Jaime Siles: Premio Reina Sofía

Poesía en segundos

El Premio Reina Sofía reconoce la trayectoria de Jaime Siles, cuya obra conjuga experimentación, tradición y una mirada persistente sobre el tiempo.

El poeta, crítico y traductor Jaime Siles. (jaimesiles.com)
Ciudad de México /
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Creo que la primera vez que tuve conciencia clara, tanto de la poesía como de la figura de Jaime Siles, fue en 1989, cuando publicó, en el número 153 de la revista Vuelta, su poema “Elegía y análisis a 33 revoluciones por minuto”: extraña, compleja y pletórica composición en la que “una sucesión de imágenes”, en una corriente vigorosa, nos hacía y nos hace pensar en la veracidad de nuestra presencia y en el sentido de la escritura. Un poco más tarde, recibimos la noticia del Premio Loewe de Poesía y descubrí Semáforos, semáforos. Leí con especial atracción la pieza que le da nombre al original libro, una composición en verso de arte menor y vanguardista, y “Axis y Galatea”, en endecasílabos, que siempre he recordado por su catadura barroca y el fino humor no solo erótico, sino decididamente vitalista que la anima, no obstante el nihilismo de Siles. La frescura de estas composiciones por su índole híbrida, colmadas de modernidad y, al mismo tiempo, plenas de tradición, me parecían una referencia ineludible de la nueva poesía española.

“Elegía y análisis a 33 revoluciones por minuto” es una extraña, compleja y pletórica composición en la que, mediante una corriente vigorosa, “una sucesión de imágenes” constituida con dos abecedarios, dos esferas distintas, dos horarios diferentes simultáneos en el vinilo de un disco, nos plantea —como capitanes de dos barcos corsarios a la carga— la necesidad de anular el yo y, no obstante —entre fuegos varios—, comprender y distinguir de nueva cuenta las relaciones insospechadas que hay entre la metáfora y la identidad, entre la multiplicación inesperada y la concentración obligatoria, entre la anulación del sujeto y su constante resurrección. En esos años la imaginación teórica y la imaginación poética estaban dominadas por el demonio del lenguaje o por el mandato de la palabra autosuficiente (aún campeaba el estructuralismo). Había, sin aparente solución inmediata, una discusión entre poetas: unos estaban a favor de una poesía refinada —consciente de sí misma, que corría hacia adentro a la dimensión del signo o del silencio— mientras otros abogaban por una poesía directa —consciente del mundo circundante, de la experiencia, volcada hacia afuera—. En realidad, se trataba de la querella eterna que confronta lo ideal con lo real o a la inversa. Sea lo que fuere, en Siles esta discusión estaba, de algún modo, zanjada. En su poesía o, al menos, en muchos de sus mejores poemas, la invención andaba—y anda aún— pareja a la prueba-reconocimiento-representación de la existencia. Siles nunca deja, por decirlo así, de ser analítico, nunca deja de darse cuenta de que en el lenguaje no solo la realidad sino nuestra persona interior, están en estampida, en dispersión. Sin embargo, él, al mismo tiempo, sabe —o siempre acaba comprendiendo— que de modo inexplicable todo termina, en ese mismo lenguaje, en una reunión, en una síntesis también desaforada, y que el yo, en el juego del movimiento, se nos vuelve a aparecer con todos sus prodigios reales e indecibles, a pesar de que el tiempo, como el propio Siles dijo, nos asesina.

AQ / MCB

  • Víctor Manuel Mendiola
  • Víctor Manuel Mendiola, poeta, ensayista y editor, dirige desde hace cuarenta años Ediciones El Tucán de Virginia. Ha publicado Tan oro y ogro (poesía) y El surrealismo de Piedra de sol (ensayo).

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