Élmer Mendoza es un clásico de nuestra tradición literaria que con su celebradísima novela Un asesino solitario (Tusquets, 1999) abrió camino a lo que hoy conocemos como narrativa del norte.
Su libro más reciente es La sirena y el jubilado (Alfaguara, 2026), una novela que se aleja de las etiquetas. En el centro de la trama está Carmen Larrañaga, quien carga una vida llena de cicatrices. Casi adolescente, su padre la cambió por una camioneta a un narcotraficante, del que durante años padeció celos enfermizos y violencia, hasta que encontró la grieta por donde huir y reinventarse.
Carmen logra estudiar una carrera y abrirse paso en la política. Ahora contiende por la gubernatura de Sinaloa. Es guapa, madura, echada para adelante. Pero las presiones de los grupos de poder comienzan a sentirse. En su primer mitin, un sicario intenta asesinarla. Carmen queda malherida y quienes la rodean saben que llevarla a un hospital equivale a firmar su sentencia de muerte.
Así llega a casa de Néstor del Valle, un jubilado que de joven trabajó como guardia de seguridad en un museo, donde conoció a la mujer de su vida: Nyome, artista plástica japonesa con la que tuvo un matrimonio largo y feliz. La muerte de ella lo dejó solo. Pero le heredó el gusto por el arte, la lectura y la tranquilidad. Es un hombre que se mueve despacio por el mundo, y eso resulta ser, paradójicamente, un talento de supervivencia.
La relación entre Carmen y Néstor comienza antes del atentado, cuando unas vecinas llegan a pedirle apoyo para su campaña a la gubernatura y él les concede una cantidad generosa, así que Carmen lo visita para darle las gracias. De ahí surge su amistad. Cuando llega herida a su puerta, Néstor demuestra un conocimiento adquirido en una vida que también tuvo sus pliegues oscuros.
Mendoza construye el vínculo entre sus protagonistas con la misma paciencia con que Néstor prepara el café. La amenaza exterior es constante —hay personas poderosas que necesitan eliminarlos para tener el camino libre—, pero el corazón de la novela late en los espacios domésticos, en las conversaciones que van revelando las capas de dos personas marcadas por el tiempo y el dolor. También hay escenas de mucha acción, intriga y violencia.
El lenguaje de Élmer es, como siempre, sinaloense hasta los huesos: retrata una realidad que, aunque ficticia, bien podría estar sucediendo en estos momentos. La sirena —Carmen— canta en aguas peligrosas— y el jubilado —Néstor— es ese hombre que creyó que su historia personal ya había terminado, hasta que escuchó el llamado de auxilio. Juntos desmienten las certezas de la vida. La sirena y el jubilado es una novela que apuesta por la ternura sin renunciar a la tensión.
AQ / MCB