Llevo hace algunos años con la sensación de que la inmensa mayoría de las narradoras y los narradores mexicanos practican una escritura por consenso que los iguala a todos: una jerga uniforme, machaconamente denotativa, que lo mismo podría emplearse para el informe del clima, el reporte de un entrenador de futbol o una obra de ficción. Parece que la originalidad es un atributo indeseable. ¿O serán estos tiempos en los que se condenan las voces disonantes? Así, como la tribu rumiante y monocorde, suena Tayde Bautista en Desastres naturales (Dharma Books).
Mauricio, el protagonista de la novela, sostiene un deshilachado monólogo frente a su suegra, ya enferma, ya inútil, como única espectadora. Repasa sus 19 años de matrimonio al lado de Elena quien, después de una laboriosa caída en la depresión, elige el suicidio. Y ahí vamos, de un recuerdo a otro, comprando paciencia para seguir a ese geógrafo, interesado “en la prevención de desastres”: huracanes, sequías, heladas, terremotos… y ahora empeñado en trazar el cuerpo de Elena sobre un mapa de México de grandes dimensiones. (No queda entonces duda de que es posible armar una novela al amparo de una ocurrencia porque Desastres naturales va de esos recuerdos tantas veces visitados —Elena ha coleccionado amantes, ha desaparecido por varios días, ha perdido peso— a la descripción del montaje de esa pieza. “No sabe la belleza”.)
Desastres naturales no es sino un desplante, no hay que esperar otra cosa. Depara únicamente un índice limitado de emociones representadas por una suerte de actor gritón. Porque ahora se trata de eso, de atreverse, echándole muchas ganas, a expresar —como si se tratara de un manual de psicología para principiantes— el aislamiento, el ansia, el cansancio, el hartazgo, las ganas de llorar y fundirse en un abrazo con los indigentes de la esquina. No es difícil de imaginar el tipo de ambiciones que no forman parte del repertorio al que Tayde Bautista convocó.
Leemos: “Si tan solo aprendiéramos a escuchar nuestra parte animal”; “Todos somos culpables, entiende”; “Me encantaban sus ojos negros y redondos como el chicozapote”; “Acabaron gritándose de cosas”, y descubrimos con resignación que, para esta inmensa mayoría a la que pertenece Tayde Bautista, incluso las emociones se distribuyen al mayoreo.
Desastres naturales
Tayde Bautista | Dharma Books | México, 2025
AQ / MCB