M+.- Cristina pasa días enteros recorriendo carreteras al volante de su tráiler; Mónica atiende emergencias y apaga incendios porque es bombera especializada; y Teresa, desde hace siete años, está privada de la libertad por el delito de homicidio.
Tres mujeres con historias diferentes y poco convencionales, pero con algo en común: son mamás. MILENIO las entrevistó y presenta sus testimonios.
En Guanajuato, la realidad de miles de madres trabajadoras también se refleja en las cifras. Actualmente, dos de cada cinco personas ocupadas en Guanajuato son mujeres, lo que representa el 40 por ciento de la fuerza laboral en la entidad, reporta la Secretaría de Economía del Estado.
Desde hace dos años y medio, Cristina Ortiz Lobato, de 42 años, decidió darle un cambio a su profesión. Antes manejaba unidades de transporte de personal y de viajes. Hoy conduce un tractocamión de carga y es la única mujer entre todos sus compañeros en una flotilla de 93 operadores.
Antes de arrancar el motor de su pesada unidad y comenzar un nuevo viaje, revisa que todo esté bien con su unidad; luego se encomienda a Dios y se despide de sus cuatro hijos. Ella es madre soltera.
Después vienen las horas al volante, los caminos interminables, las noches en carretera y la incertidumbre que acompaña a quienes recorren algunos de los tramos más peligrosos del país.
“Los trayectos más riesgosos son Salamanca, Celaya, el Arco Norte y San Martín. Muchos compañeros tratan de irse en caravana para hacerse compañía entre ellos”, relata, ya que es una realidad que vive desde que labora en el transporte de carga.
Ella es originaria de Veracruz y desde hace 12 años radica en León.
“Sé que en casa me esperan mis hijos”
Cristina encontró en el transporte de carga una oportunidad para sostener económicamente a su familia y construir un mejor futuro. Con voz entrecortada, dice que ya le tocó trabajar un 10 de mayo lejos de casa, y eso es lo que realmente le dolió porque no pudo estar en el festival escolar de su hija menor.
“Eso sí pega un poquito más”, reconoce.
Aun así, continúa subiéndose al tractocamión y recorriendo carreteras porque, asegura, detrás de cada kilómetro está el objetivo más importante: sacar adelante a sus hijos.
“Mi gusto por manejar fue lo que me llevó a iniciar como operadora, pero también la necesidad de darle una mejor calidad de vida a mis hijos”, explica.
Durante años se dedicó al hogar. Hoy sus hijos tienen 24, 18, 17 y 12 años. Sin embargo, las necesidades económicas la llevaron a buscar trabajo y decidió entrar a un sector históricamente dominado por hombres.
Primero manejó urbanos y transporte de personal; después llegaron los autobuses y finalmente el tractocamión. Dice que lo más complicado al inicio fueron las maniobras y aprender a mover una unidad de grandes dimensiones.
“Todo cuesta al principio, pero la práctica ayuda mucho. Yo creo que lo más difícil son las maniobras y perder el miedo”, comenta.
Y asegura que el miedo nunca desaparece del todo cuando se trata de carretera, ya que cada salida implica un riesgo constante, no solo por la delincuencia, sino también por los accidentes que suelen registrarse en las rutas.
“Yo creo que ahora ya es complicado tanto para hombres como para mujeres. La inseguridad ya no respeta a nadie”, comenta.
Dice que pensar en sus hijos la obliga a manejar con mayor responsabilidad: “Sé que en casa me esperan mis hijos y eso me hace ser más consciente; uno sale, pero no sabe si va a regresar”.
Aunque afortunadamente no ha sido víctima de algún hecho delictivo, sí ha visto accidentes que la han marcado durante sus trayectos.
Antes de manejar su tráiler, deja lista la organización de su casa
Sus jornadas no tienen horarios definidos; existe un día de salida, pero no uno de regreso. Hay ocasiones en que pasa hasta ocho o 15 días fuera de casa, dependiendo de las rutas y cargas asignadas.
Mientras ella trabaja, sus hijos mayores se encargan de apoyarse entre ellos y cuidar a la menor. Cristina asegura que gran parte de su tranquilidad proviene de la red familiar que ha construido junto con ellos y su mamá.
“Mis hijos son independientes. Yo trato de dejarles todo listo antes de salir: comida, dinero o lo que puedan necesitar. Ellos se organizan entre sí y eso me ayuda muchísimo”, explica.
La comunicación diaria es indispensable. A través de llamadas y mensajes se mantiene pendiente de sus hijos, especialmente cuando alguno se enferma o surge algún problema en casa.
“Lo más difícil son las ausencias. Cuando uno está lejos y pasa algo, sientes impotencia porque no puedes estar ahí para resolverlo”, admite.
Su hija menor, Dalila Nefertari, de 11 años, reconoce que extraña a su mamá cuando se va de viaje, sobre todo cuando no puede acudir a festivales o eventos escolares.
“Sí la extraño porque soy muy apegada a ella, pero mientras ella esté bien y esté cumpliendo sus sueños, yo estoy feliz”, cuenta su hija.
Cristina dice que esa admiración de sus hijos es precisamente lo que la impulsa a continuar.
“Ellos me dicen que se sienten orgullosos de mí y eso me da mucha fuerza”, afirma.
Además del aspecto económico, Cristina disfruta la posibilidad de conocer distintos estados del país. Puebla, Chiapas, Estado de México, Mérida y Cancún son algunos de los lugares que ha recorrido gracias a su trabajo y que quizá no hubiera logrado conocer estando en casa.
Ahora, con el Día de las Madres cerca, no sabe si podrá pasar la fecha junto a sus hijos. Todo dependerá de si tiene viaje asignado o algún día de descanso.
Día de las Madres en prisión
Desde 2019, cada 10 de mayo, Teresita de Jesús lo vive dentro del Centro de Prevención y Reinserción Social de León, lejos de sus hijos, de los abrazos y de las celebraciones familiares.
La última vez que abrazó a sus hijos tenían 13 y 9 años, y el pequeño apenas año y medio; el Día de las Madres solo recibe una videollamada.
Pero esta fecha le duele todavía más porque hace cuatro años, mientras cumplía su condena, uno de sus hijos se quitó la vida.
Recuerda que un día antes habían hablado por teléfono. Él le prometió que iría a visitarla el domingo. Ella todavía recuerda esas últimas palabras y la sensación de vacío que vino después.
“Me dijo: ‘Mamita, ya voy a ir el domingo a verte’. Yo le dije: ‘Sí, hijo, aquí te espero’. Pero ya no alcanzó. Cuando me avisaron yo sentí que me moría. Yo me quería morir también. No entendía por qué había tomado esa decisión si yo lo amaba muchísimo, aunque estuviera aquí encerrada”, relata mientras aprieta las manos y baja la mirada con los ojos llorosos.
Teresita tiene 36 años y cumple una sentencia por homicidio. Ingresó al penal el 13 de septiembre de 2019, después de una vida marcada por las drogas, las malas decisiones y la sensación constante de estar perdida.
Cuenta que comenzó a sumergirse en el mundo de las adicciones desde los 15 años, primero por curiosidad y luego por necesidad emocional.
“Yo era drogadicta desde los 15 años. Empecé por quedar bien con los amigos, por probar, por sentirme parte de algo. Me iba de pinta y sentía que ya era grande. Después fui mamá muy chica, a los 16 años. Cuando tuve a mi primer hijo dejé las drogas un tiempo, pero cuando me separé de mi esposo me volví a meter de lleno porque me sentía muy sola”, recuerda.
Luego, admite que comenzó a juntarse con las personas equivocadas.
Privada de la libertad, estudia, trabaja y planea un futuro
“Yo dejaba a mis hijos con mi mamá; la verdad fue un error muy grande. En ese momento uno piensa que todo está bien o que después puede arreglar las cosas, pero no es así. Todo acto tiene una consecuencia y yo terminé aquí”, dice.
Sin embargo, asegura que la mujer que ingresó al Centro de Prevención y Reinserción Social (Ceprereso) hace casi siete años ya no es la misma que hoy estudia, trabaja y planea un futuro distinto.
“Aquí aprendí cosas que afuera no. Antes no tenía metas, no pensaba en mí ni en mi familia, vivía al día. Aquí descubrí que sí puedo hacer cosas buenas y que todavía puedo ser un ejemplo para mis hijos”, comenta.
Recuerda que, al mes de haber ingresado al penal, le dieron la oportunidad de entrar al taller de manualidades; entonces no sabía coser, moldear figuras ni trabajar con listones. Poco a poco aprendió a hacer rosas de organza, figuras de pasta francesa, muñecas y decoraciones que hoy se venden en distintas ferias del estado.
“Yo no sabía hacer nada. Aquí aprendí manualidades, costura, corte de cabello, literatura, teatro y muchas cosas más; hasta aprendí a contar cuentos. Antes me daba mucha pena participar en algo, ahora hasta salí en una obra de teatro. Descubrí capacidades que ni yo sabía que tenía”, cuenta con una sonrisa tímida.
“Yo no me puedo dejar caer porque soy mamá y papá”
Gracias al trabajo que realiza puede apoyar económicamente a sus hijos desde prisión. Recuerda que al inicio podía enviarles apenas 500 pesos; ahora, cuando las ventas mejoran, manda hasta 2 mil pesos que pueden usar para comida, útiles, ropa o algunos gustos.
“Yo no me puedo dejar caer porque soy mamá y papá para ellos. Hay días en los que me siento mal o cansada, pero digo: ‘No, me tengo que levantar porque mis hijos me necesitan’. Todo lo que hago aquí es pensando en ellos”, afirma.
Comenta que su hijo menor, de nombre Matías, vive con un tío, quien se ha convertido en una figura fundamental para él, por lo que ha aprendido de disciplina, respeto y responsabilidad.
“Mi niño es muy comprensivo. A veces me dice: ‘No te preocupes, mamita, si hoy no tienes dinero está bien’. Él sabe perfectamente que estoy aquí, pero nunca me ha dejado de ver como su mamá. Este año lo van a becar porque tiene puros 9 y 10 y eso me llena de orgullo”, dice emocionada.
Su rostro cambia cuando relata que su hijo mayor, Esteban, atravesó también momentos difíciles tras la muerte de su hermano y cayó en las drogas siendo adolescente. Desde prisión, Teresita pidió apoyo para anexarlo y logró que aprendiera barbería.
“Con lo que gano aquí le compré sus máquinas para cortar cabello. Yo siempre le digo que estudie, que no siga mis pasos, que no se junte con malas amistades porque todo eso tiene consecuencias. A veces los hijos aprenden más viendo nuestros errores que escuchando consejos”, reconoce.
En prisión estudió la secundaria y ahora cursa la preparatoria
En el penal, Teresita de Jesús terminó la secundaria y actualmente cursa la preparatoria. Su meta es estudiar Psicología cuando recupere la libertad. La idea nació después de perder a su hijo.
“Quiero ayudar a prevenir el suicidio porque sé lo que se siente perder a alguien así. También quiero ayudar a otras personas y aprender a orientar mejor a mis hijos. Antes no pensaba en el futuro, ahora sí tengo metas y quiero salir adelante”, asegura.
Sobre la muerte de su hijo, admite que sigue siendo la herida más profunda que carga. Como si fuera ayer, recuerda el día que la llevaron a despedirse de él.
“Sentía que se me doblaban las piernas. Cuando lo vi parecía dormido, con su cabello bien peinadito. Lloré muchísimo, le di su bendición y le dije a mi mamá que no se sintiera culpable. Yo me quería quedar ahí, pero entendí que todavía tenía otros hijos por quienes luchar”, relata.
Cada primero de junio, fecha del aniversario de la muerte de su hijo, se permite llorar y recordarlo.
“Es el único día que me permito deprimirme. Le rezo, le lloro y se lo dedico a él. Pero después me vuelvo a levantar porque todavía tengo por quién vivir”, reitera, porque le sobreviven dos hijos.
Este 10 de mayo volverá a pasar el Día de las Madres dentro del Ceprereso de León. No habrá abrazos ni comida familiar, pero sí una videollamada con sus hijos.
Para ella, eso ya significa mucho.
“Les quiero decir que aunque yo esté aquí, siempre voy a estar para ellos; son mi motor para seguir adelante. Si no fuera por mis hijos, no sé qué sería de mí”, afirma Teresita, la mujer que aprendió a reconstruirse como madre detrás de las rejas.
Entre sirenas y abrazos: Mónica divide sus días como madre y bombera
Mientras la ciudad duerme, Mónica Martínez permanece alerta. Un incendio, un choque o una llamada de auxilio pueden romper el silencio de la madrugada en cualquier momento.
Con el uniforme puesto, casco y botas listas, pasa 24 horas completas dentro de la estación de Bomberos de León, preparada para salir corriendo hacia cualquier emergencia. Pero detrás de esa imagen firme y disciplinada, hay otra labor que también consume energía, emociones y corazón: ser mamá.
A sus 34 años, Mónica combina dos responsabilidades que demandan el cien por ciento de ella: es bombera especialista desde hace casi siete años y madre de una pequeña de dos años.
Su vida se divide entre guardias extenuantes, incendios y rescates, y los momentos en casa donde cambia las sirenas por juguetes, abrazos y juegos infantiles.
“Es más complicado. Obviamente, los hijos demandan mucho y el trabajo aquí también es físico y mental, entonces sí es una gran labor llegar aquí y luego seguir en casa”, cuenta mientras permanece en la estación Apolo, donde realiza guardias junto a otros compañeros.
Mónica trabaja jornadas de 24 horas continuas. En ese tiempo no solo atiende incendios; también participa en rescates, servicios prehospitalarios, entrenamientos físicos y capacitaciones constantes.
Las horas dentro de la estación son impredecibles. Hay días muy tranquilos y, en segundos, se activa una emergencia, lo que implica una salida urgente.
“Son 24 horas estando al pendiente para cualquier emergencia. Tenemos prácticas, academia, condición física y debemos estar preparados para una situación pesada”, explica.
Ser madre me hizo más sensible en emergencias donde hay niños
Cuando termina su turno, comienza otra jornada igual de demandante: la maternidad. Su esposo, de nombre Francisco, quien también es bombero y trabaja en el mismo turno, es una coincidencia que terminó ayudando a la dinámica familiar. Mientras ambos están en servicio, los suegros de Mónica cuidan a su hija.
“Mis suegros son quienes me apoyan con mi niña durante el turno. Ya cuando salimos, tenemos 48 horas para dedicarnos completamente a ella”, relata.
La red familiar se volvió indispensable para que ambos puedan continuar en un oficio donde el riesgo y la disciplina forman parte de la rutina diaria. Para Mónica, ese respaldo es fundamental.
“Es muy importante porque gracias a eso puedo estar aquí trabajando tranquila, sabiendo que mi hija está bien cuidada”, señala.
Las emergencias también cambiaron después de convertirse en madre. Dice que ahora es más sensible y consciente, especialmente cuando atiende situaciones donde hay niños involucrados o familias afectadas.
“Te vuelves más sensible, más consciente con todos, sobre todo con los niños. Cuando damos pláticas en escuelas, te encariñas más y entiendes la importancia de la prevención”, comenta.
A lo largo de su carrera ha enfrentado incendios que todavía recuerda por su intensidad. Uno de los más impactantes ocurrió hace aproximadamente cuatro años en una recicladora de la zona de Las Trojes. El fuego, alimentado por material químico, consumió equipos y obligó a los bomberos a trabajar durante largas horas.
“Fue muy pesado por todo el material involucrado. Ahí entiendes el nivel de riesgo que existe y la importancia del trabajo en equipo”, recuerda.
También le han marcado los rescates de personas lesionadas. Dice que en esos momentos es imposible no pensar en la propia familia.
“Trabajar con personas te mueve muchos sentimientos. Piensas que podría ser alguien cercano y eso te hace actuar con más humanidad”, explica.
Sin embargo, entre las experiencias difíciles también existen momentos que le recuerdan por qué eligió esta profesión. Uno de ellos es el agradecimiento de la gente.
“Mucha gente es muy agradecida. A veces solo te acercan un vaso con agua y eso ya significa muchísimo para nosotros”, cuenta con una sonrisa.
La parte más esperada de cada guardia llega cuando regresa a casa y vuelve a ver a su hija.
“Ver a tu hijo te recarga la vida”
“Sí se resienten las 24 horas, pero cuando llegas y ves a tus hijos es como recargarte otra vez”, dice.
En el Cuerpo de Bomberos de León, las mujeres en el área operativa siguen siendo minoría. Mónica calcula que apenas son alrededor de siete, distribuidas entre las nueve estaciones de la ciudad.
Aun así, asegura que cada vez más mujeres demuestran que también pueden desempeñar labores consideradas tradicionalmente masculinas.
“Sí es pesado y requiere mucha condición física y mental, pero es una labor muy bonita. Aprendes muchísimo y al final todo eso también lo transmites a tu familia”, afirma.
Con el Día de las Madres acercándose, Mónica sabe que quizá no habrá grandes celebraciones. Entre guardias y horarios complicados, el festejo suele dividirse entre su mamá, su suegra y algunos momentos con su hija.
Pero asegura que lo importante no son los regalos ni las fiestas: “Ser mamá representa compromiso, orgullo y mucho amor. Todas las mamás, desde cualquier trabajo o desde casa, hacemos una labor muy importante”.
AH