Desconectarse

Monterrey /

Estoy en crisis. He perdido interés por publicar cosas en mis redes sociales. Contenido, le llaman ahora. Me queda claro que si lo que se quiere es monetizar ese contenido, hay que hacerlo. Pero por alguna razón me he estado alejando de ese mundo. El ímpetu, las ideas y la agenda que llevaba se detuvieron casi de inmediato. Publico de forma esporádica, pero sencillamente no tengo ganas de estar conectado en esta realidad virtual.

En un momento he pensado que debo desconectarme de manera real, es decir, no atender en absoluto todas las redes sociales que tengo. Antes pensaba que había que hacer lo contrario, pues la tecnología demanda que nos comportemos de acuerdo a sus exigencias y a los cambios que procura en la sociedad, pero tengo esta tendencia a aislarme –de manera total a veces, otras sólo parcialmente– y evitar todo este ruido, esta morusa digital que me ha metido en un estado de confusión que no logro ni comprender ni adaptarme efectivamente a él. Y esto tiende a generar en mí un estrés que no necesito.

Tampoco me queda claro por qué las personas se entregan gustosamente a la voracidad de las plataformas digitales para mostrar todo acerca de ellas. ¿Pero qué locura es esta de sacrificar nuestra privacidad –exhibirla sin sentido–, venderla y permitir que se haga lo que sea con ella? ¿A cambio de qué?

Antes pensaba que pasábamos a través del mundo y sus cosas, que discurríamos sin entenderlo del todo, sin entendernos con él y en él. Cambié de opinión: el mundo nos pasa por encima como una ola impetuosa en la playa que nos revuelca, sacude y estruja sin importarle quiénes somos, cuál es nuestra historia, por qué estamos aquí ni a dónde carajo vamos. Transitamos por este momento en una frecuencia específica, a través de ideogramas psicodélicos, de aproximaciones estadísticas y pulsiones probabilísticas para terminar en contundentes estados de confusión. Desde otro ángulo –tangencialmente revelador– se muestran destellos, epifanías de verdades (o lo que nosotros queremos interpretar como tales) que habían permanecido ocultas, conciliadas durante años y ahora despiertan, catalizadas y potencializadas, y eclosionan y así las miramos, atónitos, impactados. De esa manera creemos haber descubierto y experimentado algo trascendente: una solución. Pero lo real es que habitamos una realidad confeccionada como en un safari de émulos y farsas, de una interpretación desordenada, ectópica, eufórica, histérica, distópica y desarticulada.

¿Por qué esperar otro día? Porque algo inusual puede ocurrir. Porque nos hemos acostumbrado a vivir en una cápsula hecha de repeticiones absurdas y aburridas, sólo para no advertir lo errático y extraño que es el futuro. Hay que salir de ese mundo virtual esquizoide que hemos creado y esperar a que algo ocurra, algo que no sea una hechura nuestra, algo “natural”, por así llamarlo. Debemos tener la capacidad, la sensibilidad de reconocerlo, de asimilarlo. Porque todos los días ocurre algo excepcional, algo extraño e interesante, pero no lo notamos.

Siento este rechazo tácito a una realidad creada por nuestra tecnología y que está diseñada para manipularnos, alienarnos de nuestra condición humana y transformarnos en autómatas. Queda claro que no puedo comportarme de manera anacrónica y pretender que tal tecnología es nefasta y que debo negarla por completo. Eso es inviable. Pero sí debo denunciar que sentir ansiedad por no estar checando el celular cada tantos segundos, que la manía por tomarse selfies y publicarlas todos los días y de perseguir obsesivamente likes y followers es indiscutiblemente patológico. No encuentro el punto medio ni el equilibrio entre esta tendencia desordenada y ciega, y el aprender a sacarle provecho a esta realidad virtual. Porque va mucho más allá de la tecnología: compromete nuestra psique de manera importante. Afecta también nuestra manera de percibir la realidad y nuestra propia existencia.

El tema no es desconectarse, sino saberse conectar de la forma correcta.


  • Adrián Herrera
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