Las elegías más hermosas: ‘Lo que podemos saber’, de Ian McEwan

Literatura

La nueva novela de Ian McEwan, ‘Lo que podemos saber’, contiene profundas reflexiones sobre la naturaleza del amor, de las relaciones humanas y de la forma en que construimos nuestras vidas.

Portada de ‘Lo que podemos saber’, de Ian McEwan. (Anagrama)
Carlos Rubio Rosell
Ciudad de México /
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¿Quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde vamos? Estas parecen ser las tres preguntas a las que en un principio intenta responder la nueva novela del escritor inglés Ian McEwan, Lo que podemos saber (Anagrama, 2026), una obra que, aupada a lomos del flujo de la conciencia, explora los malentendidos y los vínculos entre las personas en un marco social e histórico que alerta sobre una posible hecatombe del mundo tal y como lo conocemos, y cómo las personas del futuro nos juzgarán por nuestra irresponsabilidad ante el desastre climático y político que estamos protagonizando como especie.

Pero también McEwan (1948) ha escrito una carta de amor a las cosas sencillas, al placer de los paseos por la naturaleza, a la literatura como tabla de salvación y, en última instancia, ha construido una narración sobre los miedos, inseguridades, pecados grandes y pequeños que trufan cada una de nuestras biografías.

La primera parte de esta novela del autor de obras como Primer amor, últimos ritos, El placer del viajero, Expiación o Cáscara de nuez echa mano del arte de la biografía y entrelaza de forma brillante la reflexión sociológica con la pura narrativa, situándonos en un futuro distópico en 2119, cuando el mundo ha sufrido una transformación radical tras lo que denomina el Desarreglo y la Inundación.

Escribe McEwan: “La economía global y sus redes de distribución se rompieron. Mercados y comunidades pasaron a ser celulares y autosuficientes, como a comienzos de la Edad Media. Los institutos científicos y tecnológicos, los bancos de datos y semillas, los museos, bibliotecas y universidades que no fueron destruidos se trasladaron a las colinas y las montañas. La base de conocimiento y la memoria colectiva se preservaron en buena medida, junto con internet, mantenida sobre todo por Nigeria (...) La industria pesada y el uso de combustible fósil se derrumbaron. El denominado polvo bélico del campo de batalla de los enfrentamientos nucleares en Oriente Medio ascendió a la termosfera y las temperaturas globales medias cayeron en picado. De resultas de tsunamis, guerras, hambrunas y enfermedades, la población de la Tierra se redujo por debajo de los cuatro mil millones en torno a la época en que la Gran Rusia se anexionó una Alemania destrozada”.

Sin embargo, entre todos esos desastres, la literatura mundial, aventura el narrador, ha podido producir “sus elegías más hermosas, una nostalgia espléndida, una furia elocuente”, y esas obras maestras, añade, son estudiadas.

Así pues, un profesor de literatura del futuro se dedica a investigar nuestro tiempo, concretamente los años comprendidos entre 1990 y 2030, y busca un poema que fue leído una sola vez en 2014 y se esfuma, convirtiéndose en una especie de símbolo de un mundo ya desaparecido. Pero esa pesquisa literaria, como ha señalado la editora Silvia Sesé, encierra una paradoja extraordinariamente contemporánea, pues en Lo que podemos saber queda patente que los investigadores del futuro pueden acceder a una cantidad abrumadora de información sobre nosotros: mensajes, correos electrónicos, búsquedas, archivos digitales, y saben de nuestras vidas mucho más de lo que nosotros podemos saber de quienes vivieron hace cien años, aunque al final, como sugiere la novela de McEwan, resulte muy dudoso que consigan saber lo esencial.

Otro elemento en juego en esta novela es el desplazamiento del narrador, que no es alguien desde el presente imaginando el futuro, sino que desde el futuro contempla un presente que se ha convertido en Historia, de modo que los personajes de 2119 nos observan con asombro y observan nuestras costumbres, nuestros privilegios y la extraordinaria riqueza del mundo que todavía tenemos a nuestro alcance y que para ellos hemos dejado perder porque fuimos unos “patanes ignorantes, miserables y destructivos” que “podrían haber hecho algo aparte de engordar sus economías y hacer la guerra”, mereciendo las megamuertes que nos ocasionamos.

Así que en esta parte de la lectura aparecen, por supuesto, las preguntas importantes: ¿qué responsabilidad tiene una generación respecto de las siguientes?, ¿qué significa amar el mundo y al mismo tiempo contribuir a destruirlo?, ¿qué les debemos a aquellos que todavía no han nacido?

Como aclara la editora, todo esto podría hacer pensar en una novela distópica, pero esa sería una definición insuficiente, pues Lo que podemos saber es también una pesquisa, y una historia de amor, deseo y traición, y a fin de cuentas una novela “sobre la poesía y sobre el poder de la literatura para alcanzar aquello que los documentos y los datos no llegan a lograr”. Y es una novela también sobre la intimidad, que no se concreta a preguntarse por los límites de lo que podemos saber, sino que nos hace experimentarlos como lectores y nos lleva a construir una determinada versión de los hechos, a creer que conocemos a unos personajes para después obligarnos a dudar sobre cuánto de aquello que habíamos dado por cierto era realmente conocimiento y cuánto interpretación, porque como sostiene Silvia Sesé, “la forma misma de la novela acaba participando de la pregunta que plantea el título y lo hace sin renunciar nunca al placer de la novela con inteligencia, ironía, suspense, con personajes extraordinariamente vivos y esa capacidad tan McEwan para recordarnos que, por muchos datos que acumulemos sobre una vida, eso no significa necesariamente que la conozcamos y mucho menos que la comprendamos”, convirtiendo esta obra en una manera de especular, en parte, sobre cómo escribimos la historia o las biografías, cómo interpretamos el pasado, cómo nos situamos en la historia y cómo entendemos ese pasado.

El propio McEwan ha declarado que parte de esta novela viene o nace de su amor por la biografía literaria, así que en toda la obra juega con ese poema desaparecido en 2014 que es un j'accuse contra aquellos que están marchitando la naturaleza a fuego lento; un poema que exalta el amor sobre las fuerzas destructoras a las que nada importan la belleza de la Tierra y cuyos dioses son el dinero y el poder. Pero el meollo es que ese poema que no aparece es, en realidad, una novela, la propia novela de McEwan, donde además escribe sobre los pensamientos y aspiraciones de unas cuantas personas y describe de forma velada sus sueños, pero no el poema, lo que convierte esta novela en una especie de ensayo histórico que gira en torno a la idea del asunto poético, sobre cómo se representa en las mentes ajenas y cómo ese espectro revolotea y danza a través de las décadas.

“He intentado dedicarme a lo que está ‘fuera de mi alcance en el tiempo’”, escribe McEwan en la novela. Y lo que está fuera de su alcance es precisamente ese poema titulado “Una corona para Vivien”. Una corona, apunta un personaje, “en honor a un largo amor; o una celebración de las glorias de la naturaleza, no solo un lamento por lo que hemos destruido tontamente, sino un apasionado recordatorio de lo que sigue ahí y debemos amar; o un prolongado y triste toque de corneta para volver sobre nosotros mismos y el fin que se nos avecina, que deberíamos afrontar con calma y gratitud por nuestra buena fortuna de haber existido”.

Lo que está fuera de su alcance es, también, “la egoísta poca visión de futuro o la pura y simple locura o mendacidad o brutalidad de los líderes políticos —elige lo que quieras— y la inacción o la cobarde idiotez o el terror de sus poblaciones”; la “despreocupada adoración por los autócratas”; “los venenos que dejaron en los océanos, los bosques que asolaron, las tierras y ríos que arruinaron y el Desarreglo que reconocieron pero no evitaron”. “Era todo tierra quemada”, dice el narrador, “todo alegre desprecio por las generaciones siguientes”.

La segunda parte de la novela es el relato en primera persona de Vivien, la mujer del poeta Francis Blundy, autor del poema perseguido por el narrador de la primera parte, el investigador académico Thomas Metcalfe. En esta narración, rescatada de entre los vestigios de un Granero perdido en una isla, nos narra su vida, los avatares de su infancia y juventud y el momento en que su primera pareja sentimental, el luthier y bajista Percy Green, enferma de Alzheimer. Son páginas cargadas de tristeza, melancolía y una dureza muy cercana a la realidad de quienes padecen esa enfermedad y enfrentan el dilema de un futuro más incierto que los balbuceos de su trastocada memoria. “No hay adónde huir, ni él ni yo”, escribe la narradora. “Si lo llevo a dar un paseo, seguro que pregunta: ¿Adónde vamos? Si se lo digo, se le olvidará y lo preguntará otra vez. Pero entonces me coge de la mano y la aprieta y sé que le quiero. No podría ingresarlo en una residencia. Estamos los dos presos aquí”. O: “En dieciocho meses Percy pasó de ser un marido feliz, inteligente y con mundo que la quería y la cuidaba a transformarse en un ‘idiota pueril’ con incesantes preguntas repetidas, ‘preocupaciones absurdas y una dependencia total’. Ella se aborrecía por pensar así. Tenía el deber de respetar y mantener su dignidad. Sabía que no debería usar una palabra como ‘idiota’. Pero era duro”.

Luego viene el relato de su relación con Blundy, los detalles, la forma en que llegan a ser el uno para el otro o, más bien, en que Blundy termina siendo suyo y haciéndola suya a ella. Y comprendemos el poema de amor que fragua toda la novela: “Blundy estaba a otro nivel, era de una especie humana superior y más compleja. La mente, como ya había observado, era nuestro rasgo más erótico. Necesitaba la mente de Blundy igual que, en otras épocas, necesitaba el sexo. Ansiaba despertarlo de nuevo, ese flujo entre nosotros, la inmediatez emocional, la simplicidad”.

Pero no todo es miel sobre hojuelas. Y hay flecos que se hunden en las más obscuras tinieblas. Esos flecos los tiene que descubrir el lector, porque van acompañados de una serie de profundas reflexiones sobre la naturaleza no solo del amor, sino de las relaciones humanas y la forma en que construimos nuestras vidas a partir de cosas bien y mal hechas, de aciertos y errores, de omisiones y flaquezas. Es, en resumen, una confesión que remata magistralmente una meditación sobre la mortalidad, que es donde culmina esta brillante novela de Ian McEwan.

AQ / MCB

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