Estaba leyendo una entrevista a quien ha sido apuntador del Gran Teatro del Liceu de Barcelona por cinco décadas, Jaume Tribó, en la que contaba que él siempre quiso ser apuntador; es decir, ni actor, ni músico, ni cantante, sino el hombre que, asomando la cara tras una pequeña caja en el proscenio les sopla los diálogos a los artistas de la escena. Me llamó mucho la atención aquella declaración vocacional de un hombre que por otra parte, es cultísimo y tiene grandes conocimientos de la historia de la ópera; su vocación de apuntador respondía a una pasión. Y sin embargo, no deja de ser curioso aquel oficio de sombras, un oficio paralelo y un tanto secreto, como una sombra profesional, parecida a la del escritor fantasma.
Hasta hace algunas décadas, los teatros se diseñaban con la famosa concha donde se ocultaba el hombre que les soplaba sus líneas. En francés, justamente, se le llama souffleur, es decir soplador, el que susurra las palabras del texto de la obra. Hay una pieza teatral cómica del belga Michel de Ghelderode que se llama Tres actores y su drama (1928), una especie de homenaje a Pirandello y sus Seis personajes en busca de autor. En ella, los actores se hartan de hacer el mismo papel y a la mitad de la obra empiezan a tratar sus asuntos personales; el apuntador, que también es personaje, les acaba gritando exasperado sus diálogos para que retornen al redil y al no lograrlo, exclama que mejor se irá a encerrar en un convento. Además de divertido —la obra de Ghelderode es una especie de teatro del absurdo con temas medievales— me pareció muy razonable que su apuntador se fuera a otro lugar tan enclaustrado y sombrío como la concha de los teatros. También hay escenas en el cine donde un apuntador intenta solventar las falencias de las divas o los malos actores. Así que ya ven, siempre ha habido quien se ocupe de la memoria en el escenario. Desde hace años también el apuntador se oculta tras los cables de un pequeño auricular colocado en los oídos de los actores cuando filman o graban un capítulo tras otro de alguna serie sin tiempo de memorizarla.
En la vida quizá hay quien prefiere también no ocupar el escenario y ser apuntador; señalar a los otros lo que deben decir cuando a su juicio lo olvidan o corregir los parlamentos mal expresados, sin arriesgarse a decirlos en escena. Del otro lado, uno puede quedarse muchas veces sin saber qué decir, olvidar las cosas y los nombres. A cierta edad uno ya quisiera un apuntador; no una memoria completa, sino algo que nos susurre apenas un par de palabras para ayudarnos a tirar del hilo de la frase o de la historia. Un apuntador al rescate, sí que estaría bien.
AQ / MCB