El último ilustrado

  • Columna de Alonso Solís
  • Alonso Solís

Jalisco /

Con la muerte de Jürgen Habermas (1929-2026), pareciera cerrarse toda una época en la filosofía y las ciencias sociales de nuestro tiempo. Recordemos algunas de sus lecciones.

El autor de Teoría y práctica (1963) nos enseñó que, en la época contemporánea, la política se puede volver a enlazar con la ética: suprema aspiración de la mente helénica. Para ello, hay que reconciliar el antiguo objetivo de la filosofía práctica —vivir una vida buena dentro de una comunidad política justa— con los métodos modernos de las ciencias sociales empíricas y analíticas.

Habermas nos enseñó a denunciar los excesos tanto del positivismo ortodoxo como del posmodernismo y neoconservadurismo. Creía que no debemos abandonar la modernidad ilustrada, como proponen los posmodernos, ni exacerbar sus peores rasgos, como hacen los devotos del tecnocientificismo, hoy infatuados con la inteligencia artificial, la eugenesia y la “innovación” disruptiva y constante.

Nuestro objetivo, según Habermas, debería ser renovar el proyecto inacabado de la modernidad por medio de la democratización de las sociedades capitalistas. Este objetivo pasa, necesariamente, por la liberación de nuestras capacidades racionales y argumentativas. Asimismo, pasa por combatir la seducción del autoritarismo populista y extender los valores de la libertad, la igualdad y la solidaridad —con imaginación moral y creatividad pública— a todas las esferas de la vida social.

El último gran exponente de la tradición filosófica alemana encarnó de forma ejemplar el ideal del investigador (Wissenschaftler) interdisciplinario. No sólo fue un filósofo heredero de la teoría crítica y del pragmatismo norteamericano que articuló una vigorosa ética del discurso y una perspicaz filosofía jurídica y política. Habermas fue un sociólogo y teórico social, acaso el más relevante de nuestro tiempo.

Pero, además de investigador y autor de obras teóricamente densas, fue un intelectual público cuya opinión era escuchada con atención, no sólo en Alemania, sino en Europa, Estados Unidos y América Latina. Sus intervenciones constantes en diarios y medios de comunicación trataron problemas públicos apremiantes: las protestas estudiantiles de los años sesenta, el legado de la Ilustración, el papel del Holocausto en la construcción de la identidad alemana, la caída del Muro de Berlín, los desafíos de la ingeniería genética y el transhumanismo, la guerra de Ucrania, el futuro de la Unión Europea… Habermas nos enseñó a los profesores de filosofía y ciencias sociales que el académico no debe vivir enclaustrado y al margen de su sociedad. Debe intervenir en ella como intelectual público comprometido con la democracia y los valores de la Ilustración.

El autor de Teoría de la acción comunicativa (1981) muere en una era hostil a sus ideales de razón pública, democracia deliberativa y universalismo moral. Vivimos tiempos de fanatismo ideológico, particularismos exacerbados y posverdad. Tiempos recios en los que el mundo parece haber dado la espalda a la política democrática y la racionalidad dialógica.

Ante esta crisis, reconstruir el proyecto de la modernidad ilustrada para el siglo XXI —alejándonos del entorno digital para recuperar la esfera pública a través de las interacciones cara a cara e inyectar racionalidad al ejercicio del poder— es mantener vivo el legado de Jürgen Habermas: uno de los grandes ilustrados de nuestro tiempo. 


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