El libro de Enrique Díaz Álvarez Lo intolerable: Repulsión, vergüenza y responsabilidad colectiva ante la crueldad contemporánea (Anagrama, 2026) presenta una serie de ensayos dirigidos a reflexionar sobre la barbarie que caracteriza a la sociedad actual. En siete capítulos el libro revisa sucesos históricos y actuales relacionados, sobre todo, con temas de migrantes. El libro comienza con la narración de un video que muestra a varios agentes del Servicio de Control de inmigración y aduanas de los Estados Unidos, ICE, donde se ve a hombres encapuchados tomando por asalto un auto en el que circula una familia: padre, madre y un menor. Tras un forcejeo, arrestan a la madre. Se sabe que la han llevado a un centro de detención para migrantes. A partir de esta imagen, el libro avanza con hechos puntuales de represión y violencia alrededor del mundo en un recorrido por diversos momentos que han marcado la historia actual y con los razonamientos de personajes como Michel Foucault, John Berger, Angela Davis o Emmanuel Carrère, entre otros.
Como un eco a la tesis que Susan Sontag propone en su libro Ante el dolor de los demás, donde se refiere al modo como reaccionamos frente imágenes que muestran el sufrimiento ajeno, Díaz Álvarez se enfoca en la política de la crueldad, en el horror contemporáneo y la indiferencia de quienes somos testigos de hechos e imágenes descarnadas a las que estamos expuestos constantemente. “No basta con llevarse las manos a la boca o apartar la mirada, habría que prestar atención al desconsuelo, la vergüenza, la indignación y otras emociones que nos vinculan con el dolor de los demás”, apunta en la introducción titulada “Pensar con todo el cuerpo”.
Anclado en preguntas como: ¿Qué es lo que impide que ese malestar nos mueva a la acción desde una perspectiva crítica o emancipadora? ¿Por qué tanto reparo en reconocer lo que encierran el cuerpo y los afectos?, Enrique Díaz Álvarez escribe en contra de “la ampliación del umbral de tolerancia que nos ha llevado a la indolencia”. Invita al lector a cultivar un sentido de responsabilidad que solo se logra a través de la reflexión crítica, la sensibilidad y la imaginación. Para ello, acude a los testimonios, las crónicas y las expresiones del arte que encaran a la violencia, la crueldad y el abuso del poder. Imágenes que tienen la capacidad de conmovernos.
En estos ensayos concisos y reveladores, Díaz Álvarez expone diversos casos que, en épocas distintas, han llamado la atención en torno a prácticas de lo que se considera intolerable. Entre otros, hace un recuento de las experiencias del filósofo Michel Foucault, quien durante su estancia en la Universidad de Túnez fue testigo y reaccionó de manera activa frente a la represión por parte del gobierno, en las manifestaciones pro-palestina de 1967. Foucault también tomó acciones, ya de regreso en Francia, ante la violencia contra estudiantes por parte del gobierno de Charles de Gaulle en las protestas del 68. Estos hechos y la respuesta descarnada de un poder opresor detonaron el proyecto Vigilar y castigar, una investigación sobre los mecanismos que marcaron el final de los suplicios y dieron paso a los sistemas penales. Entre otras conclusiones Foucault advierte que “aun cuando en las sociedades modernas los castigos violentos han sido sustituidos por ‘métodos suaves’ de corrección y punición, lo que está detrás de las relaciones de poder es siempre el asedio político del cuerpo”.
Los migrantes, las caravanas, los campos de refugiados, la explotación, el asedio, el maltrato a las personas, son temas centrales en el ensayo de Díaz Álvarez. En el capítulo “Vidas encerradas”, recuerda cuando el escritor y crítico de arte John Berger recibe el premio Booker y confiesa que le resulta insoportable, ya que el mecenas del premio se hizo de una fortuna comerciando con azúcar gracias al trabajo de esclavos en el Caribe. Sin embargo, no rechaza el premio, sino que anuncia que lo compartirá con el movimiento Panteras Negras, dedicado a combatir la explotación de migrantes. Más tarde, Berger publica Un séptimo hombre, libro que, junto a las fotografías de Jean Mohr, conforman un relato sobre la migración humana y la condición de los trabajadores migrantes en Europa. El talento narrativo de John Berger y la elocuencia de los rostros fotografiados por Mohr detonan de inmediato reacciones, emociones y afectos; demuestran que la solidaridad es un sentimiento que se construye y confirman el alcance ético-político de la literatura y el periodismo narrativo. La tesis de Berger continúa vigente, sin embargo, el fenómeno migratorio se ha ido transformando en la medida en que aumenta la desigualdad y el cambio climático obliga al desplazamiento de hombres y mujeres. Se trata de un problema que nos toca a todos. Consciente de ello, Díaz Álvarez nos alerta sobre la falta de reflejos de los gobiernos, sobre todo de izquierda, incapaces de desplegar una narrativa política internacionalista en torno a viejos principios como la solidaridad, la hospitalidad y lo que nos une en comunidad. Hoy, familias enteras arriesgan la vida para huir de la pobreza, la violencia, las sequías. A esos seres, a esos cuerpos, se les contiene mediante muros físicos y burocráticos. “La violencia simbólica, la actitud hostil y defensiva hacia el ‘otro’, el cultivo de la desconfianza y el recelo entre extraños es el espacio donde se desarrolla buena parte del teatro de la política contemporánea”, asegura el autor.
El capítulo, “Vergüenza y responsabilidad colectiva”, nos recuerda la imagen de una playa en Turquía en la que yace un niño con parte del rostro hundido en la arena. Ese cuerpo, el de Aylan Kurdi, arrastrado por el mar hasta la playa “nos encaró con la mayor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial. Miles de refugiados sirios llevaban meses perdiendo la vida al intentar poner un pie en Europa”. Esa fotografía le dio la vuelta al mundo, pero poco a poco la imagen se desvaneció. “Vivimos en sociedades anestesiadas por una ingente circulación de fotografías y videos; nuestra disposición al asombro y nuestra capacidad empática están gobernadas por el ritmo que marcan los reels de Instagram donde vamos deslizando el dedo sin detenernos a pensar en lo que vemos. Puede ser, como lo describe Díaz Álvarez, un migrante muerto por hipotermia o un gato obeso que cae de una hamaca. Da lo mismo.
Temas como la violencia en los centros de detención o las estrategias de poder destinadas a demorar y obstaculizar los cuerpos de migrantes, abren cuestionamientos sobre la responsabilidad colectiva y la relación que guardamos con ese trato indigno e inhumano que se produce a nuestra costa. “Habría que pensar en la fraternidad”, dice Díaz Álvarez, “un valor que ha sido eclipsado por la libertad y la igualdad como estandartes de la democracia”. Estas y otras reflexiones surgen en la medida que el autor de Lo intolerable narra vivencias como la de Emmanuel Carrère en “la Jungla”, en la ciudad de Calais, un campamento informal de refugiados e inmigrantes; o la del artista visual Richard Mosse en la prisión de Moria, en Grecia. Dos ejemplos entre otros de artistas, escritores, periodistas o intelectuales que han metido el cuerpo en el centro de la tragedia. El libro cierra con dos capítulos coyunturales: “Lo atroz”, sobre la “distopía presente”, en específico, las nuevas formas de control y vigilancia, seguido de “Un epílogo insoportable”, sobre la violencia del ejército israelí en Gaza.
A manera de corolario dejo aquí dos preguntas de Rita Segato que se formulan en este ensayo: “¿Cómo rescatar la sensibilidad y los vínculos que se opongan a la represión y a la crueldad del tiempo presente? ¿Cómo visualizar caminos alternativos?” Las reflexiones de Díaz Álvarez nos obligan a repensarnos como sociedad frente a la amenaza de gobiernos autoritarios y nos convocan a plantear una ética de lo intolerable que recurra a los afectos comunes. “Es momento —dice— de penetrar los muros, apelar al pensamiento crítico y hacer resonar testimonios que tengan la cualidad de revelarnos lo común en tiempos en los que todo parece separarnos”.
AQ / MCB