Curiosidad extrema

Ciudad de México /
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Luis M. Morales

La curiosidad nos ata al mundo de los vivos con igual o mayor fuerza que los apetitos del cuerpo. El afán de averiguar secretos y resolver misterios, una sed compartida por científicos, filósofos, detectives, reporteros, novelistas y simples chismosos, probablemente sea un móvil existencial tan fuerte como el amor.  Ningún descubrimiento lo debilita, aunque algunos puedan ser amargos: cada nuevo hallazgo extiende su radio de acción. Nadie se aburre, aunque tenga rutinas y hábitos inmutables, mientras una pregunta bien formulada le hierva en las venas. Quien renuncia a curiosear se condena en cambio a la decrepitud prematura. El hedonismo tiende a la reiteración de placeres. En cambio, el repertorio de los enigmas nunca se agota. En la infancia queremos saberlo todo, pero el estado de expectación permanente en que viven los niños puede prolongarse más allá de la madurez, pues a diferencia de la lujuria y la gula, la curiosidad no decrece con los años, tal vez porque la vejez, como dijo Machado, nos aproxima a “orillas del gran silencio”, es decir, a la revelación más importante de la existencia.

No hay mejor acicate para la curiosidad que la cercanía de la muerte. Lo comprobé a principios de 2020, cuando me detectaron un tumor en la vejiga en un chequeo médico. Para mi sorpresa no caí en la aflicción. Estaba en ascuas, desde luego, pero me intrigaba demasiado lo que podía ocurrir para caer en la depresión. El miedo a la muerte despertó en mí a un insospechado investigador del abismo. Entre el diagnóstico, la extirpación del tumor y la entrega de los resultados clínicos transcurrió cerca de un mes, quizá el más intenso de mi vida. Desde joven me dedico a crear efectos de suspenso y vuelcos dramáticos, ninguno tan eficaz como ese. Hasta llegué a desear que el tumor, en caso de ser incurable, me diera tiempo de narrar mis impresiones en un diario de moribundo. Atribuyo esa reacción a mi buena salud. Quizá un enfermo terminal pierda por completo el interés por descubrir algo nuevo y sólo pueda desear que su tormento se acabe pronto. En esos casos, el eclipse de la conciencia arruina el placer de la expectación. Pero desde entonces me queda claro que la vejez puede ser cualquier cosa, menos un tedioso letargo, pues nos obliga a sortear más peligros que Indiana Jones en Los cazadores del arca perdida.

Edgar Allan Poe no llegó a viejo, pero su mórbida imaginación lo transportó desde joven a los umbrales del más allá, y si bien lo sondeaba para crear efectos de terror, nunca perdió de vista el atractivo epistemológico de la muerte. Junto al poeta romántico y borrascoso coexistía un racionalista metódico, ávido de aclarar misterios criminales o problemas de astrofísica. En el célebre “Manuscrito hallado en una botella”, el náufrago que narra la historia, arrojado por el oleaje que destroza su barco a la cubierta de un buque fantasma cuyos ancianos tripulantes ni siquiera reparan en su existencia, presiente lo peor al llegar a una zona polar donde el barco puede encallar en un iceberg. Sin embargo, la inminencia del fatal desenlace lo lleva a una especie de frenesí cartesiano: “Es del todo imposible concebir el horror de mis sensaciones; sin embargo, la curiosidad por penetrar en los misterios de estas regiones horribles predomina sobre mi desesperación y me reconciliará con la más odiosa apariencia de la muerte. Sé que nos precipitamos hacia algún conocimiento apasionante, un secreto imposible de compartir, que destruye a quien lo posee”. Sin necesidad de navegar en mares turbulentos, cualquier enfermo que muera en la cama experimenta algo parecido.

Concebir la muerte como la suprema aventura del conocimiento es quizá el mayor consuelo que se le puede ofrecer a un moribundo ateo o agnóstico. Desde luego, no es fácil para nadie mantenerse lúcido hasta el último trance, ni se trata en muchos casos de una decisión voluntaria. El psicólogo Donald Woods Winnicott, citado por Emmanuel Carrère en su novela Koljós, atribuía un gran valor a la experiencia de “entrar vivo en la muerte”. Carrère narra el caso de un enfermo terminal que a pesar de tener cáncer en los huesos rechaza la morfina que le ofrecen los médicos con un argumento digno de Poe: “Si me inyectan demasiada morfina no siento dolor, pero ya no estoy ahí. Y yo quiero estar ahí”. No sé si yo tendría el valor de vivir la muerte como ese curioso empedernido, y desde luego, respeto a quienes prefieran recurrir a la eutanasia, pero admiro la tenacidad intelectual o espiritual de quienes logran mantenerse despiertos hasta el último trance. Las experiencias inconclusas frustran al niño que todos llevamos dentro, con más razón la de no abrir la puerta que más nos intriga. Poco importa si detrás de la puerta hay un sueño o un despertar: el clímax de la novela es el giro de la manija.


  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
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