Entre las páginas de muchos libros de la casa aparece de repente una tarjeta, una ilustración con imán, una fotografía, a veces un boleto de autobús o de avión incluso, un pedazo de papel con anotaciones, una pluma que alguien dejó como si dijera “yo estuve aquí” o “hasta aquí pude llegar”. Me gustan los marcapáginas; cada vez los fabrican más inventivos y simpáticos, pero más me interesan aquellos que se insertan al azar, como un pequeño documento urgente y distraído del instante. A menos que seamos maniáticos o el marcapáginas muy valioso —pues los hay incluso enjoyados—, la pequeña señal permanece en el libro incluso cuando ya lo terminamos, como un boleto de viaje, del viaje que realizamos a esa novela o a esos poemas, aunque un libro en realidad no se termina de leer nunca.
La madre de una queridísima amiga falleció y tuvimos el privilegio de poder elegir algunos ejemplares de su vasta biblioteca; me apasionó encontrar en las páginas de un Flaubert o un Sándor Márai recortes de prensa, alguna nota alusiva, las huellas de una lectora brillante y aplicada; verlas era casi como poder leer el libro entre sus manos, leer en su compañía. Casi como las piedras que deja Pulgarcito o el hilo de Ariadna avanzando por el laberinto, el marcapáginas es también una especie de guía, si bien humilde, de la lectura y la memoria, una señal en un mapa distinta de los subrayados y las anotaciones tan crudos, más similar al recuerdo ficticio de haber tomado un café en la plaza de San Marcos leyendo a Thomas Mann, algo así.
La lectora que soy a veces recibe entre las páginas de sus libros mensajes de la lectora que fui; desde postales de museo hasta listas del mercado. Antes, mi hermana y yo escondíamos el dinero en ciertos libros señalados, con la fantasía de que los ladrones jamás lo encontrarían o, de hacerlo, se ilustrarían un poco quizá: ¿leerían la página donde se encontraba, aunque fuera por superstición? Pasa el tiempo, una madura y deja de hacer esas cosas, pero quedan muchos papeles insertos en los libros. Marcapáginas que no solo señalan la lectura interrumpida sino también momentos, marcapáginas de vida: objetos que nos recuerdan en qué punto de una historia nos quedamos, notas o recuerdos de gente querida que se fue o que tomó un camino lejano, y al verlos tenemos la oportunidad momentánea de retomar el hilo de una historia que abandonamos.
Así se extrapolan los marcapáginas a los libreros: coloco ahí algún objeto que me recuerda un viaje, una fotografía, el testimonio de una celebración, y con ello recupero un poco el tiempo en que un libro me acompañó. Libros como gatos que te siguen, se duermen a tu lado y no te dejan nunca.
AQ / MCB