Estacionamientos: una ciudad cada vez más estrecha

Husos y costumbres

De los viene-vienes a los parquímetros, el estacionamiento supone una vida cotidiana cada vez más condicionada por el dinero.

“Como los estacionamientos, en estos años el espacio se ha ido constriñendo en todas las dimensiones...” (Foto: Unsplash)
Ciudad de México /
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Estaba recordando, como si despertara de un sueño extraño, que antes nos estacionábamos en los lugares sin pagar. Es decir, lo que pagábamos por la compra en el supermercado, el boleto del cine, el trámite del banco, la entrada al teatro o al cine, todo traía de alguna manera el estacionamiento incluido, si lo había, y lo único que debíamos hacer era darle una moneda al viene-viene y cerrar bien el coche —cosa inútil en el caso del Volkswagen que se abría, en caso de necesidad, dándole golpecitos a la aleta de la ventanilla hasta que se zafaba el seguro y metiendo el brazo por ahí. Asimismo, si el Volkswagen (vehículo de los humildes y los estudiantes) se quedaba parado por alguna descompostura, con encontrar a alguien que ayudara a empujarlo se echaba a andar, pero ese es otro tema. Qué tiempos aquellos. “La autopista del sur”, el cuento de Cortázar, sigue teniendo algo de humorístico y entrañable, y no termina de ser una distopía: con el romance y las historias que se arman entre los conductores, el lector se conmueve y está seguro de que al final el tránsito se reanudará; en ninguna parte del cuento existe la duda siniestra de que aquel estacionamiento provisional en la carretera podría ser eterno.


Pero hablaba yo de los estacionamientos en los comercios. Llegó el día en que a alguien se le ocurrió que había que pagar aparte por ellos, así como los antaño simpáticos viene-vienes o las mafias que los organizan decidieron cobrar por usar la parte baja de la acera con sistemas de cubetas nada sofisticados si bien sugerentes. Luego aparecieron los parquímetros y la ciudad —me temo que junto con la mayoría de las grandes ciudades— llegó a ser lo que es ahora: un lugar con poco espacio, incluso para levantar la vista hacia el cielo, entre los edificios y los anuncios que llaman espectaculares y poco tienen de espectacular, algo que ya vaticinaba Brazil, la película de Terry Gilliam, esa sí una distopía.

Como los estacionamientos, en estos años el espacio se ha ido constriñendo en todas las dimensiones: internet, el mundo virtual que en algún momento llegó a ser un camino de escape, de comunicación al margen de las limitaciones físicas impuestas por la realidad, está cada vez más colonizado por los anuncios, los cobros, las vías estrechas, las desviaciones. A veces da la impresión de que aquello alcanza incluso el espacio adentro de nuestra cabeza, como si las cosas en las que pensamos —como los resultados de nuestras búsquedas por internet— se fueran dirigiendo forzosamente a algunos temas y no a otros, y uno siempre sospechara que alguien cobra por ello. Es nuestra autopista del sur mental, que no sabemos si se despejará.

AQ / MCB

  • Ana García Bergua
  • Autora de novela, cuento y crónica. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013 por La bomba de San José y Premio Nacional de Narrativa Colima 2016 por La tormenta hindú. Recientemente publicó Leer en los aviones y Waikikí, junto con Alfredo Núñez Lanz.

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