‘Sweet Acapulco’, de Brenda Ríos: un tosco chapoteadero

A fuego lento

En ‘Sweet Acapulco’, Brenda Ríos deja escapar la posibilidad de construir un retrato complejo de Acapulco: nunca termina de explorar el mundo que invoca.

Portada de ‘Sweet Acapulco’, de Brenda Ríos. (Debate)
Ciudad de México /
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El primer problema de Sweet Acapulco (Debate) es el término en inglés que exhibe el título. ¿Sweet? Remite al nombre de una cervecería enclavada en una zona infame de la Costera.

El segundo problema es el tono quejumbroso —un sello de identidad de nuestro tiempo— que se hace pasar por desapego del mundo y, en otras ocasiones, por un resentimiento espasmódico que vuelve al punto de partida: la queja. Aunque se presenta como una reunión de “Crónicas y divagaciones del último paraíso en la tierra”, se trata en realidad de un libro testimonial. Brenda Ríos no tiene más propósito que contarse a sí misma. Acapulco —el de la Colosio, el de las zonas populares, el de la vida a duras penas y las bandas de sicarios imberbes y extorsionadores— tiene un deslavado protagonismo.

Esta es mi historia, o parte de ella —hay lugar para sus padres, un tío, algunos parientes atraídos por el sueño americano—, dice Brenda Ríos sin decirlo. El orden temporal que sigue Sweet Acapulco, entre 2015 y 2023 —la visita del huracán Otis—, resulta engañoso pues somos llevados a la infancia, a las ya enmohecidas reuniones familiares, a la casa en Caleta, al encuentro con la Ciudad de México, el matrimonio, el divorcio… que sirven solo como detonadores de una variedad de opiniones (“Uno vive, uno paga la luz, el gas, el agua, la vivienda. Seres pagantes. Respiramos cuentas”; “Me considero una persona que lleva demasiado tiempo pensando en que el mundo es lento, animal y vengativo”, etcétera) sembradas a cuento de cualquier cosa.

El tercer problema es que Brenda Ríos no tiene temperamento de cronista. Carece de arrojo —dónde alguna inmersión en las colonias “invisibles”—, de curiosidad —dónde el ingreso a los campos de golf o a los reductos privilegiados de la zona Diamante—, de estilo —“Los primeros años de la autora los pasa en Acapulco”, “las montañas de basura son épicas” (el subrayado es mío por consideración a los géneros literarios).

Sweet Acapulco ilustra muy bien un fenómeno generalizado en la nueva narrativa mexicana: la celebración de las buenas intenciones y, porque con ellas es suficiente, de las dotes limitadas. El mar prometido no es sino un tosco chapoteadero.

Sweet Acapulco

Brenda Ríos | Debate | México, 2026

AQ / MCB

  • Roberto Pliego
  • (1961) Cursó Letras Hispánicas en la UNAM. Fue subdirector de la revista Nexos. Autor de La estrella de Jorge Campos y 101 preguntas para ser culto, es editor de Laberinto.

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