I
Casi en línea recta, a sólo 350 metros de distancia (aproximadamente tres canchas de futbol a lo largo), se ubican el Museo Memoria y Tolerancia y el Franz Mayer. Los separa la Alameda Central de la Ciudad de México con todo y sus puestos ambulantes, personas en situación de calle y paseantes locales y extranjeros.
En el Museo Memoria y Tolerancia se presenta Juego limpio: La cancha que nos une. En el Museo Franz Mayer puede verse Futbol: Diseñando una pasión.
El Museo Memoria y Tolerancia está en Avenida Juárez, junto a las oficinas de la Secretaría de Relaciones Exteriores. El Museo Franz Mayer se ubica en Avenida Hidalgo, a un costado del templo de San Juan de Dios.
La numeración, tanto en Avenida Juárez como en Avenida Hidalgo, es algo arbitraria y puede ser un obstáculo en vez de guía. Resulta más útil decir que los dos recintos museográficos están a la altura del Hemiciclo a Juárez.
II
La exposición Juego limpio: La cancha que nos une, en el Museo Memoria y Tolerancia, recibe al visitante con un pasillo angosto, como túnel del tiempo, donde se escucha la voz grabada del destacado cronista deportivo Alberto Lati. Él describe en pocos minutos la historia de la pelota y los juegos que el ser humano ha practicado con ella desde el periodo neolítico, en África.
No lo dice Lati, pero en la confección de la pelota como objeto lúdico los animales se han llevado la peor parte. Los artesanos y la industria se valieron de vejigas y pieles de cerdos, reses y ciervos para satisfacer la demanda. En la antigua Australia se usó piel de zarigüeya y tendones de canguro para unir las partes de algo parecido a un balón.
En Mesoamérica se utilizó el caucho para llevar a cabo rituales a través del juego. Los materiales sintéticos llegaron con la supuesta modernidad y la consiguiente contaminación del medio ambiente.
III
Después de la docta clase de historia con Alberto Lati, se ingresa a una sala donde hay butacas de plástico que, según se dice en una ficha, en algún momento fueron parte del graderío del tres veces mundialista Estadio Azteca. Tales asientos lucen como nuevos y eso no ayuda a crear un ambiente realista.
En tal espacio puede uno sentarse a ver una pantalla gigante con escenas mundialistas, narradas por el “Perro” Enrique Bermúdez de la Serna. Ahí se ven jugadas versallescas, zambombazos, toques al rinconcito ¡papá!, disparos a donde las arañas tejen su nido. También tiritititos y jugadas salvadoras: ¡ufff, ufff y recontra uuufff!
En la exposición Futbol: Diseñando una pasión, del Museo Franz Mayer, también hay unas cuantas butacas del Estadio Azteca en las que no se vale sentarse, estas sí con un aspecto añejo que dispara la memoria involuntaria. Si uno estuvo en Santa Úrsula hace 40 años, es posible ver otra vez en la mente a Maradona driblando a medio equipo inglés para, finalmente, mandar el balón al fondo de las redes de la gloria.
IV
Tal como lo dice el título de la exposición en el Museo Franz Mayer, el diseño en los Mundiales es su eje central. Ahí pueden verse una buena variedad de carteles, boletos, publicaciones, posters y logotipos utilizados en las competiciones que se han llevado a cabo específicamente en América: Uruguay 1932, Brasil 1950, Chile 1962, México 1970, Argentina 1978 (primer cartel sin balón), México 1986, Estados Unidos 1994 y Estados Unidos, Canadá y México 2026.
También hay camisetas que han utilizado jugadores emblemáticos como Pelé, Garrincha, Neymar y Messi, así como un balón de cuero autografiado por nuestro Cinco Copas, La Tota Carbajal.
V
Como es lógico, en la exposición del Museo Memoria y Tolerancia se enfatiza el aspecto de la discriminación en el futbol por diversos motivos.
En una pantalla de buen tamaño se reproduce sin cesar el momento en que Luis Rubiales, entonces presidente de la Real Federación Española de Futbol, besó en la boca sin consentimiento a la jugadora Jenni Hermoso, integrante del equipo ibérico que en 2023 acababa de ganar la final de la Copa Mundial Femenina, contra Inglaterra. Eso sucedió en Australia, durante la ceremonia de premiación, en presencia de la reina Letizia y del presidente de la FIFA, Gianni Infantino (el mismo que luego le dio a Donald Trump un premio patito de la paz).
También se aborda “La imposibilidad de ser mujer y aficionada” al futbol en Irán, donde el acceso para ellas a los estadios está prohibida por el gobierno islámico, que sólo ocasionalmente flexibiliza su postura.
Se menciona que “en 2019 Sahar Kodayari se prendió fuego en protesta por ser remitida a las autoridades por entrar al estadio Azadi” de Teherán. También se recuerda que un grupo de mujeres celebró en las calles de Irán un triunfo de su selección sobre Estados Unidos, sin cubrirse la cabeza, durante el Mundial de Francia 1998.
VI
Lo siguiente no está en ninguna exposición mundialista sino en el día a día de los medios de comunicación.
El equipo de Irán viajó al continente americano para participar en el actual Mundial de futbol. En la primera fase le tocó jugar en Los Ángeles y Seattle. El gobierno de Estados Unidos negó la visa a varios miembros del cuerpo técnico y directivo, por lo cual se decidió que Tijuana fuera su campamento base durante el torneo, en vez de Tucson, Arizona.
Al llegar a Tijuana, los jugadores vestían trajes muy formales con un pin en la solapa que mostraba el número 168, en referencia a la cantidad de niñas fallecidas dentro de una escuela en Minab, al sur de Irán, durante un bombardeo efectuado por la coalición militar de Estados Unidos e Israel.
En Tijuana, los iraníes han entrenado en las instalaciones del equipo Xolos de la primera división de México, y en sus cortos traslados al hotel reciben muestras de afecto por parte de los habitantes de esa ciudad fronteriza.
El equipo de Irán viajó a Los Ángeles el domingo 15 de junio para su primer partido del Mundial 2026, contra Nueva Zelanda, que se celebró al día siguiente con arbitraje del mexicano César Arturo Ramos (nacido en Culiacán). El resultado fue un intenso empate a dos goles, abucheos durante el himno iraní, apoyo generalizado al equipo durante el juego y algunos pleitos entre facciones antes y después del mismo.
En esa ciudad californiana los jugadores ya habían sido recibidos con reclamos por parte de ciudadanos iraníes en el exilio, quienes ven al equipo de futbol de su país como parte de la propaganda del actual gobierno islámico. Algunos mostraban pancartas con la imagen del “príncipe” Reza Pahlavi, heredero del depuesto Sha de Irán, quien falleció en 1980 (quieren el regreso de la monarquía). Varios manifestantes también recordaron el asesinato de miles de opositores en Irán a finales de 2025 y principios de 2026.
VII
Afuera del Museo Memoria y Tolerancia, un niño de diez años pega estampas en su álbum Panini del Mundial 2026. Su abuelo se lució comprándole la versión en pasta dura que cuesta 350 pesos, más la caja con 100 sobres que traen en total 700 estampas, con valor de 2 mil 500 pesos. Llenarlo se ve aún como una tarea ardua: intercambio con los amiguitos del barrio y compañeros de la escuela, más muestras de apoyo del abuelo consentidor y un buen chorrito de suerte.
El chamaco se ve feliz. Por un momento pienso fusilarme a Fernando Pessoa, canjear los chocolates de su poema “Tabaquería” por estampas y decirle en voz alta: “¡Pega estampitas, muchacho! Mira que no hay metafísica en el mundo como pegar estampitas”. Nada más lo pienso.
AQ / MCB