Renuncia desuellante

Estado de México /

Llevo años en el mundo de la academia. Y desde que recuerdo no puedo sino esperar rigor en el aprendizaje de mis pupilos. Para infortunio mío la correcta escritura no es uno de los aspectos que más seduzca a la población universitaria. De hecho, no lo es para prácticamente ningún tipo de población.

Recuerdo que, de niño, cuando se hacían los exámenes ortográficos, miraba con atención la boca de las maestras buscando en su pronunciación la guía para salir del apuro. Resultaba infructuoso, las mujeres en cuestión decían mal las palabras, así que opté por ponerme a estudiar.

Soy de los que coinciden con el filósofo Ludwig Wittgenstein, cuando refiere que los límites del lenguaje de alguien son los límites de su mundo. Y ello aplica a cualquier modelo expresivo, con la certeza de estar impedidos a hablar lo que se desconoce. Pero entiendo que sería un exceso caer en la idea del poeta Teófilo Gautier cuando proponía dejar la ortografía en manos del verdugo.

Por eso pienso que la renuncia de Juan Pablo Becerra como editor de la Gaceta UNAM, por una pifia en la portada de la publicación en la que se habla del centenario del nacimiento de Jaime Sabines, es un exceso. Ello al haber definido la obra del vate como versos que “desollan” en lugar de desuellan.

Alguien tuvo la osadía de advertir la pifia (gazapo, lo denominó Becerra). Y luego de la aceptación pública, el autor señaló su inminente dimisión al cargo, con la reacción a favor de quien entendía y valoraba el gesto, pero que consideraba excesiva la consecuencia. Y también de los que sospechaban que podía deberse más a un asunto histriónico que a otra cosa.

Juan Villoro describe en uno de sus libros la anécdota de Hugo Sánchez, quien al festejar un gol ante la tribuna catalana se tocó las partes “nobles”, lo que fue tomado como insulto ante la instancia disciplinaria correspondiente. El futbolista negó la acusación alegando un simple “acomodamiento de genitales”, lo que lleva a Villoro a concluir que para un mexicano es peor reconocer un error que cometerlo.

Por ello cobra dimensión la actitud de Juan Pablo al aceptar la falla, no así la hipérbole de su renuncia. Lo malo es empañar el homenaje a Sabines. Lo bueno, asistir a la pertinencia de una falla ortográfica y no ser más papistas que el Papa. Incluso con el supuesto atentado a la imagen de la Universidad que, antes que nada, implica la estirpe humana, por ende, falible y dignificante ante el reconocimiento de la equivocación.

De seguir con la idea de abandonar su cargo no faltará quien, acudiendo al propio poeta chiapaneco, cuyos versos gustaban de arrancar la piel, le diga al protagonista de la historia: “Cuando tengas ganas de morirte no alborotes tanto: muérete y ya”.


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