M+.- En el Estado de México, donde habitan más de 16 millones de personas, la lengua otomí resiste con apenas 106 mil 534 hablantes. La cifra no solo duele por lo que representa frente a una entidad enorme, sino porque mide la memoria, identidad y raíces de municipios enteros.
Ante el riesgo de que las nuevas generaciones dejen de hablarla, la lucha por preservarla ha obligado a buscar formas novedosas: cantos infantiles, emojis y hasta una lotería para mantener vivos los sonidos y las palabras que dan rostro a Temoaya y a otros pueblos mexiquenses.
El gobierno federal señala la existencia de 68 lenguas indígenas y 364 variantes lingüísticas, agrupadas en 11 familias, que ubican a México entre las 10 naciones con más lenguas originarias en el mundo y, en América Latina, entre los países con mayor número de hablantes de lenguas indígenas.
El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) da cuenta de 7.3 millones de hablantes de alguna lengua originaria, cifra que representa apenas 6.1 por ciento de la población total. En el caso mexiquense son solo 417 mil 603 y la mayoría se concentra entre personas adultas, pues las nuevas generaciones no las practican.
Escasos hablantes
Escasos, pero no extintos. El otomí y las demás lenguas originarias del Estado de México sobreviven en un territorio donde la mayoría de la población ya no las habla.
Los datos oficiales dibujan un panorama desigual: mientras la entidad supera los 16 millones de habitantes, apenas 417 mil 603 personas de 3 años y más hablan alguna lengua indígena y, de ellas, solo 106 mil 534 hablan otomí. El desafío no es solo estadístico: es generacional. La mayoría de quienes conservan estas lenguas son adultos y las nuevas generaciones, poco a poco, dejan de practicarlas.
Solo 2.6 por ciento de la población de la entidad habla una lengua indígena. De esa cifra, 132 mil 710 son hablantes de mazahua; 106 mil 534, de otomí; 71 mil 338, de náhuatl; 2 mil 178, de tlahuica, y mil 76, de matlatzinca, todos ellos pueblos originarios de la entidad.
Pero se calcula que existen al menos otros 103 mil 767 hablantes de distintas lenguas indígenas, entre quienes destacan 28 mil 725 hablantes de mixteco; 18 mil 767, de mazateco; 12 mil 934, de zapoteco; 12 mil 368, de totonaco, y 6 mil 970, de mixe.
Por años, una de las principales preocupaciones ha sido cómo mantener viva tal riqueza cultural. Desde el ámbito académico, la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx) ha realizado esfuerzos para preservar estas lenguas y, a través de su Centro de Enseñanza de Lenguas (CELe), imparte náhuatl y otomí. Aunque la demanda no siempre es amplia, permite a sectores especializados conocer estas dos lenguas.
Temoaya, un epicentro otomí
Las y los habitantes de Temoaya, un municipio con una importante presencia indígena, también han realizado sus propios esfuerzos. Existen grupos musicales, de mujeres y hombres, así como coros infantiles que cantan en otomí. Los menores incluso han participado en el informe de la gobernadora Delfina Gómez, donde interpretaron el Himno Nacional y otras piezas simbólicas.
La presidenta municipal de Temoaya, Berenice Carrillo Macario, refiere que el grupo de niñas y niños comenzó con 10 integrantes y hoy, debido a su éxito, ya suma 60, orgullosos de cantar en su lengua y fomentar su uso para evitar que sean únicamente las personas adultas quienes la hablen.
Este, dijo la alcaldesa, es un avance importante, pero no es suficiente y se requiere hacer más esfuerzos.
Apoyados en las nuevas tecnologías, diseñaron diversos emojis, esas figuras que se difunden por WhatsApp para expresar estados de ánimo, saludos y palabras, pero esta vez acompañadas por léxico otomí.
Esto hace posible que no solo las personas de esta localidad, sino cualquiera, pueda utilizar frases en otomí, como “estoy feliz”, que se traduce como Di p_aho; o palabras como zaa, árbol; gui, nube; nda, granizo; dooni, flor; hñueña, peinar; nduhiadi, eclipse de sol; hä, sí, y Tegi pefi, ¿qué haces?, entre otras que ayudan a las nuevas generaciones a mantener presente su vocabulario originario.
La falda, el chincuete, la lotería…
Y si los emojis asomaron el otomí a las pantallas, la lotería lo sentó en la mesa. La falda, el chincuete, las fajas, los aretes, la casa, el campo: palabras que no solo nombran objetos, sino que sostienen una forma de mirar el mundo.
De ahí que el siguiente paso no fuera copiar el juego tradicional, sino trasladarlo a la vida otomí, para que al “cantar” cada carta se aprendiera, se pronunciara y se reconociera lo propio. La apuesta era sencilla y profunda: que chicos y grandes jugaran como se juega en los pueblos, con habas o frijoles en la mano, pero esta vez para ganar memoria y permanencia.
Ese fue el siguiente proyecto que pusieron en marcha: diseñar una lotería con figuras representativas de la cultura otomí para que, al ver cada carta, la gente se familiarice con su escritura y su sonido conforme avance el juego.
Para este proyecto no era importante decir “¡el borracho!, ¡el cantinero!, ¡el diablo!”, sino nombrar en su idioma original palabras que describen los objetos que les dan identidad, como el chincuete, las fajas, los aretes, la casa y el campo.
No se cambiaron todas las cartas. Se conservaron aquellas que podían ser útiles, como el sol y la luna, y se incorporaron otras en otomí: el puerquito, el pan, el guajolote, el maíz, el pescado, la casa, la silla, la cama y el vestido, entre otras.
El objetivo es que las familias jueguen, pronuncien y lean cada palabra, pero, sobre todo, que las nuevas generaciones que se dan cita en espacios públicos puedan ir marcando cada carta en su tabla con habas secas o frijoles para finalmente gritar: “¡Lotería!”.
Recuperar el orgullo
“Desde que iniciamos esta administración, uno de los objetivos más importantes fue preservar, difundir y dignificar nuestra gran cultura otomí. Iniciamos con un coro de niñas y niños que empieza a destacar y nos dimos cuenta de que es a través de actividades lúdicas que se puede recuperar este orgullo y este cariño por nuestra lengua”, refiere la edil.
La meta es llegar a todas las escuelas de Temoaya, a las 195 que existen, tanto de nivel inicial, preescolar, primaria y secundaria, como preparatorias e instituciones de educación superior, porque la idea es que chicos y grandes jueguen y aprendan, pero, en especial, que se sientan orgullosos de su vestimenta, sus tradiciones, su cultura y su lengua.
Para elaborar la lotería, tuvieron que realizar varios foros en las comunidades originarias para llegar a un consenso sobre cuáles son las figuras más emblemáticas, cuál es su pronunciación y cómo se escriben, pues algunos habitantes solo saben hablar otomí, pero no escribirlo.
Son 80 cartas relacionadas con la cultura otomí y varias tablas con las cuales la gente puede jugar.
“Los adultos mayores la disfrutan mucho y están logrando acercarse con chicos y grandes, con toda la familia, para jugar a partir de las ilustraciones que hicieron los diseñadores del ayuntamiento”.
Por ahora, la lotería solo está disponible en el municipio, en las bibliotecas y en la Casa de Cultura, pero la idea es que pueda venderse en la Casa de las Artesanías y cualquiera pueda tenerla. También será subida a la plataforma del municipio para que pueda descargarse e imprimirse; además, se analiza la posibilidad de que pueda jugarse en línea.
Hablar su lengua era un peligro
“Hubo un tiempo en que las culturas originarias, lamentablemente, fueron discriminadas y hubo un periodo de mucha violencia, donde incluso nos dicen los abuelos que ellos preferían hablar en español, porque si los niños y los nietos hablaban en otomí, en algún momento iban a ser motivo de burla para quienes no valoran y protegen nuestras culturas originarias”.
Actualmente, esto parece ir cambiando. La gente del municipio está orgullosa de sus raíces y está volviendo a utilizar su indumentaria y su lengua como símbolos de identidad.
“No nos cansamos ni nos cansaremos de dignificar nuestra cultura; seguimos con las historias y las leyendas que existen en Temoaya” para que los saberes perduren por mucho tiempo más, señala Carrillo Macario.
Cinco pueblos, muchas culturas
La frase no es un adorno: es el mapa real de un territorio donde lo originario no se agota en una lengua ni en una vestimenta. En el Estado de México conviven pueblos ancestrales que han defendido su identidad durante siglos y comunidades que llegaron de otros estados y echaron raíces en el Valle de México en busca de trabajo.
Esa mezcla, muchas veces invisible en las estadísticas y en las políticas públicas, es también la razón por la que preservar el otomí exige mirar más allá de un solo municipio, de un salón de clases o de una administración.
La Ley de Derechos y Cultura Indígena del Estado de México reconoce la existencia de cinco pueblos originarios: mazahua, otomí, náhuatl, matlatzinca y tlahuica. Al resto los identifica como provenientes de otras entidades federativas: zapotecos, mixtecos, mazatecos, totonacas y purépechas, entre otros que han llegado de diferentes regiones del país para establecerse en los municipios del Valle de México, con el fin de estar cerca de las oportunidades de empleo que ofrece la capital mexicana.
Hay trabas de origen
De los 125 municipios que integran la entidad, 43 son considerados rurales y con alta concentración de pueblos indígenas. La presencia otomí se extiende por diversas comunidades de Timilpan, Capulhuac, Temascalcingo, Lerma, Temoaya, Acambay, Morelos, Otzolotepec, Jiquipilco, Polotitlán, Tianguistenco, Huixquilucan, Chapa de Mota, Jilotepec, Villa del Carbón y Aculco, entre otros municipios.
Para su atención, el Congreso aprobó que, a partir de 2020, los ayuntamientos con presencia indígena debían crear direcciones para atender de manera particular a estas comunidades.
La diputada Leticia Mejía resaltó que hay 18 municipios que no han acatado esta medida:
- Acambay
- Aculco
- Amanalco
- Atlacomulco
- Chapa de Mota
- Ixtapan del Oro
- Ocoyoacac
- Otzolotepec
- Soyaniquilpan
- Sultepec
- Tejupilco
- Temascalcingo
- Temascaltepec
- Texcoco
- Timilpan
- Valle de Bravo
- Villa de Allende
- Xalatlaco
El resto sí cumplió, incluidos Chalco, Ecatepec, Nicolás Romero, Polotitlán y Teotihuacán, que buscan ser reconocidos por la ley como demarcaciones con población originaria. También están los casos de Luvianos, San Mateo Atenco y Valle de Chalco, que, sin estar obligados a contar con esas unidades, ya disponen de espacios de este tipo.
Las comunidades indígenas han participado en diversas reformas a la ley para garantizar la protección de su cultura, donde se incluye la lengua, pero hasta ahora no existen medidas específicas para lograrlo, salvo la impresión de leyes y algunas convocatorias en las cinco lenguas originarias.
Es terriblemente escaso el material para fomentar su aprendizaje entre las nuevas generaciones y, por ello, las canciones, los emojis y la lotería otomí son un alentador rayo de esperanza.
Al final, la apuesta lúdica por salvar el otomí no se mide solo en censos, leyes o discursos. Se mide en una niña que canta, en un abuelo que vuelve a pronunciar su lengua sin miedo, en una familia que se sienta a jugar lotería y descubre que el sol, la luna, el maíz y la casa también tienen nombre en otomí.
Cada emoji, cada carta, cada canción es una semilla, pequeña pero terca. Porque mientras haya quien juegue, cante y nombre su mundo en otomí, la lengua no será un recuerdo: será una forma de estar vivo. Y esa, quizá, es la mejor manera de dignificar una cultura: jugarla, cantarla y transmitirla hasta que deje de ser una causa y vuelva a ser vida cotidiana.
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