‘Mares que mueren’, de Marlene Zertuche: rutas para alejarnos del abismo

Reseña

En ‘Mares que mueren’, de Marlene Zertuche, la poesía está hecha de recuerdos y convicciones; también de andanzas: infancia, laberintos, andenes de siglos venideros.

Portada de ‘Mares que mueren’, de Marlene Zertuche. (Juan Pablos Editor)
Armando Alanís Pulido
Ciudad de México /
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Lo que fuimos, lo que somos

Cuando pienso en uno de los lugares comunes favoritos de quienes hablamos de poetas y sus libros, contrario a lo que se quiere resaltar, siempre entiendo que el poeta, la poeta, es una persona especializada en otros asuntos. Por ejemplo: “Marlene Zertuche es investigadora, editora, madre, revisora de estilo, promotora cultural, lectora, pero sobre todo, poeta”. Lo que trato de explicar es que entiendo que lo que te hace poeta es lo que eres antes de escribir poesía: Marlene es un mar que se desborda en palabras y sus olas ya tranquilas se posan en el lector que se refresca.

En Mares que mueren (UAS, Col. Perseo vencido, 2024) no hay sequía, todo es diáfano, Marlene eso lo tiene muy claro, como es claro lo que lleva implícito en su nombre, en los versos ella se busca, se llama, se renombra y nombra a alguien más en la total complicidad de quien estira el tiempo en versos como quien estira los brazos cuando abraza o cuando nada en el mar, no hacia la nada sino a un todo, a un encuentro:

llevo un mar en mi
en mi nombre

un crespo oleaje cubre mi cama
mi sudor y mi sal se extienden sobre ti
te mueves, jadeas, das brazadas
te mueves, te clavas
te zambulles
en mi
como si quisieras
respirar para siempre
cierras los ojos
y te dejas llevar
te dejas ir por fin
como un ahogado en mis entrañas


(“el mar detrás del nombre”, fragmento.)

Si la veo, silabeo

La reflexión y la duda, en cualquier orden en que aparezcan, se resuelven y se entienden mejor con poesía. En esta obra, las mujeres que aquí son diosas, o las que están atrapadas en el amor, o están embarazadas o las que tenían prohibido llorar, así como las que celebraron, las que evitaron algo, las niñas, las tías, las abuelas, todas ellas en este libro tienen una parte del mar atrapado entre sus manos, y se desbordan cuando las vemos, se desbordan en la voz de Marlene mediante enormes olas, mediante pequeñas olas y enormes sílabas que mueren en unos ojos y reviven en otros, en los del lector.

Héctor Monsalve, en la cuarta de forros, agradece a la autora que nos insinúe las rutas hacia aguas calmas, hacia alguna brisa fresca, hacia un faro (qué mejor definición para la poesía que esa) y remata diciendo que la poesía contenida en este libro está fabricada de recuerdos y convicciones.

Marlene es una sirena que canta, pero su canto no te lleva hacia la perdición, su canto nos hace comulgar con el mar sin ahogarnos, nos da la liquidez para hacer la mejor transacción, el mejor negocio para el alma: dar razón a nuestras leyes, como diría Rilke.

No hubo paso mal andado

Mares que mueren es un libro de andanzas: infancia, Coahuila, laberintos, calles ruidosas y caminos de piedras, andenes de siglos venideros, Chilpancingo… Todo esto lo conforma y esta poesía lo confirma. Marlene, como poeta, es un andar de antelación, y aquí no hubo paso mal andado, el gozoso misterio que es la poesía se resiste a ser resuelto, pero ese ajetreo, esa lucha, esos pasos y esos versos son como aprender a rezar y entender que una lágrima de Dios es un mar o es la dureza de una piedra que sostenemos en la mano con la libertad de saber qué hacer con ella: construir algo o lanzársela a alguien (o ambas cosas al mismo tiempo) porque cada odisea es un nuevo inicio, las diosas, las poetas, lo saben y sacudidas nos sacuden con el mar que es el lenguaje.

a esos lugares hazme volver
para que mi boca
como el pan de la calma
el maíz de la desmemoria

para que en mis labios
se posen las gotas
del descanso eterno

después
llévame a tu piedra blanca
ya sin cuerpo para iniciar mi camino

hazme entender
que no hubo paso mal andado


(Tatéi Haramara, fragmento.)

Estamos aquí porque estiramos el tiempo

¿Para qué nos sirve el mar?, habría que preguntárnoslo, más bien habría que navegar, nadar, contemplar con o sin miedo, afrontar al líquido que nos conforma, que nos da vida. Hace poco veía una película de terror sobre unos monstros marinos que resultaron ser bondadosos; el filme empezaba con un dato real: el 80 por ciento de esa fauna no ha sido estudiada. ¿Qué contiene entonces el mar?, ¿nos protege, nos acecha, nos vigila, nos amenaza? Todo un misterio sin duda y Zertuche lo enfrenta, lo registra y lo comparte; en ese sentido retomo una idea de la gran Ida Vitale que en su libro Resurrecciones y rescates afirma que el misterio como lo conocemos es objeto de fe en términos religiosos y que debería ser —para el lector de poesía— algo así como objeto de fe poética, lo que nos lleva a pensar que lo secreto y lo misterioso pueden dejar de serlo si a estos conceptos les damos el permiso de ser los que descifran algo, entonces hay que sumergirnos e iniciar la expedición, en este caso, yo lector preparo el viaje porque Zertuche nos da el mar, ese que no es imposible de enfrentar.

AQ / MCB

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