Lecturas de crisis

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La lectura nos permite, en la crisis, considerarnos como algo más que un superviviente; sin embargo, existe un peligro en instrumentalizar la lectura como un remedio estándar para desazones o patologías.

'The last chapter'. por A.S. Jackson (Library of Congress)

Armando González Torres

Mucho se habla de la capacidad de la lectura para ayudar a sanar en tiempos de desgracia. En efecto, la vivencia lectora depara sorprendentes experiencias lenitivas, aun ante el auge de las pantallas y dispositivos electrónicos.

Michèle Petit en El arte de la lectura en tiempos de crisis (Océano, 2021) hace un emotivo y esperanzador recuento de ejercicios de impulso de la lectura y formación de lectores entre sectores desfavorecidos en diversas partes del mundo. Esta estudiosa de las prácticas de lectura nutre sus argumentos con una extensa experiencia de campo, con una prosa nítida y con una gran capacidad de empatía.

Para la autora, las situaciones de crisis vuelven la realidad sombría, informe e indistinguible y, ante ello, la lectura constituye un asidero que ayuda a recuperar el aliento y alimenta la disposición a conversar, imaginar y vivir. La lectura brinda ligereza y movilidad al pensamiento encadenado en el fatalismo y ensancha los lindes de un mundo que se percibe cerrado.

De acuerdo a Michèle Petit, en la actual pandemia, no sólo aumentó la lectura y las ventas de librerías, sino que se incrementó la demanda por los clásicos y por géneros “difíciles”, como el ensayo. También se extendió el fenómeno de la tertulia virtual y se han multiplicado espacios que combinan el desahogo colectivo y el diálogo libresco y que a menudo se denominan, indicativamente, “biblioterapia”.

Así, la emergencia sanitaria ha impulsado numerosas manifestaciones de lectura sociable, no utilitaria y, en muchos sentidos, curativa. Ciertamente, la curación por la palabra, como la llama Pedro Laín Entralgo en su bello libro, se remite a la antigüedad griega y, como sugiere Michèle Petit, la lectura, o incluso el recuerdo de la lectura, brinda un auxilio fundamental para la resistencia y la reparación del individuo en situaciones límite, como la guerra, el exilio, el cautiverio o las grandes depresiones económicas. En estas circunstancias, el libro ofrece una hospitalidad al individuo desasido y la lectura contribuye, a la vez, a evadir y reintegrarse a la realidad, a entender y reorganizar la propia historia, a devolver o crear nuevas identidades y pertenencias.

La lectura permite que el individuo, en el entorno de la crisis, se considere como algo más que un superviviente y avizore horizontes renovados. La autora, sin embargo, advierte sobre el peligro de instrumentalizar la lectura como un remedio estándar para desazones o patologías. El acto de la lectura es multifacético y las lecturas más curativas no se reducen a la función del cuidado, ni son deliberadamente edificantes. De hecho, la lectura, entre más desprovista de propósitos prácticos, conduce a ese estado de contemplación sin deseo que los antiguos asociaban a la felicidad. Tal vez, como dice Petit, la fase más reveladora de la lectura es cuando el lector, que ha permanecido absorto, levanta la vista del libro y contempla, como nuevo y fresco, el espectáculo del mundo.

AQ

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