Evodio Escalante, una poesía del lado jazzeador

Ensayo

La poesía del autor de ‘Un demonial de días’ no es una obra lírica de fácil catalogación, pero es una escritura fiel a sí misma, a su pulsión lingüística y a su respiración melódica.

El poeta Evodio Escalante. (Foto: Araceli López Vega)
José Ángel Leyva
Ciudad de México /

“80 años del lado moridor” fue el título que enmarcó la jornada académica en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, este pasado 7 de mayo, dedicada a examinar la obra crítica, literaria y poética de Evodio Escalante. En el programa, organizado por el escritor y filósofo, Carlos Oliva, llamó la atención el hecho de incorporar la música y la filosofía a las perspectivas líricas y ensayísticas del destacado polemista duranguense. Pero si bien todo escritor anhela ser reconocido y recordado por la menos comercial de las escrituras, la poesía, Evodio ha manifestado en diversos momentos que desearía, como otros, también dejar en la memoria colectiva su impronta de poeta; no obstante, está convencido de que si hay un rastro de su obra en la posteridad será por su labor de crítico, que es aún menos seductora que la del poeta. Pero no se puede negar que Evodio Escalante es un poeta, no solo porque es autor de versos y libros de poemas, sino porque hay en su hechura y en su discurso trazos de honestidad sin reservas, riesgos sincopados de un oído que siente más que oye, que lanza gritos sostenidos para invocar y convocar la melodía de lo inesperado y de lo incierto. Y allí, en ese juego palabras y de ritmos, de conocimiento profundo de la lengua y de la intuición de la música, de la improvisación melódica con la novedad de los significados del lenguaje, tiene lugar su lado jazzeador del verso.

No es casual que Omar Anguiano, músico y estudioso del jazz, filósofo y académico vea en el pensamiento de Escalante una impronta jazzística y una pasión musical, que desentrañe en su formación marxista un vínculo con los orígenes del jazz, que nace del blues para luego desembarazarse de este y correr de manera libre por sus propios territorios. No obstante, ambos géneros representan, en su raíz, el alma de los esclavos y los oprimidos, de las almas rebeldes que encuentran en el canto su emancipación. Carlos Oliva también encontró en la obra de Evodio ese mismo vínculo, pero desde la presencia de Theodor Adorno en el acervo intelectual del ensayista y del crítico. Adorno, que ejerció también como estudioso de la música y esteta, como atento observador de los fenómenos compositivos de su época. En particular recuerdo, en mi pobre conocimiento del filósofo, sus ensayos sobre la obra de Mahler y la dodecafonía. En ese sentido, Evodio, como Adorno, sostendría su aparato intelectual en el tejido mismo de la música.

Antonio Gamoneda tituló uno de sus libros como Sublevación inmóvil. Este reúne la crítica social, el culturalismo, la belleza y el formalismo, la disidencia pacífica del intelectual. En sus primeros poemarios, Evodio exhibe tales exigencias. La poesía lo alejó de una praxis política que aspiraba a cambiar el mundo, pero cuya sustancia rebelde e inconforme se vuelve contra sí mismo. Muy pronto descubre, tras su encuentro con la maestra Eugenia Revueltas, en Punto de partida, su vocación ensayística y su pasión crítica. Poesía y ensayo han caminado de la mano de Evodio, lo mismo que la música. Por esos años fue frecuente su aparición con el grupo de free jazz La Cocina, en el que participaron el también escritor Alain Derbez y el artista plástico Jazzamoart, quienes estuvieron presentes en el homenaje. Al grupo se agregó tiempo después Ariel Gúzik.

El ensayo como instrumento revelador del juego y el jugo del lenguaje, del tañedor que apunta los desafinamientos, las fallas y defectos del discurso. No es posible imaginar a un auténtico poeta postrarse ante el espejo de la complacencia, como tampoco puede entenderse a un crítico dándole la espalda a su pensamiento, maquillando u ocultando las fisuras, las fallas del discurso para ser políticamente correcto, para hacerse de la vista gorda ante las exigencias de una conciencia interrogante, curiosa, desacralizadora.

La poesía de Escalante ha sobrevivido en medio de los incendios y terremotos del polemista. No es una obra lírica de fácil catalogación, pero es una escritura fiel a sí misma, a su pulsión lingüística y a su respiración melódica. Si la piedra angular de su trayectoria como crítico literario fue José Revueltas, una literatura del lado moridor, en su escritura poética ha dominado esa otra fuente gozadora e irreverente de la figura paterna, un ícono del ingenio y la innovación provinciana que se sale de madre, que sorprende por sus contenidos y sus alcances, sus audaces incursiones en el jazz y en una lírica rupestre y desafiante a la moral pacata y decimonónica de su natal Durango. El humor y el juego, la improvisación, se funden al rigor y a la seriedad con que se interpreta la realidad y el arte. En la poesía de Evodio Escalante, el crítico, no domina el lado moridor de la literatura, sino el lado jazzeador de la escritura.

La música ha sido, como sostienen Oliva y Anguiano, un elemento sustancial en la poesía de Evodio. Música y razón se desbordan en una respiración verbal, se despliegan en un horizonte emocional que abre las arterias de la memoria oculta y el juego de lo imposible y la belleza. Un demonial de días (1975) y Dominación de Nefertiti (1977) parecen responder al influjo del jazz y a las convicciones políticas de un joven del 68. Un demonial de días está permeado por lo social y lo político, acusa la melancolía de los días y las derrotas revolucionarias, la masacre de estudiantes a manos de autoridades sin anclajes éticos y sin compasión: “Ayer salimos del cine más extraños que nunca; / con los ojos enormemente abiertos, / desprovistos de imágenes. / Estaba en un hotel, estaban / las barbas fosforescentes de Dios, / los nuevos anuncios de cerveza, / pero no hicimos nada”. Expresa en “Un demonial de días”, como quien canta un blues y se lamenta de la existencia con tono de esperanza. Son los años de los neofreudianos o freudomarxistas, de las lecturas de Erich Fromm, Wilhem Reich, Marcuse, Gramsci, los autores beatniks y sin duda Revueltas. El lirismo está embriagado de rebeldía y de preguntas, de amorosas certidumbres, como lo evidencia su poema “Propósito”, que funge también como una poética del Evodio de ese tiempo:

“Si pienso una caja fuerte debo escribir una caja fuerte / Si pienso primavera en la hierba / Debo escribir primavera en la hierba / Si pienso mañana roja de abril / Debo escribir mañana roja de abril / Pero si pienso amor / debo dejar la pluma / y las palabras / y meterme en la vida”.

Ya desde ese libro, el cuerpo es territorio simbólico que se entrevera con la preocupación social, con la conciencia crítica. El movimiento Beat ha dejado una estela de sugerencias estéticas que mezclan el lirismo con la performancia, la lectura en voz alta con la música. Evodio proviene de una familia en la que su padre era un gran coleccionista de discos de jazz, intérprete con el contrabajo, llamado tololoache rupestre, no tololoche, de “La Sueva Patria”, de López Velarde. Poeta él mismo y personaje trasgresor de los cánones de la pacatería norteña. Como su padre, Evodio no se sujeta a una poesía convencional, a un lirismo transparente, a una musicalidad tarareante sino a una composición de imágenes que se ensamblan al ritmo de una respiración sin metro ni rima, pero que atiende a una sonoridad profunda, espiritual más que intelectual. Como imitando un blues o un canto góspel que se lamenta por los males del injusto mundo. Y en medio de eso surge también la naturaleza, en diálogo con el cuerpo, Dios en los rezos de un ateo. “Tres momentos del agua”, es un ejemplo al que me he permitido solicitar a mi amigo Alejandro Zenker que lo musicalice con ese tono cantarino del poema. El resultado ha sido sorprendente (el lector lo puede escuchar en YouTube en este enlace).

Dominación de Nefertiti muestra sin reservas otro de sus paradigmas, el Primero Sueño de Sor Juana, que es, por otro lado, a decir del propio Evodio, fuente inspiradora de Muerte sin fin. Sabiduría y sensibilidad, sensatez y delirio, figuran como entidades dialécticas en ese caprichoso y descolocante título que alude a la beldad egipcia, Nefertiti. (Solo para recrear el oído, invito al lector a escuchar “Dominación de Nefertiti”, musicalizada por Alejandro Zenker).

Son poemas que no atienden a un sentido de unidad temática o estética, surgen como propuestas que armonizan en la lectura, porque van desde ese poema “Elegía de otro tiempo”, dedicado a Salvador Corral y que anuncia ya con uno de sus versos otro libro: Todo signo es contrario (1988). Once años más tarde adquiere forma esa frase con una fuerte carga de sentencia más que de consigna. Persuadido tal vez de la naturaleza paradójica de la poesía, de su sentido no absurdo sino mutante, inestable, contradictorio y hasta cierto punto oximorónico, como lo deja entrever el barroquismo que deslumbra y abomina a la vez el lado racional de Evodio.

“Elegía de otro tiempo” parece jugar también con ese poema de Octavio Paz, “Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón” (1937), y del cual el Nobel se avergonzaba por su transparencia emotiva. Evodio, por el contrario, confronta esa pérdida: “Todo desastre, todo signo contrario. /…/ Aunque tu nombre sea ya un poco ridículo, Salvador. / Aunque tu nombre diga muy poco de los perros / que destrozaron tu rostro, tu camisa, / tus genitales, tu rabia tempranera. / Aunque no nos salvemos de tu nombre, así de simple, / y no conozcamos siquiera la causa de tu muerte”. No hay patetismo en esos versos elegiacos, hay si un humor oscuro y acre “Fabricación de lámparas o huecos o turbias cavidades. / Fabricación de hermosos culos, liquidados, exhaustos. / Fabricación de un tiempo desnudado al que nada trastorna /sino el frio de la muerte / o una misma mañana que se detiene eterna en mi ventana”. Queda el hueco de la ausencia, sí, pero hay rabia y hay memoria que llena de significados el nombre de ese cuerpo.

El lenguaje adquiere fuerza física, es corporal y amenaza con su belleza, se transmuta en bestia que se resiste con garras y colmillos a ser enjaulada. Evodio es capaz de liberar el poema en forma de felino. Es Responso por el tigre, un homenaje a William Blake y, tal vez, de paso, a Eduardo Lizalde, por quien Evodio ha sentido particular admiración, no solo por ser el más cercano compañero de José Revueltas, sino porque es un gran poeta de la Vanguardia extraviada, el poeticismo, de la cual ha escrito un libro con dicho título. Del mismo modo y con la misma vehemencia se ha ocupado del Estridentismo.

Tras un largo periodo de silencio lírico, Evodio tuvo tiempo para debatir sobre el sentido de la poesía. Esa atormentada indefinición que no es otra cosa que la lucha entre la razón y las emociones, entre la lógica y el delirio, entre el poema y su análisis. “Todo signo es contrario”, contiene, desde mi punto de vista, el momento crucial del poeta Evodio contra el crítico Escalante. Su poema “La encarnación” parece manifestarlo así en sus primeros versos: “De una conciencia en llamas fue su grito. / Acaso no había sino sombras: /sombra de fuego blanco era su sombra”.

Cadencias de amor y neciedumbre, (Margen de poesía, UAM, 1994) anuncia el erotismo sin reservas de Evodio y la mirada donde el cuerpo es no el continente sublime de la humanidad, sino el espacio animal, fuente de placer y sufrimiento, materia deleznable, objeto de crueldad, de compasión, de amor. Entre sus libros de poesía más recientes, Crápula (La Otra/ICED, 2013) se despoja del oropel y lo sublime para mostrarse en la desnudez expresiva, en el lenguaje soez y descarnado, del deseo crudo, de la procacidad, al tiempo que recoge las formas exquisitas del soneto y la orfebrería de un pensamiento interrogante, de un pensamiento amado. Esta última expresión la plasma en los versos de Salmos sueltos (Tintanueva, 2022). En esos poemas, deja sentir un gran conocimiento de la versificación tradicional y una profunda lectura de los místicos, pero Evodio no se ha manifestado nunca como un poeta cristiano, ni como un creyente, sino todo lo contrario, como un agnóstico irreductible. Pero allí está el poeta dialogando con lo sacro y lo divino con absoluto respeto y actitud interrogante, mas envuelto en un halo de espiritualidad y entrega. Sorprende entonces su capacidad de migrar de un discurso lírico a otro sin que haya entre ellos conexiones estéticas aparentes. Evodio Escalante, sea cual sea el recuerdo que deje su obra, será, como escribe Adam Zagajewski en Defensa del fervor, la de un autor que ha cultivado la pasión crítica, la valentía, la ironía y, agregaría, el lado jazzeador de la poesía.

AQ / MCB

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