Cansados

Estado de México /

Escribo esto en pleno día de descanso y no me refiero al fin de semana. Hablo del comienzo de las vacaciones. Hace años, al comienzo de una clase de las siete de la mañana, pregunté a una alumna en franco estado catatónico ¿Es demasiado temprano para estar despierto? Ella respondió con franqueza: Es demasiado temprano para estar vivo.

Me siento raro, no lo puedo evitar, hay calma alrededor y por dentro la necesidad por sentirse angustiado. Un no sé qué que qué sé yo que lleva a creer que hay algo pendiente por ser hecho, que urge llevar a cabo y que forma parte de la orden del día. Pero no, no hay nada pendiente, como no sean estas líneas que ahora mismo y sin apremio están cobrando forma.

Suelo pensar que las vacaciones para alguien con adicción al trabajo representan una versión de la tortura posmoderna ante la inexistencia de cosas por hacer. Es el resultado de detener por completo la maquinaria y modificar abruptamente el ritmo de la vida o lo que se asume que es la vida. Es decir, andar siempre en friega loca, como abejita con cocaína en obsesionada vocación de estar haciendo algo.

En esta sociedad agotada se advierte la persistencia del ser humano por estar siempre haciendo algo, lo que sea. La idea es estar siempre en movimiento, no sólo al final del día, sino en cualquier instante de la jornada. Como es lógico, nos declaramos completamente agotados, pero aun así tenemos la convicción de seguir haciendo porque ¿quién en su sano juicio en esta época deja de producir?.

Si algo nos dejó la maldita pandemia fue la lección de que no importa qué tanto se detenga el mundo, siempre nos arreglaremos como humanidad para estar generando cosas. Lo peor es que acabamos por comprarnos la idea de que, si bien el mundo hizo alto unos meses, nos las arreglamos para seguir haciendo lo nuestro, es decir, continuar en la brega sin chistar.

La pregunta que se haría cualquier ser con un par de dedos de frente es: ¿producir para qué? En la lógica de la generación de satisfactores se entendería que para la supervivencia. Pero si después de garantizarla seguimos produciendo ¿tiene sentido esa enfermiza obsesión?

El desaguisado de la vida actual lleva a entender la necesidad de alguna metodología (niksen, yoga, meditación) que ayude a olvidar nuestra absurda vocación por la brega. Y que nos guíe por los caminos de la contemplación, como mínimo. Ya no digamos el placer de andar desquehacerados por el mundo.

¿Para qué? Para estar tranquilos y no sentir agobio por la falta de ansiedad. Por la ausencia de pendientes qué cumplir. Como no sea estas líneas que, paradójicamente y ante la falta de tareas, cumplieron una función momentánea e ilustraron la inquietud de no saber qué hacer cuando no se tiene nada qué hacer.


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