• ‘Chávez vs. Chávez’: la pelea que catapultó su gloria y pavimentó su caída

  • La pelea contra ‘Macho’ Camacho en Las Vegas llevó a Julio César Chávez a la cima y le dio acceso al poder político, económico y criminal de la década. La caída vendría después.
Salma Abo Harp, , Meño Larios y Patricia Salinas
Ciudad de México /
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DOMINGA.– Los boxeadores esperan agotados cada uno en su esquina luego del último round en el Thomas & Mack Center de Las Vegas. Es la noche del 12 de septiembre de 1992. Héctor Macho Camacho luce preocupado pero pronto recupera el ánimo y le devuelve a la prensa una sonrisa burlona para mostrar que su excentricidad boricua sigue ahí. Julio César Chávez, en cambio, resopla y traga agua mientras las casi 20 mil personas reunidas corean “¡México!, ¡México!”. Dos naciones compiten en el ring.

Julio César Chávez y Héctor “Macho” Camacho se enfrentaron ante casi 20 mil espectadores en Las Vegas | Fototeca MILENIO

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La esperanza de Puerto Rico es el estrafalario Camacho, retador número dos del Consejo Mundial de Boxeo, con récord de 41 victorias y una derrota. Tan convencidos se sienten los boricuas, que se pasaron aquella semana en Las Vegas gritando: It’s Macho time!. Del lado mexicano está Chávez, entonces tricampeón mundial en categorías distintas. Su récord es la racha de victorias invicta más larga: 81-0. Es el mejor boxeador libra por libra.

El ring es un apretujadero. Los boxeadores se pierden entre la multitud de entrenadores, fotógrafos y hombres de esmoquin. Don King, el creador del box como espectáculo, se adelanta a los resultados y alza el brazo del mexicano. Jimmy Lennon Jr. toma el micrófono y comienza a hablar. Las palabras del rubio anunciador se distorsionan con la reverberación del recinto, hasta que en un español roto anuncia a Julio César como “el gran campeón mexicano y campeón mundial”. Chávez ganó la pelea y en Las Vegas la emoción se desborda a las calles y casinos.

En México, sin embargo, el júbilo viaja con retraso porque para ver la pelea en vivo había que suscribirse al Pay Per View (Pago por evento). Hasta que se retransmite por televisión abierta y todo el país verifica que Chávez venció al osado y extraño enemigo, las multitudes nacionales toman el Ángel de la Independencia.

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​Esta es una de las escenas que forman parte de la serie documental Chávez vs Chávez dirigida por Diego Enrique Osorno, co-producida por Detective y estrenada en ViX el pasado 11 de septiembre. El mes de septiembre no es fortuito. Hoy no se entienden los festejos patrios sin una buena pelea de box. Son tan esenciales como los bigotes postizos, las banderas gigantes y los platos de pozole. Chávez y su pleito contra Camacho fueron los detonadores de esa tradición.

Como parte de nuestra inmersión documental, quienes escribimos este texto conformamos un cuarto de investigación para perfilar la vida, obra, drama, luces y claroscuros del boxeador sinaloense, nacido en Sonora. A lo largo de cinco meses, nos dedicamos a hacerle esquina a Osorno para dilucidar los modos y usos del box y establecer la cronología de peleas que libró el afamado boxeador, tanto arriba como abajo del ring, desde que se vuelve campeón mundial en 1984.

En ese ejercicio de entendimiento, hicimos más de 50 entrevistas y navegamos a través de 150 cintas de programas deportivos, noticiosos y hasta de espectáculos de la década de los ochentas, noventas y principios de los 2000, en los que Julio César Chávez hacía historia y rompía récords mundiales. Vimos más de 300 horas de videorecuerdos.

La victoria de Chávez tardó en llegar a México, donde la pelea se había visto por pago por evento | Fototeca MILENIO


Si algo aprendimos con estos meses de investigación es que la biografía de Chávez no es sólo suya, sino que es de un país; observamos que en esa línea de vida el sábado 12 de septiembre de 1992 es crucial porque es un punto de quiebre. Cuando se enfrenta al Macho Camacho, alcanza la cumbre y luego con una mala decisión comienza una caída en espiral provocada por un vacío interior incomprensible, en medio del máximo estruendo de su fama.

Quizás lo más trascendente de la pelea entre Chávez y Camacho ocurrió fuera del ring. Eran días que evidenciaron un cambio profundo para México, por la forma en que el poder económico, político y criminal buscó cooptar a los héroes populares. En este caso, hacerse de un cachito del gran campeón mexicano.

El PPV llegó a México con la pelea de Julio César Chávez


En 2026 nos parece normal pagar todo. Normalizamos que ver algo sin comerciales es más caro, que ciertos partidos o torneos deportivos requieren suscripción, o incluso que en programas ajenos al deporte, como los reality shows, haga falta pagar por verlo “completo” o en vivo. Pagamos con gusto por lo que antes era gratis en la televisión porque sí… ya hasta en las audiencias hay niveles.

Floyd Patterson e Ingemar Johansson protagonizaron en 1960 una de las primeras peleas transmitidas bajo el sistema moderno de PPV | AP


Pero hasta 1950 los dueños de las televisoras gringas inventan el sistema de contratación de pago por evento –PPV, por sus siglas en inglés– y nace hermanado al box: la pelea entre Floyd Patterson e Ingemar Johansson de 1960 fue la primera que se transmitió bajo el estándar moderno de contratación a través de la compañía de cable TelePrompter que alcanzó los 25 mil suscriptores. Años después, la figura que llevó el PPV a su esplendor fue el rey del box, Muhammad Ali, que en 1975, en su pelea contra Joe Frazier, logró 500 mil compras de PPV para HBO.

En nuestro país fue hasta 1992 que se introduce el concepto PPV, en la cartelera de Chávez y Macho Camacho, bautizada por Don King como “Ultimate Glory”. El periodista Eduardo Camarena estuvo en la reunión en que se planeó implementar el PPV en México. Cuenta que en esa junta, los directivos de Cablevisión les preguntaron cuántos decodificadores debían comprar. En ese momento la compañía tenía unos 300 mil suscriptores, así que el periodista sugirió comprar 30 mil, un diez por ciento del total porque “Chávez es un buen negocio y jala mucha gente”. Los directivos desconfiaron del optimismo del periodista y sólo compraron 6 mil aparatos. Se acabaron en un sólo día y provocaron unas filas y molestias enormes en todas las sucursales de la compañía.

De acuerdo con la prensa de la época el costo de contratación para una casa era de 300 mil pesos que equivalen, con la inflación ajustada, a unos 2 mil 500 pesos de 2026. Es decir, no era barato.

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En el caso de bares y restaurantes el costo de contratación estaba vinculado al aforo de cada sitio. Camarena relata que muchos negocios hacían trampa y citaban a los instaladores en lugares más pequeños para pagar menos. Luego movían el decodificador de lugar y cobraban cantidades exorbitantes por ver la pelea, lo que trajo más quejas hacia la compañía de cable. Al final, Cablevisión dejó como experimento el PPV y mejor abrió la señal a sus suscriptores 11 días antes de la pelea.

En Estados Unidos, el PPV de Chávez y Camacho rompe récords de audiencia. The New York Times reportó a través de dos empresas consultoras que tuvo entre 740 mil y 800 mil suscriptores para el encuentro, que pagaron entre 35 y 40 dólares cada uno. José Sulaiman, presidente entonces del Consejo Mundial de Boxeo, comenta a la prensa unos días después de la pelea que esos resultados en el PPV confirmaban que “Julio César Chávez es el Mohammed Alí latinoamericano”.

Aunque lo dicho por Sulaimán puede sonar exagerado, la cifra que alcanzaron Chávez y Camacho es alta incluso para nuestros días, pues el combate aún se ubica en el top 50 de eventos con más suscriptores a un servicio por PPV de toda la historia.

El PPV de Chávez y Camacho todavía figura entre los 50 eventos con más suscriptores en la historia del sistema | Cortesía


Aquella pelea cambió el box como negocio en México porque fue en ella que los empresarios descubrieron que podían hacer que este deporte siguiera siendo tradicional y aspiracional para las clases más bajas, y al mismo tiempo, cobrar por verlo y hacer de lo popular algo elitista. Todo a través de la creación de rituales en las audiencias en torno al box: como ver a un mexicano ganar durante la semana de los festejos por la independencia, pagando una buena tarifa de pago por evento.

La fiesta en Culiacán de Julio César Chávez con Francisco Arellano Félix


En cuanto Chávez gana la pelea contra Camacho se vuelve el mexicano más deseado
. No sólo los fans toman las calles para declararle su amor; los criminales más buscados y los políticos más poderosos querían estar un momento cerca de él. En la serie Chávez vs Chávez, Julio César recuerda que sus festejos por la victoria –por la que acordó con Don King una bolsa de 5 millones de dólares– se extendieron desde su suite en Las Vegas hasta Sinaloa, y en esa enfiestada toma una decisión fatídica al calor de la euforia: darse el primer “pericazo” de su vida.

Por ahí de la tercera noche de juerga en Culiacán, acepta acompañar a su compadre, Francisco Arellano Félix, a un rancho cercano porque lo querían conocer y saludar unos amigos que “juntaban unos mil años de cárcel” por sus operaciones fuera de la ley. Días después de la borrachera en la que estuvieron Amado Carrillo, Ismael Zambada, El Azul Esparragoza, Joaquín El Chapo Guzmán, Arturo Beltrán Leyva y los Arellano Félix, las celebraciones de Julio César son interrumpidas por una llamada del Secretario de la Defensa, para avisarle que había soldados rodeando su mansión y “tenía” que acompañarlos, por órdenes del presidente Salinas.

La historia de Chávez también refleja el reacomodo político y social que vivió México en aquella década | Fototeca MILENIO


Todavía “enfiestado” lo suben a un avión del Estado Mayor, le ponen traje y corbata y lo vuelan a la Ciudad de México. “Me recibieron como el Papa”, refiere el boxeador porque a su llegada a la capital lo esperaba una limusina y una multitud que lo acompañaba con vítores y aplausos en todo su recorrido hasta Los Pinos. Ahí, su amigo el presidente Carlos Salinas de Gortari lo esperaba para felicitarlo y tomarse la foto con el campeón mundial invicto. El superhombre y orgullo nacional.

La relación entre Carlos Salinas de Gortari y Julio César Chávez no surge tras la victoria contra Macho Camacho. En realidad se remonta a la campaña presidencial de 1988, cuando el equipo del candidato le recomienda buscar el apoyo del boxeador en Culiacán. Además, el propio expresidente cuenta que su madre siempre había sido muy fan del box y tenían en el radar las proezas de Julio César.

Hay incluso una leyenda urbana a propósito del fanatismo por el box de la madre de Salinas que es recogida por el periodista Armando Zenteno en el libro Grandezas y miserias de Julio César Chávez. Zenteno relata que la madre del presidente le pidió a su hijo conocer a Julio César y que cuando lo vio le preguntó: “¿Para cuántos rounds le gusta este argentino Alberto Cortés, Julio?”. Según Zenteno, la señora le insistió que debía ganar la pelea en tres rounds, por knock-out. Chávez se limitó a decir que todas las peleas tenían sus dificultades.

La presencia de Francisco Arellano Félix en el Azteca volvió a mostrar los vínculos que rodeaban al campeón | AP


El 16 de diciembre de 1989 ocurre el enfrentamiento y Julio César Chávez gana por knock-out técnico en el tercer asalto. Zenteno señala que Julio César pudo ganar esa pelea en el segundo round pero “dejó vivir” a Cortés otros tres minutos más para darle gusto a la madre del presidente Salinas. Evidentemente la historia es difícil de verificar, pero pone de manifiesto la fascinación del hombre más poderoso del país por el ídolo del pueblo mexicano, al que todos querían ver y abrazar.

Lo que sí podemos constatar es que ese primer encuentro entre Salinas de Gortari y Chávez durante la campaña en Culiacán, consignado en la serie, deriva en una relación de beneficio para ambos en el corto plazo, y a la larga, en una amistad que perdura. Salinas, una vez electo presidente, se esfuerza para proyectar la imagen de un México global, moderno y ganador de cara al Tratado de Libre Comercio de América del Norte. En esa estrategia fueron clave ciertos momentos, como el de Juan Gabriel en Bellas Artes, la coronación de Lupita Jones en el certamen de Miss Universo y, por supuesto, el encumbrar a Julio César Chávez como un ídolo nacional.

Aunque parecía que la victoria de Chávez contra Camacho era el clímax de la celebración nacional, el salinismo planeó cómo llevar ese momento de popularidad al siguiente nivel. La respuesta se haría clara en 1993 en la pelea de Chávez contra Greg Haugen, en un Estadio Azteca abarrotado con 136 mil espectadores. Un nuevo récord Guiness de asistencia a peleas de box. No sólo era la puesta en escena de un ídolo siendo celebrado por “su pueblo”, sino el montaje de un deseo: el de un México de primer mundo noqueando incluso a los gringos y haciendo negocios multimillonarios.

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La sombra del narco también aparece apoyando al campeón en el espectáculo del Azteca: Francisco Arellano Félix camina cerca de la esquina de Chávez desde el camerino al ring, con su bandita roja en la frente y lentes oscuros para disimular. Semanas después, el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo en el aeropuerto de Guadalajara pone en la mira del gobierno a Francisco Arellano Félix, sus hermanos y a varios de los amigos con los que Chávez había celebrado derrotar al Macho Camacho. “Todos se pelearon y yo quedé en medio de esa guerra”, confiesa Chávez, mientras reflexiona y repasa su vida frente a cámara.

A tres décadas de distancia, la infiltración social y la narcoviolencia que explotaron tras la coronación de Chávez como ídolo siguen muy presentes en la realidad nacional.

Ernesto Zedillo persiguió a Julio César Chávez


La pelea de 1992 en Las Vegas dejó de manifiesto que algo en México había cambiado: “El pueblo” necesitaba una motivación para aceptar el régimen presente y por eso el poder político busca en los héroes populares una fuente de legitimidad.

Chávez recuerda aquellos años como una época en la que terminó atrapado en una guerra que no era suya | Fototeca MILENIO


Esa práctica persiste hasta la fecha. No hace mucho, partidos como el PVEM recurrían a celebridades para promover –incluso violando la ley– el voto hacia ellos. Del otro lado, el poder criminal encontró en las celebridades un posible camino para compensar el estigma sobre el origen de su fortuna. Tener cerca a celebridades, deportistas, músicos, como ocurrió con Chávez, era un intento de enviar un mensaje de que no eran tan malos, pues gente del “pueblo” estaba de su lado.

Se crea así una oportunidad de negocio inmejorable. La cercanía del poder a las celebridades genera más deseo en la sociedad por estar cerca de sus ídolos. ¿Quién media la relación entre ellos y sus fans? Los empresarios que televisan los espectáculos, que organizan conciertos y peleas, que se benefician y hasta abusan de quienes ponen, como Chávez, el cuerpo y hasta la salud mental en cada batalla.

Ese sistema que usa a los ídolos como fuente de legitimidad y dinero nació en nuestro país con Julio César Chávez y específicamente con la pelea contra el Macho Camacho. Sin embargo, vale la pena preguntarse ¿por qué?

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¿Fue Chávez el primer ídolo moderno que matizó la falta de legitimidad del poder o fue la pieza que le urgía a un régimen que ya estaba echado a perder? ¿Se sabía el campeón utilizado por el poder o lo descubrió hasta que el presidente Zedillo le quitó los beneficios y lo persiguió por presunta evasión fiscal y, en el fondo, por su cercanía con el expresidente Salinas?

Esas preguntas exceden el retrato del boxeador porque en el reacomodo interno que vive Julio César a partir de la pelea de 1992 –que implica tocar fondo para desde ahí encontrar un propósito de vida– hay un correlato con el país. Durante la convulsa década de los noventa, todas las certezas de la nación se resquebrajaron: la del partido único, la de los monopolios y la de la paz nacional recargada en la voluntad presidencial.

La historia de Chávez también refleja el reacomodo político y social que vivió México en aquella década | Fototeca MILENIO

Casi 25 años después Chávez es otro. Logró recomponer sus fracturas personales, coexiste con las glorias y penitencias de su pasado y por lo mismo es inmune a ser utilizado: seguirá siendo ídolo sin importar quién pose a su lado en la foto. Sin embargo, el sistema que se creó a su alrededor, que se aprovechó de él y lo hizo sufrir para hacerse de legitimidad y no cambió ni se debilitó. Sigue ahí sacando provecho de las estrellas en ascenso y los ídolos del mañana.


GSC / MMM


  • Luis Mendoza Ovando
  • Periodista de investigación en la productora Detective y columnista en el periódico El Norte. Cuenta con una maestría en Periodismo de Investigación en Políticas Públicas por el CIDE.

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