• Xavier Velasco: “Me gusta lo truculento, el exceso, el conflicto”

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Con ‘Mala espina’, Xavier Velasco cumple un deseo largamente acariciado: armar un thriller policial sin respetar las convenciones del género, guiado solo por el placer de contar una historia.

Ciudad de México /

La novelista Margaret Atwood suele contar que, cuando era veinteañera y su escritura aún estaba en ciernes, una poeta consagrada le dijo: “Si quieres ser escritora, tienes que conducir un camión”. Es decir que, para narrar el mundo, era preciso aprender a sortearlo con la pericia de quien maneja un vehículo de diez toneladas a cien kilómetros por hora.

Desconozco si Xavier Velasco sabe de esta anécdota, pero cuando converso con él sobre su novela más reciente, Mala espina, sospecho que este escritor mexicano llegó —a su manera— a un razonamiento similar: la escritura exige mundología.

Cronista del tugurio, Velasco no tiene empacho en admitir que fue un junior en sus años adolescentes. Solo eso explica que, a los 16 años, tuviera agallas para recorrer los ejes viales de la Ciudad de México a bordo de un coche cuya palanca de velocidades había sido sustituida por un fémur humano; un hueso auténtico que había encontrado años atrás en el Panteón de Dolores. Ya desde entonces era un asiduo flâneur de los camposantos. “Para mí los panteones son lugares muy interesantes”, explica el narrador. “No me dan miedo en lo absoluto. Me dan mucha paz”. Por eso no sorprende que, una y otra vez, aparezcan en su literatura. Mala espina (Alfaguara, 2025) no es la excepción.

La escena inaugural de la novela es sanguinolenta y fulminante: un hombre cae desde un séptimo piso ante los ojos horrorizados de las alumnas del Colegio Reina Margarita. Enfrente está El Águila Fovissste, una de las cuantiosas obras del escultor mexicano Sebastián, a quien Velasco —por decirlo con recato— no le profesa gran afecto artístico. “Mi esposa y yo nos burlábamos de la escultura cada vez que pasábamos por ahí”, cuenta. “Desde entonces me quedó claro que este muerto tenía que caer a los pies de esa escultura, porque, paradójicamente, el tipo no puede volar y termina hecho… pomada”.

El muerto es Iván Mauricio Dupont, un defenestrado heredero que dilapidó su fortuna antes de convertirse en el chamán Juan de la Luna. ¿Qué —o quién— provocó su muerte? ¿Acaso un feligrés inconforme con su destino eligió la justicia por mano propia? ¿O quizá los demonios consumieron la capacidad de Dupont para sobreponerse a los sofocos de la vida terrenal? Todo indica que se trató de esto último, excepto por un detalle: “Nadie se suicida con los pies atados”.

Nuestro Virgilio en esta historia se llama Dunia Montoro, analista de inteligencia devenida en detective involuntaria. Más experta en patrones de datos que en pesquisas, termina involucrada en la investigación del caso por dos razones: su irrenunciable intuición profesional y su vínculo con Dupont. Dunia es, para su mala fortuna, la exesposa del occiso.

Portada de ‘Mala espina’, de Xavier Velasco. (Alfaguara)

Velasco define Mala espina como “la aventura psicológica de una mujer a la que le ha ido mal” y que debe averiguar “no quién mató al muerto, sino quién la trabó a ella”. En otras palabras, para entender en qué momento su vida se descarriló, se pregunta: “Maldita sea, ¿con quién dormí tantos años? ¿Quién era ese fulano? Es como si tuviera que escribir su autobiografía. Tiene que despertar a todos sus monstruos. No puede hacer otra cosa que darles la cara y pelear contra ellos. Dicen que para hacer huir a un demonio necesitas llamarle por su nombre. Solo así se espanta y se va. Dunia todavía no sabe cuáles son los nombres de sus demonios, pero va a descubrirlos”.

Hay una frase de Raymond Chandler que podría describir a nuestra protagonista: “Los tipos duros somos irremisiblemente tiernos de corazón”. Le pregunto a Velasco si esta mujer, racionalista a ultranza que aborrece cualquier guiño al mundo chamánico, no es acaso una dura que necesita serlo para sobrevivir. “Por supuesto”, responde. “Su principal tarea en el libro es endurecerse, porque al principio ese es su complejo. Se dice: ‘Soy una blanda, se ríen de mí y no me respetan… No me respeto a mí misma’. Pero para adquirir esa dureza tiene que someterse a un tratamiento extremo”.

Ese tratamiento es, en realidad, una travesía “hacia adentro de sí misma”, explica Velasco. “Implica mirarse en el espejo, ver las cosas como son. Eso supone una fuerte batalla contra uno misma, porque no puedes ahondar en ti y tratar de saber quién eres sin tener una serie de conflictos internos y pelearte contigo mismo incontables veces”.

Lo que más intriga a Velasco es la contradicción flagrante de su personaje. Mujer de sensatez desmesurada, Dunia se entrega al placebo del pensamiento mágico cuando va al panteón a exigirle respuestas a la tumba de su ex. “Se transgrede a sí misma”, apunta Velasco. “Pero, ¿a cuántos no nos pasa eso? Negamos ser supersticiosos y luego nos contradecimos. Yo tengo rituales de los que no me enorgullezco. Por ejemplo, no me considero una persona supersticiosa, pero no soporto que me den un salero en la mano”.

Cuando le sugiero que las supersticiones que negamos suelen ser las más poderosas, Xavier se permite media sonrisa y revira: “Si no fueran importantes, no las negaríamos”.

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En el transcurso de su investigación, Dunia confronta los mecanismos de encubrimiento que sostienen a cualquier clan, porque “el crimen siempre lanza los reflectores sobre todo lo que lo rodea y acaba alumbrando mucho más de lo que originalmente tenía que alumbrar”. Nuestra narradora nos informa, entonces, que su vínculo con el crimen viene de antaño. Sobre ella pesa una culpa añeja de vergüenza y lealtad hacia su padre, un “barbaján que se las arregla para ser simpático” y que logra, gracias a ello, triunfar en el hampa como un falsificador de dinero a quien apodaban “Zaragoza”, en alusión al héroe de la batalla de Puebla cuyo rostro aparecía en los billetes de 500 pesos. “Dentro de la familia se admite cualquier cantidad de excesos mientras se conserve la cohesión”, reflexiona Velasco. “Las familias se la pasan justificando cosas injustificables, porque la otra opción sería perder a los seres queridos o decepcionarse de ellos. No es casual que la palabra familia pueda contener entera a la palabra mafia”.

Le sugiero a Xavier que, no obstante la muerte y la corrupción que atraviesan la novela, hay un humor perenne que alivia la tensión. “El humor de los policías y el humor de los forenses es muy distinto al humor que maneja la mayoría, porque es un humor defensivo”, apunta. “Es gente que se ha tenido que enfrentar a la muerte en sus manifestaciones más espantosas. Para poder enfrentar eso tienen que estar contando chistes, porque no es un chiste celebratorio, sino defensivo. El chiste te hace entender la naturaleza de las cosas y te da el pequeño descanso, el consuelo, de reírte tantito de lo que de por sí es espantoso. Algún día un jefe de policía me dijo: ‘Yo aquí en la corporación descubrí una risa que no conocía’ ”.

La propia Dunia es emisaria de ese humor vitriólico. Padece una rara condición que le provoca carcajadas en momentos inoportunos (y vaya que la novela está repleta de ellos). “Dunia trae un montón de guardaditos adentro”, dice Velasco. “Hay una parte de ti que ya no avanza, porque el trauma le pone una pausa a tu desarrollo, se queda ahí como un estate quieto. Por eso Dunia tiene una tendencia a la risa compulsiva, una risa perfectamente confundible con el llanto. Es una risa-llanto. Y evidentemente es una de las cosas que tiene que arreglar”.

Xavier se confiesa propenso al humor negro. Gracias a ello delineó con agudeza a algunos de los personajes de esta historia: Rigoberto Rovira, un policía “con un humor bastante curioso y sardónico”, y a Ramón Perdomo, El Mochomo, un médico forense cuyo principal pasatiempo es contar chistes en la morgue.

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Velasco tenía 13 años cuando leyó por primera vez a Agatha Christie. De ahí saltó a Chandler, a Dashiell Hammett, Ibargüengoitia, Rafael Bernal y Andreu Martín, entre otros. Todas ellas, figuras tutelares de la novela negra, un género que a Velasco se le había resistido durante años. Por eso me intriga saber cómo, siendo parroquiano del noir, lidió con las rigideces del género. Su respuesta no admite réplicas: “Las convenciones que no me acomodaban, las ignoré”.

El escritor no se arrodilla ante los cánones de la novela policial. Insiste en que Mala espina no pretende ajustarse a ningún molde: “No estoy haciendo novela de género, estoy contando una historia. Y si me dicen que mi libro no se ajusta a las convenciones, me siento honrado por ese comentario. He leído mucha pulp fiction, que es la novela negra más corriente que existe, pero también la más intensa. A los autores de este subgénero no les importa escribir quince veces la palabra ‘dijo’ en la misma página. Yo no puedo permitirme eso. En Mala espina, aunque tal vez el género no me lo aconseje, por momentos me sofistico, me fijo más en la forma o me pongo a jugar con las palabras, porque así es como me gusta escribir”.

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Si Dunia es el corazón de esta novela, la Ciudad de México es su torrente sanguíneo. Velasco nos muestra una capital de barrios dispares y mundos superpuestos donde convergen policías, chamanes, estafadores y millonarios expulsados del paraíso capitalista. “La Ciudad de México”, comenta, “es naturalmente cábula, llena de mundos que no se parecen entre sí… Aquí tienes corrupción, humor, peligro, riqueza, miseria… todo revuelto”.

Durante la confección de Mala espina, Velasco se mudó al sur de Tlalpan, cerca de uno de los escenarios de la novela (“Sentí que no era casual que mi esposa y yo viniéramos a dar aquí”, reconoce, apelando a sus no confesadas supersticiones).

Desde su recámara, en la segunda planta de su casa, se puede contemplar el contaminado escándalo de la Ciudad de México. Los lugares de Mala espina son reconocibles para cualquier coterráneo de Velasco. Esta argamasa de “podredumbre, hipocresía, asombro y amor por la transa” le resulta inagotable. “Me da material para no terminar nunca”, dice con gratitud de cronista.

Le pregunto, antes de terminar la entrevista, si para un escritor haber nacido en esta ciudad es una bendición o una condena.

“En la ficción tienes que cuidar la verosimilitud. Pero uno sale a caminar por las calles de la Ciudad de México y encuentra circunstancias que explican el sentido del ‘México mágico’. Tantas cosas que en la ficción serían completamente inverosímiles, aquí son moneda corriente. Todo es creíble en nuestra ciudad. Para mí, haber nacido, crecido y vivido en la Ciudad de México es, profesionalmente, un regalo. De por sí porque me gusta lo truculento, me gusta el exceso, me gusta el conflicto. Luego entonces… debo ser chilango. No hay de otra”.

AQ / MCB

  • Ángel Soto
  • Periodista cultural y escritor. Sus textos, fotografías y poemas han aparecido en la Revista de la Universidad de México, Langosta Literaria, Punto de partida, Algarabía Niños, Picnic y Yaconic. Es creador del podcast y newsletter "Tinta y voz".

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