Pamboleritos

Estado de México /

Algunos iniciados en la materia sostienen que la confección de la frase corresponde al italiano Arrigo Sacchi. Otros que es autoría del argentino Jorge Valdano. La idea en cuestión señala que el fútbol es lo más importante de lo menos importante. Esa máxima, que debería ser mínima, está, como muchas cosas en la vida, sobrevaluada y llevada al límite del romanticismo.

Porque si bien hay un clamor extendido y un amor profesado a manos llenas, su existencia temporal (mientras duran los torneos), sumada a la impronta de propiedad privada, es señal de irrelevancia, por mucho que haya quienes se rasguen las vestiduras en pos de colores y se apresten a defenderlos, como si se tratara de la honra familiar.

El reciente final del torneo doméstico en México ha puesto en evidencia que, por si no fuera poca la lógica alrededor de la intrascendencia futbolera, el hecho de que se ofrezca al mercado un producto de baja calidad insulta la inteligencia del consumidor. Y al mismo tiempo debería llamar la atención para cuestionarnos si como sociedad balompédica tenemos el espectáculo que merecemos.

Este fenómeno adquiere una dimensión acentuada ante la proximidad del certamen que paralizará al mundo, convenientemente para los dueños de la pelota, especialmente la FIFA. Y que ha propiciado el consumo irracional de bienes simbólicos, desde el mentado álbum que implica un gasto desbordante, hasta accesos a los partidos y la necesidad de estar subidos en la ola consecuente.

Ello se suma al argumento erróneo de que las selecciones nacionales sugieren un elemento de identidad colectiva. Son, en el mejor de los casos, el referente del nivel deportivo que se manifiesta en una región determinada. No más. Pero como resulta idóneo en términos políticos, ideológicos y hasta idiosincráticos, al parecer a nadie incomoda que se le cuelgue la medalla de representación popular.

Y es que pensar que un grupete de seres enfundados en pantaloncillos cortos y yendo en pos de una esférica es evocación de un ideal nacionalista, trae consigo configurar una falacia por generalización. Pero, además, es asistir al barbarismo gracias al cual la transferencia de “talentos” y posibilidades de triunfo ocurren al amparo de las competencias o falta de las mismas en una población.

Se acercan los días en que ha de rodar la caprichosa y, aunque hay ocasión para el disfrute, sería fantástico que no fuera la enajenación quien ganara el partido, promovida hasta los tiros de penalti por la ignorancia, el sensacionalismo y el sentimiento patriotero. Un encuentro donde se alzan con la victoria los pocos de siempre y son goleadas las inmensas mayorías.


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