M+.- Mientras miles lloraban, Lula da Silva sonreía. El edificio del Sindicato de los Metalúrgicos en São Paulo estaba rodeado por una multitud que se dolía por la inevitable entrega a la policía de su líder, mientras que el expresidente brasileño bromeaba y soplaba besos.
Era 2018 y estaba a horas de ser recluido en la sede de la Policía Federal en Curitiba, por supuestamente aceptar un apartamento como soborno. Pero Lula, impertérrito, parecía tener un humor inmejorable ante las cámaras del documental Al Filo de la Democracia. Era como si se sintiera cómodo con un guion preaprobado que le dictaba sufrir antes de obtener una inesperada victoria. La historia de su vida retomada por MILENIO en esta crónica.
Lula no lo sabía, pero a sus entonces 72 años pasaría los siguientes 580 días encerrado en una celda de 15 metros cuadrados. Ahí supo que se perdería el funeral de su hermano mayor, Vavá, y de la muerte de su nieto, Arthur Araújo Lula da Silva, de siete años.
También se enteró de que los analistas auguraban que, al recuperar su libertad, encontraría una carrera política reseca. Pero una vez más, Lula hizo añicos los pronósticos y dio una voltereta: salió de prisión en 2019 por un cambio de medida cautelar, se alistó para pelear en 2020, logró la anulación de sus sentencias en 2021 y el año siguiente, con su nombre limpio, derrotó en las urnas al ultraderechista Jair Bolsonaro. En 2023 se convirtió, por tercera ocasión, en presidente de su país.
Es la crónica de sus días: lo declaran muerto político una y otra vez y él resucita para el asombro de propios y extraños. Estuvo encarcelado por la dictadura militar en 1980, a los 34 años, por dirigir una huelga metalúrgica; humillado en un cuarto lugar durante su primera campaña por un cargo público, la gubernatura de São Paulo; superado en una, dos, tres campañas presidenciales; acusado y enviado a prisión por el caso de corrupción más grande de su país, el Lava Jato. Y de cada uno de esos entierros, Lula emergió con más fuerza.
Esa resistencia estará a prueba este domingo 25 de octubre: vencer en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales sin ser el favorito en las encuestas y tras conseguir 2.2 millones de votos menos que su contrincante e hijo de su enemigo político, Flávio Bolsonaro, de 45 años.
Lula puede tener un regreso político: Benjamin Fogel
La cábala dice que desde que la democracia volvió a Brasil en 1985, nadie ha ganado las llaves del Palacio de la Alvorada llegando a la última instancia electoral en segundo lugar, pero el sindicalista no sabe de suertes echadas. Ahora tiene un nuevo eslogan: “¡Vamos a darle la vuelta!”. Una vida trepidante lo ha fogueado para este episodio: triunfar, de nuevo, con los momios en contra.
“Lula tiene 80 años, pero está en plena forma física y mental; se ha convertido en un asiduo del gimnasio y existen grabaciones de él corriendo cuesta arriba hacia un mitin con quizás un millón de personas en la Avenida Paulista de São Paulo. Si alguien puede protagonizar un regreso político, ese es Lula (...) Nunca hago predicciones, pero la política es el arte de lo posible. Y Lula es un maestro de la política”, cuenta desde Río de Janeiro el historiador y subdirector del Instituto Alameda, Benjamin Fogel.
Y la máxima lección ocurrirá este domingo. Tras el debate presidencial del fin de semana pasado, los sondeos muestran que la diferencia entre ambos candidatos se ha reducido, pero el primer y segundo lugar siguen sin cambios. La encuesta Nexus/BTG da 45.9 por ciento de votos a Lula y 46.5 por ciento a Bolsonaro; por su parte, AtlasIntel pronostica 45.1 y 47.9 por ciento, respectivamente.
Una durísima derrota aún está a la vista de Lula, quien se convertiría en un Sísifo que con gran esfuerzo empuja una pesada piedra por una pendiente… sólo para verla caer a punto de alcanzar la cumbre. Sin embargo, la izquierda aún tiene esperanzas.
“(La casa encuestadora) Palver fue el único instituto importante de encuestas que predijo con precisión el resultado de la primera ronda, y ahora lo tienen como un empate técnico; esto es especialmente interesante cuando se le pregunta a los no votantes sobre su preferencia”, menciona Elizabeth McKenna, profesora asistente en la Escuela Kennedy de Harvard y autora del libro La Paradoja de la Participación: la Organización del Autoritarismo en el Brasil Democrático.
En la octava pregunta de su penúltimo sondeo, los encuestadores de Palver cuestionaron a quienes no votaron en la primera vuelta: “Si hubieras ido a votar, ¿a quién habrías elegido para presidente en los comicios de 2026?”. El 59 por ciento habría elegido a Lula, mientras que el 28 por ciento a Bolsonaro. Es decir, si los que no fueron a las urnas el 4 de octubre sí van a votar este domingo, el antiguo trabajador metalúrgico podría vencer al junior empresario y mantenerse en la presidencia.
Pero esa posibilidad de triunfo depende mucho del voto adolescente. El Tribunal Superior Electoral contó que el 20 por ciento de los jóvenes de 16 y 17 años en condiciones de sufragar se abstuvo durante la primera vuelta.
Con la elección tan cerrada —podría definirse por menos del 1 por ciento, según el Instituto Palver—, los adolescentes son los cerrajeros del palacio presidencial. Y lo saben: al día siguiente de la derrota lulista en la primera vuelta, el 5 de octubre, nació un movimiento en redes sociales propio de la generación Z llamado #FandomsComLula.
Estrellas del espectáculo y los deportes hacen campaña
El hashtag se refiere a decenas de clubes de fans que aglutinan a miles de seguidores de las mayores estrellas de la música y que han destapado su apoyo a Lula con la esperanza de que el voto de los menores de edad salga masivamente a voltear la elección: son los admiradores brasileños de Britney Spears, Taylor Swift, Beyoncé, BTS, Lady Gaga, Billie Eilish, Dua Lipa, Bad Bunny, entre otros. Del lado de Bolsonaro, el respaldo público de famosos es escaso: Neymar, Amado Batista, Penélope Nova e influencers de corte cristiano.
La ilusión del campanazo de Lula reposa en la idea de que no se trata de un político cualquiera. Para sus seguidores, es el animal político más avezado en la historia reciente de América Latina, por encima de otros progresistas como Andrés Manuel López Obrador y Pepe Mujica.
“El político más popular del mundo”, lo llamó en 2009 el entonces presidente Barack Obama. Ese mismo año, el periódico francés Le Monde lo llamó “personaje del año” y el diario británico Financial Times lo incluyó entre los “50 protagonistas de la década”. Desde entonces, no ha dejado de ser un actor principal en la región y el mundo.
Incluso, sus admiradores cuentan entre sus triunfos el vencer a un cáncer de laringe que lo afectó en 2011 tras consumir cigarrillos desde los 15 años. Con la adicción superada, Lula ha atajado las preocupaciones de su salud con videos en los que hace box de sombra, abdominales, lagartijas y sentadillas con una toalla al cuello al estilo de Rocky Balboa. Es una metáfora y una realidad: la batalla más dura de su vida la dará contra un abogado y senador de la República que tiene casi la mitad de su edad.
“La política brasileña es impredecible. Lo que hemos visto en Brasil durante la última semana es una ola histórica de movilizaciones por parte de la campaña de Lula que ha visto a millones de personas salir a las calles en todo el país a una escala no vista desde mediados de la década de 2010”, dice Benjamin Fogel.
El desafío es mayúsculo. Lula no sólo intentará otra improbable victoria para asegurar un cuarto mandato. En el fondo, también se pondrá a prueba una fuerza inhumana: defender el legado de la república brasileña posterior a la dictadura militar y, al mismo tiempo, frenar la ola de victorias electorales de extrema derecha en América Latina.
A Lula le toca empujar una pesada piedra una vez más. Lleva encima los dolores de las derrotas, los encierros y los nombres de quienes ya no están para abrazarlo si alcanza la cima. Puede volver a caer: ninguna biografía, por impresionante que sea, obliga a un último triunfo. Lo sabe y, por eso, resulta tan extraordinario verlo regresar a la pendiente, poner las manos sobre la roca y creer que todavía, a los 80 años, la vida le guarda una última victoria.
MD