Dicen los especialistas en imagen pública que no hay una segunda oportunidad para una primera impresión, eso se puede aplicar también a otros aspectos de la vida, como el sonoro. En el campo semántico de la abogacía se dice que el primero en tiempo es el primero en derecho, asunto que musicalmente hablando garantizaría su lugar en la memoria por mera anticipación.
De hecho, cada quien podría tener un ramillete de casos para ilustrar lo gratificante (o no) que puede llegar a ser la primera experiencia y las posteriores. De botepronto pienso en dos casos musicales que ayudaría a ilustrar la eficacia del primer contacto y en particular el efecto devastador que trae consigo su consumo reiterado.
Uno de mis héroes musicales es el entrañable Leonard Cohen. A él llegué en 1994, cuando tres canciones suyas formaron parte del soundtrack de Natural born killers, el prodigio cinematográfico de Oliver Stone. Pero no fue sino hasta unos 10 años después que conseguí darle sentido cuando me incorporé a la radio pública y a su influjo de otredades en el catálogo musical.
Pero si algo generó en mí un impacto demoledor respecto a la música del canadiense fue haber escuchado los registros en directo que generó. Pienso en el disco doble Live in London, grabado durante su primer recital en la capital británica después de 15 años de ausencia. Y en Songs from the road, un ramillete de presentaciones por diferentes escenarios que condensa dos de los pasajes más intimistas del poeta.
Un caso aparte representa el grupo Kinky, al que ya había escuchado en algunos cortes de estudio. Pero no fue sino hasta verlos en directo que, como dicen los clásicos de la posmodernidad, me voló la cabeza. A ellos les volví a escuchar tiempo después en otro directo, pero en versión desenchufada y la realidad es que no hay ni por dónde decidirse de lo bueno que resultan ambos.
Este desliz melómano viene a cuento por un tema precisamente de los chamacos de Kinky, a raíz de una versión que hicieron del tema Fuentes de Ortiz, Ed Maverick. En corte original me parece muy desafortunado por el tempo, la interpretación y la sorprendente filia que ha generado sobre todo con la generación Z, a la que al parecer gusta demasiado, pues la primera canción que escucharon fue la del tal Ed.
Por eso digo que depende mucho de la primicia que tenga respecto a algún concepto musical, la cantidad de repeticiones a las que se exponga, el apego a cierto género y una cuestión generacional. Aunque sospecho que, por sobre todas las cosas, algo que se impone es el feeling que haya de por medio. Y ese, pésele a quien le pese, no es sino un asunto subjetivo y, por ende, ajeno a cualquier consideración evaluativa.