Ingenio de escalera: respuestas que llegan tarde

Husos y costumbres

Una reflexión sobre esas respuestas brillantes que surgen cuando la conversación ya terminó, frente a la inmediatez de las redes sociales.

Denis Diderot, filósofo francés. (Wikimedia Commons)
Ciudad de México /

¿Cuántas veces no nos ha pasado? ¿Cuántas frases ingeniosas, punzantes, y lúcidas no hemos dicho pues se nos ocurrieron fuera de tiempo? Ideas que se quedaron flotando después de una comida que no se repetirá, respuestas a las que una reacción emocional o una niebla mental impidió aparecer en el momento propicio y que se quedan dando vueltas en la cabeza; si nos va mal, en el hígado.

​​Hace días estuvimos en una mesa redonda la poeta Odette Alonso, Tayde Acosta y yo. Hablábamos de los cambios transcurridos del siglo anterior a este y Odette ponía el ejemplo de las redes sociales, con las que nos vemos obligados a responder de inmediato a cualquier comentario; antes, si alguien escribía algo en un suplemento cultural sobre otro escritor, la respuesta aparecía en otro espacio una o dos semanas después, lo que daba lugar a pensarla e incluso decir alguna cosa ingeniosa. Yo me acordé de que mi padre nos hablaba del esprit de l’escalier francés, ese “debí decirle, debí contestar así…” que aparece cuando ya es tarde. La expresión surge, al parecer, de la Paradoja del comediante, en donde Diderot narra una conversación que sostiene, durante una comida, sobre la sensibilidad de Voltaire y la frialdad de otro escritor, Sedaine. Uno de los comensales, Marmontel, le responde con una ironía, a lo que Diderot cuenta: “Esta invectiva me redujo al silencio porque un hombre sensible por completo a que se le rebata pierde la cabeza y no se recupera sino hasta que bajó por la escalera”. Es ahí, a posteriori, donde se le ocurre la larga respuesta a Marmontel que no contaré aquí, pero se supone que entonces se acuñó la famosa expresión. Esprit en francés quiere decir ingenio y de alguna manera retrata lo irremediable, pues la respuesta razonada y sagaz que se nos ocurre en la escalera sólo funciona en el momento, como en un duelo de espadachines.

El ingenio de escalera sería como nuestra fe de erratas, pero no como un acto de contrición, sino como lamento por la falta de puntería. La expresión alude también a las Confesiones de Rousseau donde menciona que la pasión le impide responder en el momento: “Dos cosas casi imposibles de unir lo hacen en mí sin que pueda imaginar de qué manera: un temperamento muy ardiente, pasiones vivas, impetuosas, e ideas que tardan en surgir, avergonzadas, y que nunca se presentan sino a la postre”.

Quizá por eso uno escribe, para sacar del pecho las reverberaciones de diálogos antiguos y frustrados. Las redes ahora nos condenan al ingenio de escalera: pocas veces responderemos con tino a cuanta barbaridad en ellas se profiere. Viéndolo bien, de los salones dieciochescos a las redes hay cosas que no cambian.

AQ / MCB

  • Ana García Bergua
  • Autora de novela, cuento y crónica. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013 por La bomba de San José y Premio Nacional de Narrativa Colima 2016 por La tormenta hindú. Recientemente publicó Leer en los aviones y Waikikí, junto con Alfredo Núñez Lanz.

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