‘¿Qué hace usted en un libro como este?’, de Rogelio Villarreal: un cronista claro y claridoso

Reseña

La nueva edición de ‘¿Qué hace usted en un libro como este?’, de Rogelio Villarreal, contiene nueve crónicas más que la edición de 2015 y su mirada crítica sobre nuestra realidad conserva plena vigencia.

Portada de ‘¿Qué hace usted en un libro como este?’, de Rogelio Villarreal. (Arlequín)
Juan Carlos Núñez Bustillos
Ciudad de México /
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Primera lectura

Tengo buena memoria para asuntos casi siempre inútiles. Puedo recordar la mesa que ocupé con alguien en un restaurante, un árbol en una carretera o el nombre científico de una planta.

En cambio, no retengo datos básicos que requiero para mi trabajo. Envidio a mis amigos que pueden citar de memoria autores y párrafos de libros. Yo, a veces, olvido el argumento de una novela que me apasionó y, en ocasiones, hasta el nombre. Lo que no suelo olvidar es dónde lo leí y qué me produjo.

El asunto de mi memoria viene a cuento porque cuando leí la nueva edición de ¿Qué hace usted en un libro como este? (Arlequín, 2025) reviví lo que experimenté la primera vez que lo leí. Comencé la lectura en un viaje que hice a Guanajuato y lo terminé de leer en el autobús en el que regresaba. Estaba enfermo y me sentía mal. Datos, como podrán apreciar, un poco raros para formar parte del elenco de mis recuerdos.

Lo que recuerdo con claridad es la sorpresa que me causó la valentía de Rogelio para hablar con tanta franqueza de su vida, de su familia y de lo que piensa. La lectura me produjo admiración por su capacidad para hilar, con h, es decir, para tejer con hilos de muy distinta naturaleza, relatos que abordan múltiples temas en un entramado compacto. También me cuestionó, pues la concepción de la crónica que yo había aprendido y, desde la cual escribía, era más rígida e incluía la prohibición de hablar en primera persona.

Para paliar en alguna medida mi cojera de memoria libresca utilizo unas “muletas de papel”. Son libretas en las que anoto algunos datos básicos, citas e impresiones sobre los libros que leo. Por eso les puedo decir con precisión que concluí la lectura del libro de Rogelio el 7 de febrero de 2016.

No acudí a la enorme libreta roja sino hasta terminar de leer por segunda vez el libro. Una vez concluido, me asomé para ver que había escrito entonces. Leo ahora: En sus crónicas ultrajantes Rogelio “recupera partes esenciales e íntimas de su vida personal, de su relación con su padre y con su madre de una manera muy clara y sin querer quedar bien. Valiente exposición de la propia experiencia”.

Más adelante añadí: “pero no es Rogelio el tema central, es la crónica. La vida cronicada y varias crónicas más, de viajes, de personas, de arte. Incluye también sus opiniones, casi siempre polémicas, en torno a diversos temas como el periodismo, el arte y la izquierda”.

También escribí: “Lo leí con asombro, preguntándome si no hace falta ser viejo para empezar a contar las historias personales, las memorias”.

Segunda lectura

Diez años y 200 días después exactamente terminé de leerlo por segunda vez. No es el mismo libro. Hay nueve crónicas más. Tampoco soy el mismo lector. Ya es un lugar común decir que cada relectura significa leer un libro nuevo. Yo no llego a tanto. Confirmé lo que compartí en la “primera lectura”. Hay párrafos que volví a subrayar, pero también marqué nuevas líneas.

El contexto también ha cambiado, la polarización se ha agudizado, la prensa tradicional enfrenta una severa crisis, prolifera la propaganda disfrazada de periodismo y tanto el poder político como el criminal acosan al periodismo que no se pliega. Abundan los nuevos moralistas.

Por ello resulta hoy todavía mucho más pertinente la crítica que Rogelio ya hacía entonces al periodismo militante de las buenas causas y a los cronistas que, cito, “conciben al periodismo como un oficio glamoroso y moralmente superior a casi cualquier otro”. Las advertencias que retoma de Granados Chapa y de Bastenier adquieren ahora una mayor relevancia.

“Ya es bastante tarea tratar de interpretar honradamente la realidad como para que los periodistas además tengan que asumir un sacerdocio social”, dice Bastenier, y Rogelio completa: “Un sacerdocio que, no obstante, asumen gustosos pues les reditúa prestigio y respetabilidad: son la encarnación pura del pueblo y sus causas”.

Frases que subrayé entonces y que ahora marqué doblemente. Ya vemos lo que ocurre con quienes se sienten la encarnación de los desvalidos.

Hace diez años parecía inimaginable pensar en una pandemia como la que sufrimos. Parecía que eso era cosa del pasado y que el desarrollo de la ciencia nos mantenía a salvo, pero nos llegó. Rogelio, cronista de tiempo completo, escribió sobre el tema, pero no sobre las grandes tragedias de los hospitales repletos y los cuerpos sepultados sin velorio. Narró aspectos de la vida cotidiana. De la que siendo única fue también la de muchos. La pandemia no es el personaje central, es el escenario.

No me refiero a escenario en el sentido de decoración, sino al sustento en el que se desarrollan la historia. Lo mismo ocurre con Dublín, Colotlán, Los Ángeles, Monterrey, Torreón o Guadalajara, La Habana o la FIL. No son el centro, pero tampoco son accesorios ni solamente paisajes.

Son crónicas corales en las que los personajes, vivos y muertos, aparecen en el momento preciso para aportar su presencia al conjunto. Hay periodistas, políticos, transexuales, artistas, conductores de autobús, meseros, muchos taxistas y hasta una señora que fue mujer de Pancho Villa.

Algo similar ocurre con las personas, los libros, las películas, la música y el propio Rogelio y su familia. Cada uno de estos elementos adquiere su debida relevancia, pero el protagonista de sus historias es, precisamente, el entretejido de esos trozos de muchas historias. Sus crónicas son como un mosaico con elementos incluso contrastantes que en el conjunto forman un mural en el que el aporte de cada pieza potencia al conjunto.

Baste un ejemplo tomado al azar. La crónica “Los días y los años tapatíos” tiene tres apartados: martes, miércoles y jueves. Solamente en el primero aparecen el ITESO, la abuela de una alumna, Guanajuato, un trastorno bipolar, Marcel Proust, Nina Companeez, un programa de televisión y la cuarentena. Todo en apenas poco más de una cuartilla y todo viene al caso. Porque la de tejedor de elementos disímbolos es una de las grandes cualidades de Villarreal.

Por eso en el siguiente apartado pueden aparecer juntos Bocaccio y Mike Laure, la película Operación Capricornio (1978) y el Chapo Guzmán.

Quienes tenemos la fortuna de ser amigos de Rogelio sabemos que ese es su estilo. En cualquier conversación trivial no tardan en aparecer referencias y recomendaciones de todo tipo, presentadas con generosidad y sin ninguna clase de arrogancia por el gran conversador. Esta pequeña libreta es otra de las muletas de papel que suelo cargar, procuro no olvidarla cuando me reuniré con él, porque seguramente podré anotar el nombre de alguna canción o de un autor o un libro desconocidos por mí.

Si sus primeras crónicas son de varias páginas, en las que incorpora a este nuevo libro hay algunas cortas. Me llamó la atención esta apuesta por la brevedad. Es el caso de “Tres historias de la vida real”, dos de ellas cuentan hechos complejos en tan solo un párrafo. La otra tiene apenas dos.

Rogelio es claro y claridoso. Así lo dije hace algunos años cuando me invitó a presentar El tamaño del ridículo. Lo podemos constatar también en este libro. En una época en que prevalece el lenguaje edulcorado, él escribe con precisión: homosexual, discapacitado, negro, indigente. Con ello demuestra que no es la palabra la que ofende sino lo que se hace con ella. Para probarlo basta leer, por ejemplo, “El hombre nuevo está aquí... y es mujer” o “El odio de mi vida”, en el que la defensa de un ladronzuelo le costó una ruptura amorosa.

A diferencia de varios de sus detractores, que operan desde el más cobarde anonimato, Rogelio dice con claridad lo que piensa. Lo publica y lo firma con su nombre. Lo defiende con argumentos y datos. Es parte de la elemental decencia que se ha perdido en los últimos años y de la que carecen cada vez más personas.

Pero no son los asuntos polémicos los que privan y en la diversidad de situaciones narradas tampoco falta el humor. En una crónica dice: “No recuerdo haber odiado a nadie durante la primaria ni la secundaria o en la prepa, si alguien no me agradaba, bastaba con no dirigirle la palabra. Vamos, ni siquiera fui capaz de odiar a Juan Pablo, un talentoso muchacho que se enamoró de mi novia, de mi hermana y de mí, en ese orden”.

Dice Eduardo Huchín en el prólogo que Rogelio “ha acumulado examigos con el mismo talento que otros escritores han tenido para tejer redes de contactos”. Hay algunos, sin duda, consecuencia de la honradez con que escribe, como dice el propio prologuista.

Sin embargo, quienes conocemos a Rogelio sabemos la importancia que tiene para él la amistad. Tiene muchas, muy diversas y las cultiva. Algunas aparecen en el libro. Y no exige, como requisito a la amistad, a diferencia de otros, unanimidad en el pensamiento. Al contrario, está convencido de que la discusión honesta afianza esos lazos. Por eso, más que acumular examigos, Rogelio acumula amigos.

Recupero un epígrafe que aparece en la página 186. Es una cita de Oscar Wilde que dice: “No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo”. Hay muchas cosas que Rogelio tiene que decir y sé que no puede dejar de hacerlo. Así que seguramente seguiremos disfrutando y aprendiendo de sus crónicas.

AQ / MCB

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