La batalla de Donald Trump en contra de la ciencia

FT MERCADOS

La profesora de Caltech analiza cómo la IA puede potenciar las enzimas y alerta sobre el impacto de los recortes al financiamiento científico en EU.

Frances Arnold, Premio Nobel de Química en 2018. REUTERS.
Michael Peel
Ciudad de México. /

Lo primero que hacemos Frances Arnold y yo al sentarnos a almorzar en el bistró del Museo del Premio Nobel es mirar debajo de nuestras sillas. Arnold levanta la suya y sonríe: “¡Ah, tengo a Jim Allison de 2018!”.

En diciembre de aquel año, ambos esperaban en la sala de conciertos de Estocolmo para recibir su Nobel: Jim Allison el de Medicina; Arnold, el de Química, una de las pocas mujeres en lograrlo desde Marie Curie

La tradición dicta que los laureados firmen los muebles del restaurante. Pensamos en buscar su autógrafo, pero desistimos: quizá otros comensales no compartan el entusiasmo.

Preferimos concentrarnos en un almuerzo reparador tras el banquete y las celebraciones de la víspera. “Se siente genial. Me encanta estar en un país que celebra la ciencia”, dice, entre risas. “¿Qué más se puede pedir?”.

El contraste con Estados Unidos (EU) es inevitable. La administración de Donald Trump recortó con fuerza el financiamiento a la investigación y canceló apoyos en áreas como vacunas, cambio climático y diversidad. Aunque el Congreso suavizó parte del golpe, muchos científicos temen por un modelo que ha impulsado la innovación desde la Segunda Guerra Mundial.

Arnold no se sorprendió por el giro ideológico, sino por su magnitud: “Sabía que sería malo, pero no tenía idea de cuánto”.

La batalla por la ciencia

La magia del banquete dio paso a un lluvioso día de invierno nórdico. Coincidimos en que hace falta comida reconfortante: Arnold elige sopa de apionabo y salmón curado con verduras; yo, la misma sopa y un pastel de venado con salsa de enebro y grosella.

La conversación vuelve a sus temores sobre la ciencia en EU. Habla de una posible “destrucción permanente” y de la salida de talento de su laboratorio en el Instituto Tecnológico de California. “Dos mujeres que antes habrían hecho carrera en EU prefirieron irse a Europa, y no las culpo”, dice.

La inquietud le resulta aún más amarga porque hace poco copresidió el Consejo de Asesores Científicos de Joe Biden. Allí aprendió —con cierta tristeza— que “la ciencia es fácil comparada con las personas”: las recomendaciones técnicas siempre se enfrentan a intereses políticos. “No siempre se cumplían, pero al menos eran sopesadas”.

Ahora percibe una agenda limitada, centrada en inteligencia artificial (IA), cuántica y algunos nichos de biotecnología. “Hay áreas enteras que simplemente morirán”.

Para Arnold, la ciencia es más multidisciplinaria que nunca. Su Nobel premió la evolución dirigida de enzimas, una fusión de química, biología e ingeniería que abrió una “nueva forma” de fabricar materiales y fármacos. El comité del Premio Nobel habló de una “revolución en la química”. Hoy cree que la IA puede detonar otra transformación.

“Me gusta exagerar para que la gente reflexione… pero no es una locura”, dice. Su grupo usa IA para detectar patrones en el “lenguaje de la vida” y diseñar nuevas enzimas, como si se escribiera ADN del mismo modo que un modelo compone un texto. “Puedo crear una enzima al estilo de una proteasa, pero con propiedades que la naturaleza no me dio. ¡Eso me encanta!”.

La apuesta también es ambiental y económica: un kilo de fármaco genera múltiples veces su peso en residuos; las enzimas pueden acortar procesos y reducir desechos. El año pasado concluyó un proyecto financiado por la Fundación Bill y Melinda Gates para abaratar tratamientos contra enfermedades como la tuberculosis. “¡Está ocurriendo!”.

Pero la ligereza convive con cautela. En 2024 firmó, junto a otros científicos, un compromiso para minimizar riesgos de uso indebido de la bioingeniería asistida por IA, apostando por controlar el acceso a materiales sensibles más que por restringir la tecnología. Reconoce que muchas predicciones fallan —“quizá 99 por ciento sean inútiles”—, pero basta una acertada: “esa es tu medicina”.

Arnold también observa la IA desde dentro: integra el consejo de administración de Alphabet Inc. Sobre la tensión entre ética y rentabilidad en las tecnológicas, es tajante: “Mi función no es encabezar ese debate… tengo una responsabilidad fiduciaria con la empresa”.

Forjada en la contracorriente

El camino de Frances Arnold comenzó lejos de los salones del Nobel, en Pittsburgh, donde creció en los años setenta, entre el declive del acero y la guerra de Vietnam. “Quería saber cómo era el mundo fuera de mi pequeño espacio”, recuerda.

Y actuó en consecuencia: se fue de aventón a las protestas contra la guerra en Washington, mintió sobre su edad para trabajar como mesera y, a los 18, manejó un taxi ocultando el cabello bajo un sombrero para evitar la hostilidad hacia una mujer al volante. “Pagaba mi renta, tenía mi departamento… fue duro, pero me dio carácter”.

ella dice

"Quería saber cómo era el mundo

Fuera de mi pequeño espacio"

Estudió ingeniería en la Universidad de Princeton, donde casi no había mujeres en el área. “Era 1973. Dijeron: ‘Tiene el potencial, veamos si puede’”. La formación era sobre todo en matemáticas aplicadas, pero le dio una base sólida.

Tras recorrer Latinoamérica, en 1979 se integró al entonces nuevo Instituto de Investigación de Energía Solar, en pleno impulso renovable del presidente Jimmy Carter, quien incluso instaló paneles solares en la Casa Blanca, retirados después por Ronald Reagan.

Arnold creyó en la meta de que 20 por ciento de la energía proviniera de renovables para 2 mil, pero admite que la tecnología “era pésima” y el salto entre ambición y realidad, enorme. Décadas después, China dominaría el mercado solar.

En sus estudios de posgrado en Berkeley se formó con científicos como Allan Wilson y Dan Koshland, y consolidó una intuición: la naturaleza ya había resuelto muchos problemas de eficiencia. 

Cuando se incorporó en 1986 al Instituto Tecnológico de California, encontró el entorno ideal para desarrollar esa idea. Un claustro pequeño, recursos suficientes y una ambición clara: hacer ciencia capaz de cambiar la manera en que se hace ciencia.

La ciencia con propósito

Terminamos los platos principales con rapidez. Frances Arnold, amante del pescado, celebra su gravlax; yo confirmo que el venado era más sutil de lo previsto. Ella cambia el postre por té verde; yo cedo ante el “helado Nobel” de grosella negra y un espresso doble.

Desde el premio, su trabajo se ha concentrado en volver la química más ecológica: producir feromonas para combatir plagas agrícolas o diseñar enzimas que hagan procesos más limpios. 

A mediados de la década de 2010, su equipo logró algo inédito: unir biológicamente carbono y silicio mediante una proteína de bacteria termal islandesa. La hazaña abrió la puerta a fabricar compuestos —de pinturas a semiconductores— de forma más barata y menos contaminante. “La evolución no se ha detenido; crea química nueva todo el tiempo”, dice.

En 2024 dieron otro paso simétrico: diseñaron una enzima capaz de romper esos enlaces carbono-silicio artificiales, con potencial para degradar siloxanos presentes en cosméticos y utensilios. 

La lógica es simple: si se pueden crear, también deberían poder deshacerse. Para Arnold, ahí reside la promesa de enfrentar contaminantes persistentes. “La química ha sido buena para los humanos, aunque no siempre para el planeta”, admite.

Esa conciencia ambiental se agudizó tras un viaje familiar alrededor del mundo a inicios de los 2 mil. Muchos ecosistemas que había conocido décadas antes estaban ya bajo amenaza. “El mundo salvaje era menos salvaje. Y la química juega un papel en eso”.

Es una de apenas ocho mujeres que han ganado el Premio Nobel de Química desde 1901, aunque la mitad lo ha hecho en los últimos años. Aspira a ver pronto una ceremonia invertida: “Nueve mujeres y un hombre”.

También ha enfrentado tropiezos. En 2020 se retractó de un artículo en Science por falta de reproducibilidad. Fue “doloroso pero importante”. La franqueza le valió elogios y ataques. “Debería ser fácil decir: ‘Ups, no se reprodujo’… pero el público no es amable”. Cree que científicos jóvenes difícilmente resistirían esa presión.

Antes de salir a la tarde oscura con monedas de chocolate de Alfred Nobel en el bolsillo, le pregunto por su legado. Piensa en sus exalumnos y en una química práctica, útil y rentable. El progreso tecnológico, dice, necesita reglas —como impuestos al carbono— que alineen incentivos. “Se puede ganar dinero y hacer lo correcto. Es una pequeña intersección, pero ahí está mi punto óptimo. Hazlo práctico y útil, y la gente lo usará”.

KRC

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