Buscar amaneceres en Culiacán

Ciudad de México /

SERIE DE BOSQUEJOS “ALTAR PARA JAVIER VALDEZ” / CAPÍTULO I

El periodista usaba un sombrero panameño el día que fue asesinado. ESPECIAL

Javier Valdez dando pasos sobre el pavimento caliente de Culiacán. Pasos lentos y seguros que saben a dónde van, aunque se extravíen en el andar. Van por el centro y por la periferia con la misma parsimonia. Su recorrido por entonces lee la ciudad con una curiosidad palpitante y que tiene al narcotráfico trasfondo, nunca en primer plano.

El Javier Valdez de estos pasos iniciales es el Javier Valdez que descubre la cultura culichi más allá del dinero y la sangre. Porque Javier Valdez, antes de ser uno de los grandes cronistas de la violencia en México, fue el cronista costumbrista que buscaba amaneceres en Culiacán.

Golpes de luz solar matutinos entre las sombras y cielos sin nubes. Viento a bajo volumen deambulando por la calle Rosales hasta llegar al Café Miró.

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Un día de diciembre y a sus cinco años se levantó temprano y a oscuras. Me dijo: ‘Quiero ver el amanecer. Y empezó viendo copeches en el cielo, que luego su mamá le describía como estrellas (...) Eran las cinco y media de la mañana, en medio de la oscuridad, el frío y un viento calador”.

Varias madrugadas cumplió con el ritual que al segundo evento tuvo que ser acompañado de una taza de café, sillas y suéteres para cada uno, en un techo estrellado. ‘Quiero ver el amanecer’, me dijo casi al oído la vocecita de Tania.

En pos del sol, con cachuchas, suéter y pantalones deportivos agarramos camino con dirección desconocida, pero al malecón nuevo, a los páramos de esta ciudad que no se olvida de las antenas en los techos ni de los postes ni de los cables surcando cualquier intento de horizonte. Ahí en el asta bandera nos alcanzó un haz de luz de un sol que apenas coqueteaba con las estrellas desmañanadas. Pero no era suficiente: no había un lugar para divisar dónde se juntan el cielo con la tierra, con las montañas y los montes...

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Cuando estaba a punto de cumplir 40 años de edad, Javier Valdez pública De azoteas y olvidos, su primer libro. Se trata de una carta, ahora sí que como se dice, de amor a Culiacán. El cronista se regodea en la puesta estética de la ciudad. Mira con pulsión genuina los semáforos, los puentes, las calzadas, los trenes, el bullicio, la vendimia, los peatones, lo mira todo.

Tania es su hija. 

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Al fondo dos cerros, podía verse el sol, su primera mirada sobre la ciudad. Y así fue: sus primeros rayos agrandaron, pero después encandilaron, hasta iluminar inexorablemente la faz de Culiacán. Tania y yo tuvimos el privilegio de ver el amanecer y todavía me endulza el oído su vocecita, lo mismo que los rayos de un sol de diciembre que ya empieza a irse.

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Sinaloa es una región que tiene cerca de cien años conviviendo con las drogas. Los chinos la llevaron a principios de mil novecientos, la goma de opio. Y luego empezó a sembrarse marihuana y amapola. La región es propicia para eso (...) Estados Unidos, los conflictos bélicos necesitaban morfina, que se obtiene de la amapola, de la goma de opio.

(Levantones: historias reales de desaparecidos y víctimas)

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Lo que pasa es que esto se salió de control luego de que terminaron los conflictos bélicos, la gente supo que eran un buen negocio. Los gobiernos posrevolucionarios, luego los priistas y después los panistas consintieron la siembra de enervantes (...) Creo que es confluencia de todo esto, de la omisión, de la complicidad del gobierno (...) del pleito por el negocio, de que se saliera de control, luego del cambio de partido político en la presidencia. El PRI era cómplice de esto, pero mantenía más o menos los hilos.

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No se explica y no se entiende todo esto si no se comprende el narcotráfico como un fenómeno cultural arraigado. Yo les digo siempre que no es un fenómeno policiaco. No es algo que se explique con esta fórmula simple y básica de “buenos y malos” (...) No, el narcotráfico es una forma de vida, y en regiones como Sinaloa es una cultura, está arraigado.

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Javier conversa de estos temas con Carlos Navarrete para el programa Acentos, del periódico La Jornada. Javier lleva el sombrero panameño con el que fue asesinado.

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Hay que contar historias de vida en medio de la muerte. Cuando te escucho y me dices que (los periodistas) se fueron con la versión de la policía, la procuraduría, los transportistas, ve tú a saber, yo estaba esperando... bueno, ¿a qué hora me va a decir que fueron con los familiares de la víctima? Yo lo hubiera hecho antes o como parte de un trabajo profundo. Yo creo que ese es el gran reto, y yo creo que lo que nos puede salvar un poco de este ahogamiento que refleja la crisis en la que estamos envueltos.

Hablo de contar las historias humanas. La gente puede volver a nosotros porque va a verse en nuestras páginas, va a regresar a los medios. Porque los medios estamos preocupados ahora por los políticos, por olerles los pedos, besar las huellas de los políticos.

Pero la gente no está ahí. Los políticos te mienten, te cuentan historias, versiones, información que no es cierta, que no corresponde a la realidad. Yo creo que hay que recuperar la calle. 

(CONTINUARÁ…)


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