Estaba pensando en el carácter individual de la firma, esa que hemos ido creando, siglo tras siglo, desde la huella de la mano pintada en la cueva, hasta el gesto rápido que estampamos siempre, en todas las hojas que lo requieren, como una especie de pequeña obra de arte personal, un yo de tinta que superó la equis y los sellos, un pequeño performance de la mano frente a la ceremonia importante o al trámite fastidioso. Pero de un tiempo a acá hemos ido o regresado, ya no lo sé, del trazo inimitable, del pulso absolutamente individual que estudia la ciencia de la grafología, a la huella detectivesca y —el colmo de la desconfianza— al frío retrato de las pupilas, en una especie de camino hacia lo microscópico e inmaterial. La firma que algún trabajo nos costó construir en la vida, ese dibujo de letras y líneas que un día trazamos pensando que nos debía representar siempre, al parecer sirve ya de muy poco frente a las cámaras y las contraseñas que exigen nuestra creatividad, más que nada para que las olvidemos después. Cada vez es más complicado demostrar que alguien es alguien, y eso que nadie puede saber bien a bien quién es.
Cuando los libros y el papel hayan desaparecido y en las presentaciones se acerquen los lectores con sus tabletas, sus celulares y sus lentes electrónicos a pedir a los escritores, además de la consabida foto, un autógrafo, ¿qué les podrán dar? Quizá un parpadeo afectuoso mirando a la cámara que en algo parecerá personal, quizá un mensaje de voz, pero no es lo mismo que el gesto de escribir algo y firmar de puño y letra. Estaba leyendo que, antes de establecerse la firma como aceptación de lo que decía un documento, en la época del imperio romano había una ceremonia que se llamaba el manufirmatio, donde el autor del escrito pasaba la mano abierta por encima de la página frente al escribano y los testigos, a manera de reconocimiento. Quizá, dado que el libro y sus dedicatorias tienen algo de fetiche eterno, los escritores podremos pasar la mano abierta por las tabletas de los lectores para dejarles una muestra de nuestro ADN en símbolo de agradecimiento por su amable lectura, o ya de plano dar una reliquia: una pestaña, un pedacito de uña, a la manera de las falanges, las rótulas y los dientes de los santos que se conservan en las iglesias, cuando no, en pleno arranque fáustico, un poquito de sangre.
Como en un poema de lord Byron que la artificial inteligencia me sugirió, llamado “En un álbum” (1809), los escritores diremos a los lectores probables que imaginen, como cuando se detienen al ver el nombre en una lápida, que bajo las letras de nuestro nombre en la página está sepultado nuestro corazón.
AQ / MCB