Es sabido que la poesía se lleva mal con el poder: Platón, él mismo un exquisito artista, propuso expulsar a los poetas de su ciudad ideal y regular estrictamente este arte para que únicamente trasmitiera mensajes edificantes y verdades oficiales. La agitada existencia y el destino póstumo de Ramón López Velarde son un ejemplo de esta relación ambivalente del poeta con el poder. En vida, la fortuna y el prestigio fueron esquivos con el escritor, quien murió pobre en una vecindad de la calle Jalisco de la ciudad de México. Lo salvó de un entierro de caridad la exultación que el presidente Álvaro Obregón mostró por “La suave patria”, el genial y ambiguo poema que López Velarde acababa de publicar en la revista “El maestro”, y que el sagaz estadista ya se saboreaba como el canto épico de la Revolución. No es fácil, sin embargo, sacralizar en el panteón civil a un poeta tan indócil y sorprendente como López Velarde y si su famoso poema le auguraba una posteridad de bronce, su calidad y carisma poéticos han ejercido una atracción incesante sobre las y los mejores poetas y críticos de las generaciones que le sucedieron. Desde Xavier Villaurrutia, Octavio Paz. Gabriel Zaid, José Emilio Pacheco, Marco Antonio Campos, Víctor Manuel Mendiola, Guillermo Sheridan, Guadalupe Appendini, Sofía Ramírez, hasta Ernesto Lumbreras, Fernando Fernández o Pablo Sol, por mencionar sólo unos cuantos, se han escrito muchas páginas reveladoras sobre este poeta fundador.
Gracias a esta insólitamente nutrida cauda de lectura crítica se ha evitado su anquilosamiento en el molde patriótico (de hecho, como ha sugerido Mendiola, “La suave patria” puede apreciarse, más que como un canto afirmativo al régimen, como una crítica al caudillismo y la violencia) y se han explorado las múltiples vertientes y reverberaciones de su obra. Por eso, hoy López Velarde sigue siendo una presencia viva y enigmática. Con justicia, desde la efeméride de su centenario, algunos de sus lectores llamaron la atención sobre la ruina del inmueble donde falleció y sobre la conveniencia de rescatarlo. Hace más de tres décadas se inauguró en ese sitio una casa orientada a preservar su obra, que se volvió un núcleo de divulgación y socialización de la poesía. Ahora se pretende cambiar su nombre (porque es un “genérico masculino”) y transformar radicalmente su vocación. Sospecho que a López Velarde, que mucho disfrutó de los ambientes nocturnos, no le hubiera escandalizado que su antigua morada se convirtiera en un cabaret (una noble expresión crítica a la que, paradójicamente, se quiere volver arte oficial). Con todo, esta intención constituye un despropósito, no por razones morales o de mal gusto, sino porque resulta un caso flagrante de tráfico de influencias y conflicto de intereses. En fin, de la misma manera inesperada en que López Velarde fue acogido en el parnaso cívico en 1921, ahora es expulsado, pues su figura y su poesía indomesticables ya no se adaptan a la demagogia y propaganda de estos tiempos.
AQ / MCB