Un desfile de naturalistas: de Durero a David Attenborough

Bichos y parientes

La exploración de la naturaleza pasó de ilustraciones y grabados científicos al cine y la alta definición. Se construyó una tradición donde arte, ciencia y observación convergen para narrar animales, paisajes y descubrimientos.

David Attenborough, divulgador naturalista británico. (Netflix)
Julio Hubard
Ciudad de México /

Nos sigue extrañando que algunos conocimientos de Aristóteles se perdieran durante veinte siglos. Él supo que los delfines eran mamíferos, que los pulpos cambian de color como mecanismo activo de camuflaje y describió con notable precisión la embriología de los huevos de pollo. Pero no dibujó nada.

Plinio el Viejo tampoco dibujaba y, aunque menos riguroso que Aristóteles, fue durante dieciocho siglos la principal fuente descriptiva de la naturaleza. La Edad Media vivió una larga y metódica perplejidad: contaba con palabras, pero no con imágenes fieles. Nos quedan las miniaturas medievales con elefantes cuyos colmillos salen de la mandíbula inferior, caracoles con casco, ballenas dentadas del tamaño de carabelas y centenares de criaturas imposibles o mitológicas. Solo tenían descripciones escritas; sin ver, imaginaban. Y las imprecisiones perduran. La confusión entre guepardo, leopardo y onza llegó hasta el siglo XX.T. S. Eliot , retomando a Dante, que escribió lonza, tradujo “leopardo”: “Lady, three white leopards sat under a juniper-tree”.

Las palabras solas engendran fantasía más que conocimiento. No hay ciencias naturales sin imágenes precisas: forma, color, tamaño, contexto, comportamiento. Solo hasta el Renacimiento fue posible representar al animal mismo, no la idea del animal. Antes, todo era cosa del pintor Orbaneja que, “si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: ‘Este es gallo’, porque no pensasen que era zorra” (Quijote, II, 71).

Hubo milagros aislados como Durero, pero el triunfo colectivo llegó con Conrad Gesner, quien publicó entre 1551 y 1558 su Historia Animalium, profusamente ilustrada con más de mil xilografías. Gesner dibujaba bien, pero contrató y reunió artistas y dibujos de toda Europa. Por primera vez, la descripción y la imagen trabajaron juntas como una pinza: la obra científica fue al mismo tiempo literatura y arte.

A partir de ahí, el camino se acelera. John Ray introdujo la clasificación por afinidades naturales. Maria Sibylla Merian viajó a Surinam y pintó los ciclos completos de metamorfosis de insectos y plantas. Carl Linnaeus perfeccionó el sistema binomial. Gilbert White, con su Historia Natural de Selborne (1789), convirtió la observación paciente y local en un arte literario.

Llegó la era de las grandes expediciones: Joseph Banks con Cook, Louis-Antoine de Bougainville en la primera circunnavegación científica francesa (que trajo la buganvilia y visiones del paraíso del Pacífico), Alexander von Humboldt, Darwin y Wallace. Todos ellos se hicieron entender gracias a la proliferación de imágenes precisas.

El siglo XIX dio las ilustraciones más bellas de la historia (salvo por Durero, que no será igualado): John James Audubon con sus aves a tamaño real. El mismo Darwin llamó “Homero de los insectos” a Jean-Henri Fabre, por sus Souvenirs entomologiques, con las formidables ilustraciones de E. J. Detmold.

La fotografía dejó en el pasado a los artistas ilustradores. Curiosamente, con la imagen captada, no creada, y con un vocabulario más técnico y preciso, la calidad literaria disminuye, sobre todo en la estrategia de las descripciones. Con excepciones, como Konrad Lorenz, fundador de la etología moderna.

Luego vino el cine y el video. Con el aqualung y las cámaras submarinas, Jacques Cousteau abrió el mundo silencioso de los océanos. Y regresó la literatura, pero en otro género: el guion.

El salto final fue técnico: de la ilustración a la fotografía, al video. Y esto cierra la historia de aquellos que se llamaron Naturalistas y que evolucionaron en un nuevo género, artístico, científico y literario: los documentalistas.

Y quiero que todo este desfile admirable sirva como homenaje a uno de mis héroes, que acaba de cumplir cien años: Sir David Attenborough.

Él heredó la tradición y la transformó. Impulsó la televisión en color en la BBC, fue pionero en el uso de drones, cámaras subacuáticas de alta sensibilidad y filmación 4K, y combinó una paciencia legendaria con un respeto absoluto por los animales. Y con todo ello, nos entregó su voz: normal, cálida, íntima, inolvidable. Una voz que convierte cada documental en una conversación cercana y que nos sigue recordando, episodio tras episodio, que el mundo todavía puede descubrirse por primera vez.

Del pergamino a la pantalla en alta definición, del dibujo al dron. Millones de personas en todo el mundo debemos a David Attenborough la realidad de ver lo que antes solo podíamos imaginar.

AQ / MCB​

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