La señora Otilia llegó un jueves con una bolsa de pan dulce y un muerto pegado a la espalda. Parecía una nube cargada de agua con forma de chico; cuando estaba vivo seguro había hecho ejercicio, pues tenía unos brazos bien torneados, como los de los chacales que hacen barras en el parque, todos mariguanos. De la cintura para abajo estaba deshilachado y tenía varios agujeros por los que se alcanzaba a ver el refrigerador de mi casa.
—Me escondió el monedero —dijo la señora Otilia, mientras mi mamá examinaba las conchas sobre la mesita de las consultas—. Y anoche me cambió los cuchillos de lugar. Encontré el de la carne entre mis calzones.
El muerto soltó una carcajada que ninguna de las dos escuchó. Haría cosa de un mes que la señora Otilia había pasado a recoger sus nueve veladoras “Amansa guapos” para conservar el amor de Baldomero, un señor casado que vendía refacciones de lavadoras. Mamá las prepara con miel, canela, frijoles rojos y unos chochitos de colores que me manda comprar en el mercado. Los chochitos son para endulzar el carácter de los hombres, aunque ese Baldomero necesitaba algo más fuerte, porque cada vez que su esposa lo descubría, dejaba a la señora Otilia hecha una piltrafa. Y había que darle el tónico “Levanta-muertos” y pasarle diario la ruda desde la cabeza hasta los pies o se ahogaba en su propio llanto. Ahora tenía unas ojeras que antes no le había visto y se volvía a cada rato para mirar a sus espaldas.
—Desde el entierro de Kevin Arcángel no tengo descanso —continuó la señora Otilia—. Siento que alguien me mira hasta cuando me baño. Y son miradas... cochinas.
—Que no son de su Baldomero —completó mi mamá.
—Bueno fuera. No, estoy segura de que todo empezó en el entierro de ese muchachito. Dios lo tenga en su gloria, aunque no hizo muchos méritos. Yo ni lo conocía y fui a su entierro porque me dio lástima. Éramos cuatro gatos.
El chico se acercó a la mesa y metió la nariz en la bolsa de pan. Tenía unos ojos grandes y el cabello cortado casi al ras. Cuando descubrió que lo estaba mirando, me sonrió.
—¿Tú ves algo, Paloma?
Negué con la cabeza. Había aprendido a no contarle todo. Mamá hizo a un lado los caracoles y mejor barajó el tarot, para asegurarse. La señora Otilia se persignó cuando apareció el Diablo, aunque era una de las cartas que más salían a los clientes en nuestra casa, especialmente los viernes de quincena.
—Sí hay un espíritu que no encuentra descanso.
—Pues que se acueste —dijo el muertito.
Me mordí el interior de la mejilla para no reírme. Mi mamá levantó los ojos.
—Paloma, ve por el sahumerio. Enciende el cirio de San Miguel Arcángel. Y trae también la ruda.
—¿Siempre hace tanto teatro tu jefa? —me preguntó.
Fue la primera vez que me habló. Sonaba un poco ronco, borroso. Parecido a las voces cuando uno habla por teléfono.
—Cállate —le dije en voz baja.
—¿Qué dijiste? —preguntó mi mamá.
—Que ya voy.
La obedecí. Cuando regresé con el cirio encendido, la señora Otilia se arrancaba los padrastros de los dedos. Mamá encendió el carbón del sahumerio y echó encima un puñado de copal. La señora Otilia cerró los ojos mientras el humo le envolvía la cabeza. El muchacho se tapó la nariz.
—Huele a llanta quemada.
—Es copal.
—Peor.
—Cállate, niña, claro que es copal, déjame concentrarme.
Mamá comenzó a pasarle la ruda por los hombros, el pecho y los brazos. Al llegar a la espalda, el chico dio un salto. Por un momento perdió consistencia de la cintura para abajo y entonces le descubrí unos puntos muy oscuros. La sonrisa se le borró de la cara.
—¡No haga eso, señora!
Mamá apretó los labios y siguió rezando. El chico retrocedió hasta quedar junto al refrigerador. De uno de los puntos negros salía una especie de hilacho gris que se deshacía antes de tocar el piso.
—¿Te duele? —le susurré.
—¿Qué cosa?
Señalé sus piernas con la mirada.
—Desde que me las dejaron así.
—Paloma, deja de murmurar y pásame el agua de veinte iglesias —ordenó mamá.
Mientras buscaba la botella, el chico volvió a acercarse.
—Tú eres la que anda entre las tumbas.
Me quedé mirándolo.
—¿Cómo sabes que...?
—Te he visto. Te sientas junto al ángel que tiene un perro de piedra.
Era una tumba vieja. Yo iba al panteón por encargo de mamá, que necesitaba tierra para ciertos trabajos. Siempre me tardo porque me gusta leer los nombres y las fechas, calcular cuántos años vivieron y tratar de imaginar qué les pasó o cómo será su vida de muertos. En la prepa no tenía amigas. Desde que una compañera encontró a mi mamá haciendo una limpia en un video de Facebook, todos me dicen La Vudú; ya toda la colonia Bienestar me llama así. Una vez me dejaron un sapo muerto dentro de la mochila.
—¿Y tú por qué me mirabas? —le pregunté en voz muy baja.
Se encogió de hombros. Mamá roció a la señora Otilia con agua de veinte iglesias. El muchacho volvió a estremecerse. Esta vez se sujetó del borde de la mesa, aunque sus dedos la atravesaron.
—¡Ya estuvo bueno! —gritó, y por un instante se volvió casi sólido, de pura rabia. La llama del sahumerio se levantó de golpe y alcanzó las hojas secas de ruda. Mamá retiró la mano justo a tiempo. La señora Otilia abrió los ojos y soltó un chillido.
—¡Ahí está! ¡Lo sentí!
Mamá apagó las hojas contra el piso y se quedó mirando el humo. Después observó a la señora Otilia con una expresión que yo conocía bien: la misma que ponía cuando un trabajo iba a salir más caro de lo previsto.
—Esto no se va a resolver con una limpia —dijo—. Se necesita algo más fuerte.
El muerto volvió a sonreír.
—Que vaya preparando la cartera.
Yo tuve que salir al patio para reírme.
La señora Otilia regresó el martes siguiente con un pollo colorado y dinero que mamá le había pedido para comprar los ingredientes de un baño de descarga. Kevin venía detrás, arrastrando las piernas.
—¿Todavía te duelen? —le pregunté, disimuladamente, mientras mamá preparaba la infusión y hacía los rezos.
—Más cuando hace frío.
La señora Otilia había dejado de dormir. Contó que por las noches alguien le abría los cajones y su gato daba zarpazos al aire. Kevin me confesó que le gustaba cambiar de lugar los retratos de Baldomero, por pura maldad. Mamá le ordenó a Otilia que se desnudara detrás del biombo y se echara el agua de la infusión desde el cuello hasta los pies. Después debía pasarse el pollo colorado por todo el cuerpo. Kevin se quedó conmigo en la cocina.
—La señora guisa bien rico —me aseguró—. Ayer hizo chiles rellenos. Pasé toda la tarde oliéndolos.
—¿No puedes comer?
Negó con la cabeza.
—Pero si me acerco mucho, todavía percibo el olor.
—¿Y por qué a ella la sigues?
—Fue la única que lloró en mi entierro.
Me contó que cuando vivía pasaba las tardes montado en su moto, vigilando una esquina. Tenía que avisar cuando aparecían patrullas o camionetas desconocidas. A veces se quedaba hasta la madrugada sin probar bocado. Ahora podía escuchar a Otilia cantar mientras cocinaba, oler sus guisos y chuparle la alegría, aunque ella le gritara que la dejara en paz.
—¿Y no prefieres irte a la luz? —le pregunté.
—¿Tú ya fuiste?
Le dije que no.
—Entonces no sabes si está chido.
Mamá me mandó a comprar palo santo. Al pasar por el Parque del Bienestar, lo vi quedarse inmóvil frente a los chacales de las barras.
—¿Los conoces?
Kevin no contestó. Se había vuelto casi transparente; me dijo que le dolían los puntos negros que tenía en el vientre. Se veían mejor: eran agujeros de bala. Me apuró para volver con la señora Otilia y chuparle un poco de vitalidad. Los chacales se quedaron quietos. Uno de los más grandes se frotó los brazos como si de pronto le hubiera dado frío. Kevin no volvió a hablarme aquella tarde.
La señora Otilia regresó dos días después, desesperada porque ahora estaba perdiendo el pelo. Mamá había encontrado una oración que le enseñó una mujer de Catemaco. Le pidió a Otilia que confiara en ella: había expulsado al mismísimo Goliat del cuerpo de un albañil y no iba a dejarse vencer por aquel espíritu. Esta vez Kevin empezó a desvanecerse apenas empezó el rezo. Primero desaparecieron sus brazos; después, la cabeza. Solo quedaron sus agujeros negros, suspendidos y chorreantes de humo gris.
—¡Mamá, ya! —grité.
Ella se volvió hacia mí.
—¿Qué estás viendo?
Antes de que pudiera contestarle, el sahumerio salió disparado contra la pared. Las brasas rodaron por el suelo y Kevin reapareció de golpe. Le dio un tirón de pelo a mi mamá que la hizo caer de rodillas. Del estante cayeron frascos de vidrio con tierra de panteón. La señora Otilia salió corriendo, sin pagar. Mamá se levantó furiosa. Yo no podía dejar de reír. Me ordenó recoger los vidrios mientras se limpiaba las rodillas. De los frascos se habían salido fotografías de señores con alfileres clavados en la cara. Me advirtió que no tocara nada con las manos, aunque fue lo primero que hice.
—Tú eres la otra voluntad que se interpone —dijo—. Por eso no se va este muerto a la luz.
No respondí. Me arrebató la escoba, me agarró de los cachetes mirándome a los ojos; creí que me echaría una maldición.
—Tantos años enseñándote a trabajar con las fuerzas del bien para que me salgas una bruja negra. ¡Una nigromante del diablo!
Me dieron ganas de preguntarle si las fuerzas del bien también admitían clavarle alfileres a los señores, pero preferí seguir recogiendo los vidrios. Ella sabía que yo veía al muerto. A lo mejor lo supo desde la primera visita de Otilia, aunque no quisiera reconocerlo. Ella podía sentir a los difuntos, pero nunca los había visto ni escuchado con tanta claridad como yo.
—Con los muertos no se juega, ¿qué no entiendes que se te pueden pegar? Mira a la pobre doña Otilia. Te drenan, Paloma. Se comen tu alma.
Me aseguró que del cuerpo de aquel muchacho habían sacado diecisiete balas; andaba metido con gente peligrosa y por algo lo habían dejado tirado junto a su motocicleta, desangrándose frente al Parque del Bienestar.
—Las balas le destrozaron las piernas, pero llegó vivo al hospital. Se murió días después. Imagínate el mal que carga, es casi un demonio.
Después me hizo prometer que no volvería a hablarle. No le prometí nada. Ella guardó los frascos que se habían salvado y sacó del armario una caja forrada de terciopelo. Dentro había una esfera de cristal que utilizaba para ciertos trabajos y que nunca me dejaba tocar. La sostuvo un momento contra la luz, examinando su interior.
—Mañana vas a ayudarme —dijo—. Y vas a hacer exactamente lo que yo te ordene.
Le pregunté si iba a cobrarle otra vez a la señora Otilia.
—Eso no es asunto tuyo.
Me daba mucha tristeza que Kevin se fuera. A lo mejor no todos quieren irse a la luz. Uno qué va a saber lo que hay ahí. Esa noche no dormí. Pensé en lo que Kevin me había dicho del frío, en el humo que le salía de los agujeros. Si de veras le dolía, a lo mejor quedarse era peor.
—Quítate de aquí, que tengo otra clienta y no he espantado las malas vibras. No me dejarán ver en el cristal.
Al día siguiente mamá trazó un círculo de fuego en el patio y me hizo entrar con la señora Otilia. Nos explicó que los espíritus se aferran a las personas que los necesitan. Kevin apareció detrás de Otilia, más deshilachado que nunca. Había quedado fuera del círculo. Trató de acercarse a ella, pero las llamas crecían cada vez que lo intentaba. Mamá me ordenó que lo mirara fijamente y repitiera sus palabras.
—Míralo bien —me susurró mamá—. ¿Tú crees que eso es vida? Lo estás haciendo sufrir por no dejarlo ir.
Obedecí, aunque me temblaban las piernas. Kevin comprendió lo que estaba haciendo. No se enojó ni hizo ninguna de sus gracias. Se quedó mirándome mientras el fuego le iba borrando los brazos, la cara y hasta los agujeros de las balas. Lo último que vi fueron sus ojos. La señora Otilia se desmayó y mamá tuvo que echarle agua de veinte iglesias para que volviera en sí.
Durante varios días fui al panteón con cualquier pretexto. Me sentaba junto al ángel del perro de piedra y esperaba que Kevin apareciera. Encontré su lápida, con el nombre mal escrito. Hice la cuenta como siempre, y me salió mi misma edad: quince.
La señora Otilia recuperó la alegría y el pelo dejó de caérsele. Hasta Baldomero volvió a visitarla, aunque eso tardó un poco. Mi mamá estaba encantada con el resultado y comenzó a cobrar más por sus trabajos de liberación espiritual. Una tarde, mientras atendía a una clienta, saqué la esfera de cristal de su caja y la llevé a mi cuarto. Había visto a mamá utilizarla tantas veces que sabía cómo limpiarla y qué palabras decir. Lo único que hice distinto fue pronunciar el nombre de Kevin Arcángel.
Al principio el cristal se empañó por dentro. Después apareció una mancha gris que fue tomando la forma de su cabeza, con el pelo casi al ras y aquellos ojos grandes que tanto me gustaban. Kevin parecía sorprendido de verme. No supe si estaba contento, pero cuando le pregunté cómo era la luz, volvió a sonreír. Desde entonces hablamos casi todas las noches. A veces me cuenta cosas de allá, aunque nunca quiere decirme dónde queda. Solo extraña los chiles rellenos, pero ya viene el 2 de noviembre.
AQ / MCB