Chacho

Ciudad de México /

Mi humanidad se encontraba en estado gelatinoso cuando sonó el teléfono este lunes a eso de las cuatro de la tarde. Con los brazos de Morfeo pendiendo de mi cuello contesté sin demasiada gana. Del otro lado del aparato se escuchaba la voz de Vicente Camacho, maestro con quien compartí aulas universitarias y años después reuniones familiares, cuando una sobrina suya y quien esto escribe compartíamos a nuestra vez experiencias emocionales.

Ignoro si fue la modorra o la mala recepción telefónica, pero cuando toqué tierra por completo me quedé sorprendido con lo que contaba mi interlocutor. Hablaba de un homenaje a Inocente Peñaloza, de la cantidad de ex alumnos y amigos que estarían interesados, y me invitaba a sumarme al ejercicio. Acabé de despertar cuando inferí el origen de la ceremonia y luego de mi confirmación en el acto dediqué el resto de la tarde a pensar en ello.

Las esquelas virtuales ya pululaban en feisbuc. Y los comentarios, institucionales y a título individual, salían al paso. Todos lamentando la muerte de quien consideraban ilustre universitario y mexiquense distinguido. No es cosa menor haber llevado el pulso de la Universidad Autónoma del Estado de México por tantos años y ensayar en la prensa escrita alguna idea cada semana. Menos si ambas labores iban acompañadas de rigor investigativo y de un estilo pulcro pulido por la concisión.

Eso lo supe mucho tiempo después de cuando, siendo niño, le pedía cada tarde antes de comer me contara una historia que por lo general implicaba a un protagonista llamada “Catitos” (supongo un derivativo de Carlitos) y un desenlace escatológico impropio para el hipereducadísimo entorno doméstico. La situación siempre era descubierta por mi abuela paterna, Cristina Ocádiz, y provocaba el regocijo de la criatura y la risa de los dos adultos en el camino a sentarnos a disfrutar del pipirín.

Como también lo supe años más tarde de aquella travesura que quedó plasmada en una hoja de papel con algunos teclazos intrusivos sobre algún texto en ciernes, aprovechando que estaba a tiro de piedra la máquina de escribir y que mi presencia en la biblioteca no había sido detectada. O a partir de alguna visita a su oficina cuando me sorprendió dando cátedra sobre los poetas malditos justo en los años en que el atrabancado nieto descubría la vida de la mano de Baudelaire y Rimbaud.

Hacía tiempo que había cruzado palabra con él por última vez y aunque la vida familiar en común acabó por bifurcarse, aquella llamada telefónica que me sacó de la siesta y la reiteración en redes sociales terminaron por confirmarme una realidad. Se había ido “Chacho”, como de niño le llamaba. El impecable hombre de letras que, más allá de sus virtudes públicas y vicios privados, influyó en cierta forma en la vocación de este fulano escribidor. Se fue Inocente Peñaloza y con él una de las épocas más entrañables que tengo en la memoria.


Carlos Gutiérrez

fulanoaustral@hotmail.com

@fulanoaustral


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