Algo sobre los libros horizontales: las posibilidades de un diseño rebelde

Husos y costumbres

Un libro horizontal puede parecer un intruso en el librero, pero también una pantalla, un álbum o un cuaderno abierto.

“Y aun así, los libros horizontales no desaparecen....” (Unsplash)
Ciudad de México /
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Para Amanda

Mi hermana menor hace libros y me pide que escriba sobre los libros horizontales, pero no sé qué puedo decir. En primer lugar, que es difícil acomodarlos en el librero sin que sobresalgan o sin tener que pararlos de manera antinatural, impidiendo que muestren el lomo que es lo que distingue a un libro en el librero; el lomo es, por decir, una insinuación seductora, su llamado y su carta de identidad. En cambio, un costado de apretadas páginas a la vista es desilusionante; parece un documento, mas no un libro.

Y aun así, los libros horizontales no desaparecen; cada tanto a alguien se le ocurre diseñar un libro horizontal, ya sea por razones estéticas, buscando originalidad o solo para fastidiar a quienes ordenan puntillosamente sus libreros, retándolos a lidiar con la falta de uniformidad, porque los libros verticales en el librero son de alguna manera como soldados y un libro horizontal parece un soldado vencido o, peor aún, uno que se ha tumbado a descansar con las piernas extendidas en el piso.

Los libros horizontales tienen algo de bandera, da la impresión de que sus hojas se pueden desprender más fácilmente al estar sujetas por el lado más corto y, en caso de mucho viento, ondear y escaparse con otro lector. Son, además, cinematográficos: sus páginas se pueden contemplar como en una especie de pantalla que extiende la mirada de lado a lado y obliga a girar el cuello como en los partidos de tenis; digamos que es un movimiento más digno que el de ir bajando la cabeza y la vista conforme se leen las líneas en un libro vertical, en caída libre hacia nuestro interior.

Los libros horizontales tienen algo de álbum y enseguida los imagina uno repletos de estampas, anotaciones y dibujos. Me recuerdan a los cuadernos escolares de forma italiana donde aprendí a escribir. Tenían el tamaño de media carta y un espacio limitado; supongo que pasar de esos cuadernos manejables, de amplias y dobles rayas, al cuaderno vertical de forma francesa que exigía escribir más podía dar un poco de vértigo.

No puedo buscar libros horizontales en mis libreros como quien busca al culpable de romper el orden y la uniformidad pues soy muy desordenada. Con algo de voluntad encuentro algunos: una vieja edición de Siglo XXI del Concierto barroco de Alejo Carpentier y uno de fotografías de las coladeras de París, un antiguo manual de mecanografía, una antología sobre cine y literatura de Ángel Miquel editada por la UNAM, que me da la razón respecto al símil de los libros horizontales y las pantallas. Son pocos mis libros horizontales; los demás se mantienen de pie con su llamado y las puertas abiertas, soldados del sueño.

AQ / MCB

  • Ana García Bergua
  • Autora de novela, cuento y crónica. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013 por La bomba de San José y Premio Nacional de Narrativa Colima 2016 por La tormenta hindú. Recientemente publicó Leer en los aviones y Waikikí, junto con Alfredo Núñez Lanz.

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