En la ciudad pecaminosa de Mahagonny, el dinero es Dios, el placer es ley y la moral, un chiste cruel. Kurt Weill y Bertolt Brecht golpearán al público con su ópera corrosiva: melodías jazzísticas que seducen y letras que escupen verdades incómodas sobre la codicia humana.
Bajo la batuta precisa de Srba Dinić, cada nota resonará como un latigazo. Y con Marcelo Lombardero al mando, el escenario explotará en imágenes impactantes: decadencia glamorosa, excesos que marean y un final que nos dejará pensando.
No es ópera convencional, Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny es un puñetazo al alma, un festín para los sentidos. La obra fundamental del repertorio lírico-dramático del siglo XX es un manifiesto artístico y político.
En conferencia de prensa para anunciar la temporada de este montaje, cuyo costo de producción oscila entre 300 mil y 500 mil dólares, el director escénico Marcelo Lombardero precisó: “Es mucho más que una ópera, es en realidad la lucha artística, ideológica y estética entre dos grandes artistas del siglo pasado: Bertolt Brecht, el gran renovador del teatro, y Kurt Weill, un camaleón musical”.
También director de la Compañía Nacional de Ópera (CNO), Lombardero ofreció un relato histórico que resuena con apabullante vigencia en nuestros días. Recreó la escena de 1927, en Berlín, donde Brecht y Weill, el dramaturgo revolucionario y el compositor pupilo de Busoni, chocaron en una alianza explosiva. “Busoni, aterrado por su colaboración en La ópera de los tres centavos, le espetó a Weill: ‘Usted, que podría ser el Mahler futuro, ¿se conforma con ser el Verdi de los pobres?’ Esa frase fue como un dardo marcó su destino”.
Esa alianza entre Brecht y Weill, produjo obras fundamentales, como Mahagonny, escrita hace casi un siglo, pero con una vigencia apabullante, explicó el director, subrayando que la obra trasciende el tiempo para interrogar al alma del capitalismo.
Esta producción con funciones el 22, 24, 26 y 29 de marzo no es un capricho aislado, precisó el director de la CNO, “nació de una colaboración latinoamericana entre el Teatro Municipal de Santiago de Chile (donde se estrenó en 2016), el Teatro Colón de Buenos Aires (2017) y el Teatro Mayor de Bogotá (2018)”.
Rescatada ahora para México, la ópera cuenta con un elenco excepcional dirigido por el maestro Srba Dinić, con 80 por ciento de artistas locales. “Estamos hablando de que el elenco es mexicano, es de la casa”, enfatizó el director concertador.
Los pilares
Mahagonny no es ópera convencional, es un híbrido que surge de poemas de Brecht convertidos en la obra de cámara Mahagonny-Songs, estrenada en Baden-Baden con escándalo por su frontal ataque al capitalismo. “Weill compone con materiales como tango, foxtrot, jazz, blues, equivalentes modernos a bachata, hip-hop o reggaetón. El material musical con el que compuso esta obra era la música que en ese momento era considerada más baja, era la música que escuchaban las clases trabajadoras y las clases bajas”, detalló Lombardero.
Así, cantantes, orquesta y director deben habitar, “de una manera un poco anfibia”, en dos mundos: el erudito y el popular.
“Teatralmente, es la batalla entre Brecht, quien detestaba la ópera como espectáculo burgués. Él buscaba el efecto de distanciamiento, la ópera ya lo provoca al cantar en vez de hablar, rompiendo el realismo. Cuando nosotros vamos a escuchar un espectáculo operístico entramos en un espacio de realidad en principio porque la gente no habla, canta, ese efecto de distanciamiento es lo que le interesaba de la ópera”, dijo el director de escena.
Esta ópera tiene vigencia en tiempos de crisis, va del individualismo al reality show virtual. La obra grita la crisis del sistema capitalista, aun con esperanza en 1927. Hoy, en un México de péndulos políticos y discursos que no son solidarios, resuena como profecía.
El protagonista del montaje proclama las nuevas leyes de Mahagonny: “Si quieres dinero y ves a alguien con dinero, tómalo, estás en tu derecho; si ves una casa y te gusta, entra en ella y recibe a la mujer; si el techo se cae, vete, estás en tu derecho, si hay alguien pateado, ese eres tú. Es el evangelio individualista. Todo lo que hagas está permitido, salvo no pagar tus deudas. Ese es el peor pecado que un hombre moderno puede cometer”.
La puesta actual amplifica esta denuncia como un gran show televisivo, con elementos tecnológicos que cuestionan la realidad en tiempos de IA, redes y Medio Oriente.
Brecht, “el antiwagneriano más acérrimo”, creía en el teatro transformador, aunque el director matizó: “Creo que no tenemos ese poder, lo que podemos hacer es subrayar, mostrar, hacer pensar”. Hay anécdotas de las puestas en escena de Sudamérica que lo confirman: el grito ‘¡viva Perón!’ en el Teatro Colón.
Mahagonny no promete revoluciones, pero obliga a mirarlas. Esta joya latinoamericana aterriza en Bellas Artes como orgullo nacional y espejo incómodo en México.
El director musical regresa al Palacio de Bellas Artes a hacer esta temporada, asegurando que lo invade la emoción porque siempre es bien recibido: “Para mí siempre ha sido un lugar muy particular”.
El montaje dividido en tres actos recuerda que tres criminales astutos, Leokadja Begbick, Fatty y Trinity Moses, erigen Mahagonny en el desierto como un edén de placeres paganos.
hc