Tazas: recuerdos de objetos y personas rotas

Husos y costumbres

Las tazas acompañan la vida como testigos de rutinas, afectos y obsesiones, cuyo significado se nos revela, cual lectura de hojas del té, mediante el simbolismo y la memoria.

“Por más que se laven, estas tazas confidentes guardan un regusto a lágrimas”. (Imagen: Pvproductions | Unsplash)
Ciudad de México /

Seguido lo invitaban a congresos, encuentros y ferias del libro para dar conferencias. Regresaba siempre cargado de recuerdos con el diseño del lugar: una bolsa de tela, algunos libros, una pluma, a veces dulces o un cuaderno, pero siempre una taza que nunca se animaba a desechar. Así su currículum terminó depositado en una alacena.

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Tantas dietas, tantos ejercicios con el afán de adelgazar y todo para verlo disfrutar su café casi con cachondería en aquella taza gorda e inmensa, asentada junto a los periódicos como una reina burlona.

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Uno elige su taza preferida por alguna razón, en ocasiones sentimental. A veces, por más que se laven, estas tazas confidentes guardan un regusto a lágrimas.

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Tenía tanta ansiedad porque le leyeran el futuro en los posos del café, que en un sueño terminó aprisionado por la muralla alta y circular a la que se acercaban unos labios gigantes.

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Las tazas se van juntando en la alacena, casi siempre como recuerdos, y terminan formando una curiosa vajilla vital. Sus despostilladuras corresponden a nuestras heridas.

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Sólo cuando se derrama es que la taza ha dado su brazo a torcer.

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La forma industrial de las tazas de oficina tiene un poco de crueldad: recta y sin adornos como si usara uniforme, nos recuerda entre sorbo y sorbo nuestro deber.

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La taza del baño, de verdad qué ironía; el que la inventó andaba de mala leche esa mañana.

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Las tacitas de té chinas que conservamos durante mucho tiempo; nos inspiraba tal respeto su delicadeza que al final nunca bebimos en ellas. Si lo hubiéramos hecho, en su tintineo habríamos escuchado un canto lejano.

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De oreja a oreja y sin que nadie lo sepa, en el centro de la mesa las tazas se van comunicando los chismes y los secretos de los comensales.

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Terminada la reunión abruptamente por un pleito, todos se fueron a sus casas pisando pedazos de tazas rotas.

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Aquella taza estaba convencida de que al beber la besaban, por eso el café en ella sabía más dulce.

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En las hojas del té al fondo de la taza pudo distinguir su propio rostro asomado al consultarlas.

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Jarritos de Tlaquepaque, hay gente así de susceptible. Y en lugar de vestirse parecen envolverse como para una mudanza.

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Antes que verse rota y reparada, aquella taza decidió suicidarse otra vez.

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Tazas puestas boca abajo en el fregadero para secarse, como cabezas de ganado manso y dormido.

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Quizá las tazas tienen envidia de las copas que se sacan en momentos especiales, no como ellas, que nos siguen por las habitaciones como perritos falderos y a veces hasta parece que nos ruegan que terminemos el café y no las dejemos abandonadas por ahí.

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Las tazas rencorosas suspiran porque las llenen de veneno.

AQ / MCB

  • Ana García Bergua
  • Autora de novela, cuento y crónica. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013 por La bomba de San José y Premio Nacional de Narrativa Colima 2016 por La tormenta hindú. Recientemente publicó Leer en los aviones y Waikikí, junto con Alfredo Núñez Lanz.

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