espíritu del poeta.

No obstante: Estoy solo en la casa de la noche (…) / La noche es alta y el río inabarcable.

No deja de recorrer las calles de su comarca, donde muchos nombres formaron parte de esa edad, dejada muy atrás. Los sueños, el despertar, el río, y así: Me está llevando el tiempo.

Y si el río es la persistencia de su tiempo, también lo es el cielo: El cielo    El cielo    El cielo

/ : todo el cielo era mío y habitaba en mis ojos.

5

“Testar: Hacer testamento  //  Tachar, borrar.

Declaración de última voluntad.

Obra en que el autor, en el último período de su actividad, deja expresados los puntos de vista fundamentales de su pensamiento o las principales características de su arte…”, eso dice el diccionario, pero es mucho más: Arte de escribir, arte de vivir, arte de morir.

Con Cesare Pavese en ocurrencia inmediata.

El poeta sigue testando: Recién llegado al mundo supe de la noche / Supe sombras bajo los follajes (…) / Me gustaba cuidar la semilla dorada.

Entonces, la oscuridad y la luz. El brote luminoso de la existencia en medio de la oscuridad. Un resumen de lo que somos, de lo que el poeta mexicano ha sido y comparte al plural de quienes ya han sabido de su pasado y ahora de su futuro.

Testar: testificar: confesar: dejar por escrito, o en un eco, las palabras urgentes de la última hora.

6

Bien pude haber nacido en el desierto    en la tundra    en la puna    en la costa

en el páramo / Pero no: nací aquí    en el ardiente trópico de América.

El recado geográfico, el polvo en que habrá de convertirse.

Y, ya terminado el curso de las aguas, el de aquellos poemas de otros libros, Efraín Bartolomé afirma: Es hora de un recuento.

Ya lo ha hecho.

Poeta, narrador y periodista venezolano, Alberto Hernández (Calabozo, Guárico, Venezuela,1952) escribe la crónica de la literatura contemporánea a través de la reseña de los libros que hoy por hoy nos salvan del olvido. Fundó la revista literaria 'Umbra' y una antología de su obra poética fue publicada en México por la Editorial Presagios.

AQ

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