Siempre me han fascinado los autómatas. Antes de las computadoras y los robots, desde tiempo muy antiguo se construían para entretener a niños y cortesanos, y para complacer a monarcas exigentes o amenazantes. Los más remotos se movían con agua que cambiaba de nivel y empujaba las diferentes piezas; otros, con sofisticados mecanismos de reloj o bien con aire: había pájaros que se movían en su jaula, algunos míticos como la cabeza parlante de Roger Bacon y el hombre de hierro de Alberto Magno, y unos cuya existencia está documentada, como el pato de Vaucanson, por ejemplo, que caminaba como pato, tenía una especie de intestino de pato y graznaba como pato, pero no era un pato.
Hace poco leí sobre un falso autómata creado en 1769 por el húngaro Wofgang von Kempelen, para impresionar a la emperatriz María Teresa de Austria, según el National Geographic. El Turco, lo llamaban, y entablaba partidas de ajedrez con quien se le pusiera enfrente. Es decir que el muñeco aparentaba mover las piezas como los autómatas musicales que tocaban el piano, pero en realidad, oculto detrás de él, había un ajedrecista que controlaba la partida mediante un mecanismo de espejos e imanes, cosa que se descubrió mucho tiempo después. Pensé en el personaje del mago de Oz —que en realidad es un estafador de Omaha, Nebraska, que se dedica a crear todos los efectos que confunden a Dorothy y a sus amigos para parecerles grande y poderoso— y en que todas las máquinas tienen algo de ilusionismo. ¿O no lo es estar casi oculto adentro de un enorme automóvil que hasta hace poco solo aparentaba moverse solo? Siempre resulta interesante comparar el ego de las personas con el tamaño de sus automóviles e incluso de sus cohetes como el del magnate Elon Musk, cuyos ingenieros serían los hombres detrás de la máquina. O aquella imagen que cundió por internet de aquel otro magnate árabe al que seguía como guarura un robot gigantesco y muy atemorizador, pero ese es otro tema.
Nos gusta la ilusión de convivir día a día con máquinas que realizan millones de trabajos para nuestro asombro o nuestra comodidad, pero en el fondo siempre intuimos la presencia del ilusionista y eso es de alguna manera tranquilizador.
Quizá por eso nos aterra tanto ahora la inteligencia artificial, porque no terminamos de ver al hombre escondido en la máquina; como el pato de Vaucanson, la máquina amenaza con moverse sola y sin que nadie le dé cuerda. Quizás es lo que nos da más vértigo. Por eso nuestra desesperación al exigir comunicarnos con un ser humano cuando hablamos por teléfono o chateamos en la página de algún servicio. El ajedrecista oculto no aparece por ningún lado.
AQ / MCB