Eso decía un locutor cuando empezaban las caricaturas de la Warner Brothers que veíamos por televisión en un mundo remoto, caricaturas en blanco y negro, dobladas al español por voces de portorriqueños, que nos podían tener ahí con los ojos pegados durante horas.
Últimamente aparecen en las redes toda clase de fantasías animadas (de ayer y hoy) hechas con inteligencia artificial. Me impresiona ver a los personajes de los cuadros clásicos bailando mambo y a seres en apariencia reales haciendo y diciendo cosas irreales: políticos, cantantes de esos que llaman artistas, artistas y más. (Me causan, no lo niego, una especie de fascinación: de repente los muertos hablan y me hacen pensar en aquellas fotografías de muertos acomodados como de visita que se acostumbraban a principio de siglo en algunas partes). Los que están sentados en alguna imagen antigua se ponen de pie y echan a andar, una de las Meninas protagoniza una pequeña historia, unos seres misteriosos con cabeza de pájaro bailan y se transforman en peces. Tus amigos normales se fotografían con ropajes suntuosos y se ven treinta años más jóvenes; pienso que yo misma podría hacerlo también y entrar al juego de fantasmas que, todavía, exige una pantalla pequeña o grande para ser jugado, porque es ahí donde esas imágenes cobran su materialidad y su sentido.
La pincelada paciente que en su momento creó el trompe l’oeil de aquellas escenas en los cuadros, ¿no tiene algo que ver con esta tecnología que las anima? Porque en ambos casos se trata de crear una ilusión de realidad. Una chica que vea el clip de los cuadros bailando el mambo, ¿le pierde el respeto al arte clásico? Y si así es, ¿qué más da? Por lo menos se entera de que existe, en algún museo, en alguna parte. O no tiene idea, no sabe cómo llamar a esas imágenes, le parecen curiosas y ya. O alguna adolescente se interesa de repente, entre su mundo de voces con el micrófono apelmazado como la de Bad Bunny, por la joven del arete de perla de Vermeer. Quizá lo que pierden, es verdad, es la curiosidad por saber quiénes fueron, por qué están ahí. Y yo misma no estoy tan lejos de esa muchacha si lo que recuerda mi cerebro son las caricaturas.
Pero pasa la fascinación y la viejecita que voy a ser en algún momento salta con su “¡Qué cosa, a dónde vamos a parar!". Me asusto de pensar en la realidad tergiversada, las falsas noticias, historias falsas en medio de tragedias reales. Levantas la cabeza y miras por la ventana o por la ventanilla del autobús y el mundo luce fijo, soso, duro, a veces cruel, difícil pero reconocible, aunque todos bajemos a veces el rostro a la pantalla buscando un poco de belleza.
AQ / MCB