No vayan a creer que este espacio se ha convertido en una sección de obituarios. Lo que pasa es que últimamente se han estado yendo varios referentes y uno se siente obligado a dedicarles unas palabras, que a veces sirven de homenaje y otras le descubren el personaje a algún lector. Después de todo, el periodismo, decía Chesterton, “consiste esencialmente en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”.
Permítanme, entonces, hablarles en esta ocasión de un gringo excepcional.
Mark Singer, fallecido hace unos días debido a un cáncer fulminante, era un maestro del reportaje. Formó parte del equipo de la revista The New Yorker, en cuyas páginas nos enseñó que algo o alguien común (incluso aparentemente “insignificante”) puede ser elevado a una “historia importante” de una manera tan original como insólita.
Tal vez uno de los mejores ejemplos de esta cualidad del trabajo de Singer se ve reflejada en el perfil de una familia de conserjes de edificios del East Side neoyorquino que, en aras de mantener su prestigio, desde el sótano hasta el piso superior sortean peligros, reparaciones, guerras sindicales, discordias vecinales. Ser conserje incluye casa gratis y tres o cuatro dolores de cabeza al día, infiere uno después de leer entretenida y bien estructurada historia de los cinco hermanos Brennan que, cómo no, crecieron en la portería de un edificio y ahí se originó su destino.
También es famoso (y magistral) su perfil sobre el mago, actor y escritor Ricky Jay, conocido por su destreza con los trucos de cartas y charlas sobre el escenario. Pero en los últimos años el nombre de Mark Singer estuvo asociado al de Donald Trump porque nadie como él logró revelar, a través de una aguda radiografía, el ser y el hacer del actual presidente de Estados Unidos.
“Trump a solas” es un retrato del empresario convertido en político en medio de una de sus crisis matrimoniales y de su resurrección tras la bancarrota, vendiendo su marca, sus edificios y, claro, vendiéndose a sí mismo. El texto, escrito en 1997 y que “revivió” en la campaña electoral de 2016 (aunque, ejem, ejem, al final no fue tomado en cuenta en las urnas), es profundamente desfavorable para Trump, pues lo presenta como un hombre vanidoso, jactancioso y muy poco fiable como deudor.
En 1996, Singer recibió la llamada de su jefa, Tina Brown, para encargarle el perfil de Trump. “Corría peligro de que, si no cumplía la misión, Tina metiera mis testículos en un frasco. Por eso me puse manos a la obra”, contaría después. El reportero se propuso “discernir a la persona del personaje”, situándolo en una esfera “poco seria”. Para ello, como es lógico, contó con el permiso para escuchar, mirar y hacer preguntas. Al finalizar su periplo por el “mundo Trump”, Mark Singer llegó a una conclusión: el dueño de varios rascacielos, “en el fondo, quiere ser Madonna”.
El perfil está publicado en español. Se llama El show de Trump (Debate) y sus páginas taladran hasta el fondo de un hombre que, como dice David Remnick en el prólogo, es “un producto local de Nueva York, como el olor de la plataforma del metro en la estación Times Square a mediados de agosto”.
Después de leer el perfil, Donald Trump se refirió al reportero: “cuando Mark Singer entró en mi oficina, sentí de inmediato que no era gran cosa, alguien sin rasgos memorables, con una leve expresión burlona y un resentimiento latente. Singer es un auténtico perdedor”. El autor agradeció estas palabras porque le ayudaron a vender muchos ejemplares.
Poco después de que Donald Trump llegara a la presidencia (en su primer mandato), Singer reflexionó acerca de por qué, a pesar de todos sus defectos y fechorías, el monstruo naranja ocupaba la Casa Blanca: “hay miles de votantes reales, con miedos reales y agravios largamente reprimidos que se apiñan en sus mítines. Gracias a su genio para poner en escena la falsa fraternidad, Trump sabe muy bien qué cuerdas tocar y cuándo”.
Todavía no lo he dicho, pero Mark Singer era un gran admirador (y discípulo indirecto) de Joseph Mitchel, el venerado perfilador de excéntricos neoyorquinos. Y otra cosa: cuando el escritor Jeff MacGregor elogió la prosa ingeniosa de las historias chispeantes de Singer, lo calificó como “un reportero magnífico, con un oído atento para el diálogo y una mirada de pintor para el detalle más relevante”.
AQ / MCB