Melomanía juzgable

Estado de México /

Llegó una notificación al teléfono, era del “espotifai”. Me llamó la atención porque contenía un resumen de mi consumo y se mencionaba la cantidad de canciones que había reproducido desde el comienzo de mi relación con el ente digital. El artista que más había escuchado, los temas más reproducidos, y hasta se me ofrecía un acertijo sobre mi primera canción en la plataforma. El numerito remataba con el playlist conmemorativo.

Hablo del caso no sólo por la sorpresa de recibir este corte de caja en pleno mayo, pues se sabe que es al final de cada año cuando llega el ejercicio nostálgico de recapitulación. Además, me ha llamado la atención por la sorpresa que sugiere enterarse “cashishinquerer” de los hábitos de consumo que uno tiene. Desde luego no es para menos, pues estos chamacos conocen santo y seña de todo lo que ahí se hace.

Se podría sostener, sin equivocación pero con cierto sonrojo, que conocen al usuario más que su ex pareja, lo cual, sin duda, no deja de ser inquietante y un tanto perturbador. Qué tiempos aquellos en los que a lo mucho quien sabía de las fechorías musicales que uno se recetaba era, en el peor de los casos, el dependiente de la tienda de discos.

Es a todas luces notorio el cúmulo de datos de los clientes que la empresa sueca tiene en sus manos y que, como es de esperar, usa para fines comerciales. A mismo tiempo abona a la paranoia de muchos usuarios a partir de la sospecha de que, como diría Pedro Ferriz, un mundo les vigila y no precisamente un mundo extraterrenal. Y razón no les falta.

Por si fuera poco, el mentado mensajito de Spotify me hizo reparar en una idea que no por conocida dejar de ser reveladora: el hecho de que la música reproducida, por muy definitoria de lo que somos, en realidad no es nuestra, sino una suerte de préstamo virtual que se puede tocar hasta el infinito, pero que jamás engrosará la fonoteca de nadie. Como no sea de los propios dueños del chiringuito en cuestión.

Tan de ellos, como suya la posibilidad de saber santo y seña del suscriptor. Quizá por eso la notificación de hoy me ha hecho repensar mis filias musicales y reflexionar, no sin cierto prurito, sobre los gustos culposos que de pronto pudieran inundar el imaginario melómano. ¿Qué van a decir las buenas conciencias y los representantes del esnobismo cultural cuando se enteren del asunto?

Mientras eso sucede, me dispongo a hincar el diente al libro Música de mierda, de Carl Wilson, con la idea de averiguar lo que hay detrás del buen gusto sonoro, de las pretensiones de quienes dicen saber del asunto y de todo aquello que ocultamos en público bajo el apelativo inconfesable de lados B. Ya habrá tiempo de hablar al respecto.


Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite