Ella era un manojo de nervios. Estaba aguardando en la dichosa fila virtual que se arma cada que hay un concierto con alta demanda. El motivo de la acumulación de cortisol en mi sobrina La Bitelyus se debía a la ansiedad por un par de boletos para ver a una tal Tini. Luego de unos minutos de espera, de darle un llegue a la tarjeta de crédito y de finalizar la compra, la chiquilla aplacó la ansiedad y se puso Felipe y con tenis.
Afortunada o desafortunadamente, la razones que podrían llevar al tío a llevar sus huesos a un recital se han reducido prácticamente a cero. Mis héroes musicales ya no existían cuando llegué a este mundo, murieron en el trayecto o se han retirado. En cualquiera de los casos resulta inviable, por no decir imposible, acceder a ellos escénicamente.
Los Doors se fueron al traste con la desaparición de Jim Morrison, en 1971. Leonard Cohen, a quien pude ver una sola ocasión en París, se fue de este mundo en 2016. Y Joaquín Sabina dijo adiós a los conciertos en 2025, habiéndole disfrutado en directo unas quince veces.
Quizá por ello celebro mis reducidas ganas de ser un espectador y el desinterés que puede provocarme la oferta de shows. Pero entiendo que hay quien disfruta como enano esas ocasiones únicas en la vida o bien la enorme cantidad de posibilidades para dejarse ver en los lugares a los cuales “hay que ir”.
Desde luego, esto lo dice alguien cuya voz está matizada por la misantropía, y que no tiene reparo alguno en rehuirle a cualquier evento que convoque a las masas. Pero eso no me impide advertir la bola de nieve en que se ha convertido la celebración de la música en vivo. Y el sinsentido en que se configuran tocadas, festivales y demás estrategias para mantener cautivo al público.
¿No será que la sociedad del espectáculo actual está más que nunca sedienta de tener al alcance de los sentidos eso que tanto se desea y que recala en la figura de las experiencias? Tal vez por ello se sobrevaloran tantos recitales que de otra forma carecerían de sentido.
Ofertas caras, incómodas desde la adquisición de entradas, sangrando al consumidor desde que se aproxima al recinto. Estacionarse es un logro y motivo de robo en despoblado. La comida es tasada cual si fuera delicatessen y ya no se diga la ingesta simbólica que implican los souvenirs.
Se dice una y otra vez que hay crisis económica, pero la clase media, esa que sostiene a este país, solventa los deslices de las industrias culturales y, paradójicamente, legitima la voracidad de promotores, empresas y artistas. Un público tan enfocado en mirar al artista en el escenario que no observa el show entero